"(...) Acabo de recibir esta magnífica cita del reconocido sociólogo alemán Wolfgang Streeck:
"Como periodista independiente, Thomas Fazi es uno de los observadores más informados y perspicaces de la Unión Europea. Fazi es capaz de identificar y explicar acontecimientos e interrelaciones que la visión convencional de la investigación académica sobre la UE —financiada en gran medida por la propia entidad que estudia— se niega incluso a considerar. A diferencia de ese enfoque, el nuevo libro de Fazi aborda la UE y sus funciones dentro del sistema estatal europeo no de manera tecnocrática, sino desde una perspectiva política. Muestra hasta qué punto la UE ya ha logrado erosionar la soberanía de sus Estados miembros —y, con ello, su potencial democrático—.
A continuación se ofrece un resumen detallado del libro:
La Unión Europea (UE) se fundó sobre la base de promesas de paz, libertad, prosperidad y autonomía estratégica. ¿Qué representa hoy en día? Guerra, censura, autoritarismo, estancamiento económico —por no decir una desindustrialización en toda regla— y vasallaje geopolítico ante los dictados de Washington.
La UE no solo ha fracasado económicamente, quedando cada vez más rezagada respecto a las demás grandes economías avanzadas del mundo. Lo que resulta mucho más preocupante es que se ha transformado en una potencia cuasi dictatorial y pseudoimperial: una que establece las condiciones en las que 450 millones de personas trabajan, comercian, consumen e invierten; que sigue desmantelando los estados del bienestar europeos en nombre de la austeridad; que coacciona financieramente a Estados enteros para que se sometan; que anula leyes y constituciones nacionales a su antojo; que lleva a cabo operaciones de propaganda por valor de miles de millones de euros y practica una censura generalizada en Internet; que interfiere directamente en elecciones nacionales (Rumanía, Hungría, etc.); y que sanciona de forma extrajudicial a sus propios ciudadanos, privándoles de derechos civiles fundamentales. Todo ello, sin dejar de estar casi totalmente aislada de la presión democrática y, en gran medida, fuera del control de los gobiernos que nominalmente la constituyen.
Esto es el resultado de un largo proceso de «comisionización» progresiva y de supranacionalización del proceso de toma de decisiones en Europa. A lo largo de la última década, el centro de gravedad institucional de la UE se ha desplazado de manera decisiva hacia la Comisión Europea, que ha ido colonizando progresivamente ámbitos políticos antes reservados a los gobiernos nacionales: la política fiscal, la salud pública, los asuntos exteriores y la defensa. El mecanismo ha sido notablemente constante: cada crisis sucesiva —la crisis de la deuda soberana, el Brexit, la pandemia de la COVID-19, la guerra en Ucrania— ha servido de pretexto para que la Comisión asuma nuevas competencias, adopte decisiones de «emergencia» y consolide discretamente cambios permanentes en la arquitectura de la autoridad de la UE. Nada de esto ha requerido una modificación formal de los tratados. Ha ocurrido de forma sigilosa, al margen del debate público, a través de lo que los estudiosos denominan «integración sigilosa», y el resultado ha sido una erosión constante y acumulativa de la soberanía nacional y la rendición de cuentas democrática. Incluso el expresidente del Consejo Europeo, Charles Michel, acusó recientemente a von der Leyen de crear «una gobernanza superautoritaria».
Para agravar aún más la situación, la UE se encuentra ahora al frente de una agresiva campaña de rearme y guerra contra Rusia —una campaña que ya ha infligido graves daños a las economías europeas y que corre el riesgo de arrastrar al continente a un conflicto abierto con la mayor potencia nuclear del mundo.
Y, sin embargo, la mayoría de los ciudadanos siguen sin ser conscientes, en gran medida, del papel que desempeña la UE en el desmantelamiento progresivo de los derechos democráticos, económicos, políticos y sociales de los europeos. Es esta realidad oculta la que este libro se propone sacar a la luz: cómo funciona realmente la opaca maquinaria de Bruselas, a quién sirve y a qué precio.
No obstante, este libro también se dirige a aquellos críticos —tanto de la izquierda como de la derecha— que cuestionan las políticas actuales de la UE y, sin embargo, siguen aferrándose a la creencia de que la UE puede reformarse democráticamente. Incluso entre la mayoría de los críticos actuales, se considera a la UE como un proyecto bienintencionado que, de alguna manera, en algún momento, perdió el rumbo —aunque existe desacuerdo sobre cuándo ocurrió exactamente eso, por qué o a quién hay que culpar. Este libro propone una tesis diferente: que la encarnación actual de la UE no es una desviación de una trayectoria anteriormente positiva, ni de las intenciones originales de sus fundadores, sino más bien la culminación inevitable de un proyecto que fue, desde sus inicios, intrínsecamente elitista, antidemocrático y autoritario. Lo que estamos presenciando hoy no es una degeneración, sino una revelación: un proyecto que, por fin, se muestra tal y como siempre fue.
El libro sostiene que todo el proceso de integración europea, incluso en sus encarnaciones anteriores a la UE, debe entenderse principalmente no como un proyecto económico, sino como uno político: uno destinado a restar poder a la democracia de masas, que las élites habían tratado de contener desde la Segunda Guerra Mundial y que, a mediados de la década de 1970, había llegado a considerarse una amenaza letal para el statu quo capitalista. El vehículo para ello fue un ataque contra el Estado-nación —la principal expresión institucional de la democracia— en beneficio del capital transnacional y de las oligarquías nacionales. Este proceso alcanzó un punto de inflexión con la firma del Tratado de Maastricht, que integró de hecho el neoliberalismo en el propio tejido de la Unión Europea —un cambio que la creación del euro consolidó entonces de una vez por todas, al privar a (la mayoría de) los Estados miembros del pilar más fundamental de la soberanía económica: la facultad de emitir su propia moneda. Al hacerlo, transformó a los Estados miembros en algo parecido a colonias de Bruselas y Fráncfort. El libro sostiene que esto supuso nada menos que un golpe de Estado constitucional y jurídico —aunque inusualmente discreto—.
El libro también muestra que la UE no solo ha servido como vehículo para inclinar la balanza de poder a favor del capital, sino que ha sido un instrumento fundamental de la subordinación de Europa a Washington y al lobby bélico transatlántico. De hecho, la Unión Europea ha desempeñado históricamente un papel clave en el afianzamiento de la dependencia del continente respecto a Estados Unidos. Contrariamente a la narrativa popular que presenta la creación de la UE —y, antes de ella, la Comunidad Económica Europea (CEE)— como un contrapeso al poder estadounidense, la realidad es que Washington defendió activamente la integración europea como baluarte de la Guerra Fría frente a la Unión Soviética, canalizando su apoyo a través de organizaciones como el Comité Americano para una Europa Unida (ACUE), cuyo vicepresidente en aquel momento no era otro que Allen Dulles, entonces director de la CIA. Es probable que este apoyo se debiera al cálculo de que ejercer control sobre un único «gobierno» supranacional resultaría más sencillo que gestionar docenas de gobiernos nacionales individuales. De hecho, la UE, incluso en sus primeras etapas, siempre ha estado ligada al atlantismo, una lealtad que no ha hecho más que intensificarse desde el fin de la Guerra Fría. Por ello, la élite tecnocrática de la UE, y la Comisión Europea en particular, se ha alineado históricamente más estrechamente con Washington que con los propios gobiernos nacionales de Europa.
Los acontecimientos recientes lo confirman. Ursula von der Leyen —apodada «la presidenta estadounidense de Europa»— ha aprovechado la crisis de Ucrania para impulsar una mayor expansión de los poderes ejecutivos de la Comisión, de carácter verticalista, lo que ha dado lugar a una supranacionalización de facto de la política exterior de la UE (a pesar de que la Comisión carece de competencia formal en este ámbito), al tiempo que ha garantizado la alineación del bloque con —o, más exactamente, su subordinación a — la estrategia de EE. UU. y la OTAN (no solo en lo que respecta a Rusia, sino también a Israel y Gaza), y marginando a las voces disidentes, como las de Hungría y Eslovaquia, todo ello a expensas de los propios intereses fundamentales de Europa.
Por último, el libro concluye que la UE es estructuralmente irreformable, ya que el supranacionalismo en sí mismo es un modelo intrínsecamente defectuoso. Este fracaso se hace aún más evidente cuando se compara el enfoque de la UE con el del resto del mundo. Las principales transformaciones de la economía mundial en las últimas décadas —el desarrollo de nuevas tecnologías, la expansión de las cadenas de valor globales, el crecimiento del comercio, el auge de China— no requirieron ninguna de las condiciones del Mercado Único europeo, y mucho menos las de la propia UE o su moneda única. Por el contrario, las economías ajenas a la UE —Estados Unidos, China y las economías emergentes de Asia y América Latina— han logrado una prosperidad creciente y una conectividad internacional cada vez mayor sin contar con estructuras supranacionales ni acuerdos monetarios comparables. En su lugar, estos países han aprovechado su autonomía nacional para adaptarse con flexibilidad al cambio global, adoptando un enfoque más descentralizado de la cooperación económica y política. La experiencia de las naciones no occidentales, en particular, demuestra que la soberanía nacional no tiene por qué obstaculizar la colaboración internacional —y, de hecho, puede potenciarla—.
Estos países se decantan cada vez más por acuerdos más flexibles, como los del BRICS y la ASEAN, frente al modelo de integración supranacional de la UE. Mientras que el modelo de la UE exige un alto grado de cesión de soberanía, una normativa vinculante y una autoridad central fuerte para hacer cumplir las leyes en todos los Estados miembros, el BRICS y la ASEAN permiten a los países cooperar al tiempo que conservan un control sustancial sobre la política nacional. Estos acuerdos facilitan la cooperación económica sin imponer una armonización de políticas, lo que permite a los Estados miembros aplicar sus propios modelos económicos al tiempo que se fomenta el crecimiento regional a través de un marco más flexible y basado en el consenso —un marco que presenta la ventaja añadida de permitir la cooperación entre países con sistemas políticos, económicos y de valores marcadamente diferentes.
Este marco refleja una preferencia emergente por la multipolaridad y está configurando un nuevo modelo de colaboración internacional que diverge marcadamente del enfoque supranacional de la UE. ¿Podría este modelo servir de base para un nuevo marco pos-UE en Europa? Una cosa está clara: los europeos a quienes les importan la paz, la democracia y el futuro del continente deben unirse en oposición a la UE antes de que sea demasiado tarde."
(Wolfgang Streeck, en Thomas Fazi, blog, 20 de septiembre de 2026, traducción Salvador L. Arnal)
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