"La nueva estrategia de seguridad nacional del presidente estadounidense Donald Trump hace una valoración errónea de Europa, a la que siempre se había visto como el aliado más fiable de Estados Unidos. Advierte de que la inmigración descontrolada y otras políticas que los funcionarios estadounidenses tildan de «woke» podrían conducir en pocas décadas a una «eliminación civilizacional».
Este argumento se basa en una mala interpretación de los problemas de Europa. Es verdad que la Unión Europea enfrenta una amenaza existencial, pero poco tiene que ver con la inmigración o la cuestión cultural. De hecho, en Estados Unidos, la proporción de residentes nacidos en el extranjero es ligeramente mayor que en Europa.
La verdadera amenaza que enfrenta Europa está en su retraso económico y tecnológico. Entre 2008 y 2023, el PIB estadounidense creció un 87 %, mientras que el de la UE sólo creció un 13,5 %. En ese mismo período, el PIB per cápita europeo, que era un 76,5 % del estadounidense, pasó a ser el 50 %. Incluso el estado más pobre de Estados Unidos (Misisipi) tiene una renta per cápita superior a la de varias economías europeas importantes (entre ellas Francia e Italia) y a la media de la UE.
Esta creciente divergencia económica no es resultado de realidades demográficas, sino de un mayor aumento de la productividad en Estados Unidos, debido en gran medida a la innovación tecnológica y a una mayor productividad total de los factores. Hoy más o menos la mitad de las cincuenta empresas tecnológicas más grandes del mundo son estadounidenses, mientras que sólo cuatro son europeas. En las últimas cinco décadas, 241 empresas estadounidenses pasaron de la condición de startup a una capitalización bursátil de al menos 10 000 millones de dólares, contra sólo catorce en Europa.
Estas tendencias plantean una pregunta crucial: ¿qué países liderarán las industrias del futuro y cómo se encuentra Europa en este sentido? La carrera por el liderazgo tecnológico hoy se extiende a una amplia variedad de campos, entre ellos la inteligencia artificial y el aprendizaje automático, el diseño y la producción de semiconductores, la robótica, la computación cuántica, la energía de fusión, las tecnofinanzas y las tecnologías de defensa. Europa entra en esta carrera con una desventaja clara.
Que el liderazgo de las industrias del futuro hoy lo tenga Estados Unidos o China todavía es cuestión de debate, pero la mayoría de los observadores coinciden en que básicamente es una competencia entre dos jugadores, en la que Estados Unidos todavía conserva la delantera en varias áreas clave. Fuera de eso, la innovación se concentra en países como Japón, Taiwán, Corea del Sur, la India e Israel. En Europa, en cambio, las actividades innovadoras están en gran medida confinadas al Reino Unido, Alemania, Francia y Suiza (y dos de esos países ni siquiera son miembros de la UE).
De modo que no es sorprendente que mientras Estados Unidos y China son líderes mundiales en indicadores tecnológicos, Europa esté muy abajo en la clasificación. Y el futuro no se muestra tranquilizador, ya que se prevé que la próxima ola de innovación será más disruptiva que cualquier otra que hayamos visto en el último medio siglo.
La brecha tecnológica entre Estados Unidos y Europa es atribuible a varios factores. En primer lugar, Estados Unidos tiene un ecosistema mucho más profundo y dinámico para la financiación de startups, mientras que Europa todavía carece de una unión de mercados de capitales auténtica, lo que limita la escala y la velocidad de crecimiento de nuevas empresas.
En segundo lugar, Europa arrastra una regulación excesiva y fragmentada. Una startup estadounidense puede lanzar un producto bajo un único marco regulatorio y acceder enseguida a un mercado de más de 330 millones de consumidores. La UE tiene unos 450 millones de habitantes, pero sigue dividida en 27 regímenes regulatorios nacionales. Un análisis del Fondo Monetario Internacional muestra que las barreras de mercado internas de la UE equivalen a un arancel de más o menos el 44 % para los bienes y el 110 % para los servicios, mucho más que lo que impone Estados Unidos a la mayoría de las importaciones.
En tercer lugar, hay una marcada diferencia en las actitudes culturales hacia la asunción de riesgos. Hasta hace no mucho, en algunos países de la UE (por ejemplo Italia) un empresario fallido podía enfrentar sanciones penales, mientras que en Estados Unidos, el fundador de una empresa tecnológica que no haya fracasado nunca pasa por demasiado reacio a asumir riesgos.
En cuarto lugar, Estados Unidos cuenta con un complejo académico‑militar‑industrial muy integrado, mientras que en Europa, la subinversión crónica en defensa disminuyó la capacidad de innovación. Líderes tecnológicos como Estados Unidos, China, Israel y ahora también Ucrania gastan mucho en defensa, y es común que de la investigación militar surjan tecnologías con aplicaciones civiles.
Pero aun así, para buena parte de la dirigencia política europea, el aumento del gasto en defensa todavía se plantea como una disyuntiva entre más seguridad o más bienestar social. En realidad, el parasitismo respecto del gasto militar estadounidense desde el final de la Segunda Guerra Mundial limitó la clase de innovaciones que hubieran podido generar más de ambas cosas por medio de un aumento de la productividad. Paradójicamente, para sostener el modelo social europeo habrá que invertir más en defensa, empezando por cumplir el nuevo objetivo de gasto de la OTAN del 3,5 % del PIB.
Si Europa deja crecer su retraso tecnológico en las próximas décadas, se arriesga a sufrir estancamiento prolongado y declive económico continuo en relación con Estados Unidos y China. Aun así, hay motivos para un cauto optimismo. Cada vez más conscientes del desafío existencial que enfrenta Europa, las autoridades han comenzado a presentar propuestas de reforma serias. Los ejemplos más notables son los dos importantes informes de 2024 sobre la competitividad de la UE y sobre el mercado único, elaborados por los ex primeros ministros italianos Mario Draghi y Enrico Letta, respectivamente.
Europa también conserva varias fortalezas importantes, entre ellas un capital humano de alta calidad, excelentes sistemas educativos e instituciones de investigación de primera línea. Con incentivos y reformas regulatorias adecuados, estos activos podrían sostener niveles de innovación comercial mucho más altos. Si el entorno se volviera más favorable al espíritu empresarial, sería posible liberar una ola de inversiones sobre la base de la elevada renta per cápita, el gran mercado interno y las altas tasas de ahorro de Europa.
Un hecho crucial es que aunque Europa nunca llegue a liderar las tecnologías de vanguardia, puede lograr mejoras de productividad significativas mediante la adopción y la adaptación de innovaciones estadounidenses y chinas. Muchas de estas tecnologías son de uso general, de modo que benefician tanto a quienes las adoptan como a quienes las desarrollan.
Todo esto sitúa a Europa en un punto de inflexión. Como observó Ernest Hemingway en una frase famosa, el proceso de bancarrota es «primero gradual, después repentino». Hasta ahora, el declive tecnológico de Europa ha sido gradual. Pero si no hace frente a sus debilidades estructurales, la lenta erosión actual podría dar paso a una pérdida repentina e irreversible de relevancia económica."
( Revista de prensa, 31/12/25, fuente Project Syndicate )
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