"Wolfgang Streeck es director emérito del Max-Planck-Institut für Gesellschaftsforschung de Colonia, tras haber enseñado Sociología en el mismo y en la Facultad de Economía y Ciencias Sociales de la Universidad de esa ciudad entre 1995 y 2014; es miembro del Consejo de Investigación del Instituto Universitario Europeo de Fiesole desde 2012 y ha enseñado Sociología y Relaciones Industriales en la Universidad de Wisconsin-Madison entre 1988 y 1995. Autor de decenas de artículos, entre sus publicaciones destacan las siguientes: Democracy at Work: Contract, Status and Post-Industrial Justice (con Ruth Dukes, 2022), ¿Cómo terminará el capitalismo? (2017), Comprando tiempo: La crisis pospuesta del capitalismo democrático (2014), y Re-Forming Capitalism: Institutional Change in the German Political Economy (2009). Ha editado también, entre otras, las siguientes obras: Politics in the Age of Austerity (con A. Schäfer, 2013); The Diversity of Democracy (con C. Crouch, 2006); Beyond Continuity: Institutional Change in Advanced Political Economies (con K. Thelen, 2005); The Origins of Nonliberal Capitalism: Germany and Japan (con K. Yamamura, 2001). Wolfgang Streeck colabora habitualmente con la New Left Review, Sidecar y Diario Red y mantiene este blog https://wolfgangstreeck.com
La siguiente entrevista se ha publicado originalmente en el Frankfurter Rundschau el pasado 24 de enero.
Durante su primer mandato, Donald Trump prometió centrarse principalmente en el pueblo estadounidense. ¿Estamos presenciando ahora, por el contrario, una especie de neoimperialismo estadounidense?
El programa de Trump para Make America Great Again siempre tuvo dos vertientes: reparar la sociedad estadounidense, que se encuentra profundamente atravesada por múltiples crisis, o restaurar el dominio mundial de Estados Unidos. Cuál de los dos cursos de acción era el dominante era una incógnita entonces y sigue siéndolo a día de hoy. En ocasiones constatamos una orientación aislacionista, a veces observamos un descarado intervencionismo; actualmente, ambos cursos de acción se hallan vigentes alternativa o incluso simultáneamente. La «Doctrina Donroe» de Trump es una versión particular de esta combinación: intervencionismo, pero limitado a América Central y América del Sur; nada nuevo en sí mismo. A escala mundial, ello equivaldría a una división del mundo en «esferas de influencia» regionales mutuamente respetadas en las que la correspondiente gran potencia gobierna más o menos a su antojo. Lo que no encaja en este cuadro es el apoyo incondicional prestado a Israel en su guerra de aniquilación perpetrada en Gaza y Cisjordania, ni las amenazas de bombardear Irán.
¿Por qué hay tan poca resistencia a las políticas de Trump en la democracia más antigua del mundo?
A primera vista, esto resulta sorprendente, pero las apariencias engañan. La Constitución estadounidense tiene casi dos siglos y medio de antigüedad y nunca se ha adaptado a las realidades de un Estado centralizado moderno (hasta 1945 Estados Unidos ni siquiera tenía un ejército federal permanente). Durante un tiempo los antiguos controles y contrapesos cumplieron su misión, pero solo lo hicieron mientras el país funcionaba razonablemente bien. Dada la profunda crisis social en la que se encuentra sumido Estados Unidos desde hace mucho tiempo, las lagunas y las fracturas de la estructura constitucional se están haciendo totalmente visibles como queda demostrado por la facilidad con la que un personaje sin escrúpulos y ávido de poder como Trump, él mismo producto de esa crisis, ha podido explotarlas de un modo tan brutal (con cinco jueces del Tribunal Supremos nombrados de por vida prácticamente todo es posible), mientras engaña a sus votantes haciéndoles creer que la «miseria» de la que hablaba Carter en la década de 1970 finalmente va a ser superada.
¿Representa Trump un nuevo tipo de fascismo?
Para decirlo sin rodeos: en su comportamiento no hay nada nuevo bajo el sol, salvo que se ha dejado caer la hoja de parra. Y no toda la violencia es «fascista», no malgastemos el concepto, porque la suya es lo suficientemente intensa como para considerarla en sí misma. Estados Unidos siempre ha sido, por otro lado, sorprendentemente propenso a la violencia, tanto a escala nacional como internacional. Para los estadounidenses el período de posguerra comenzó con Hiroshima y Nagasaki, luego vinieron Corea, Vietnam (nadie sabe por qué se exterminó a más de tres millones de vietnamitas, camboyanos y laosianos con napalm en esta guerra) y desde 1990 no ha habido un solo día en el que Estados Unidos no haya estado en guerra en algún lugar del planeta. Actualmente mantienen aproximadamente setecientas cincuenta bases militares repartidas por todo el mundo. Es cierto que Trump ha desatado el potencial violento de la sociedad estadounidense a escala interna al incitar a la mitad de la población contra la otra mitad. Pero su tipo de guerra civil está muy lejos de la guerra contra esclavitud y de las guerras indias del siglo XIX, y Trump tampoco es responsable del sistema penitenciario estadounidense, extraordinariamente vasto y cruel, que es obra de sus predecesores.
¿Quiénes, por ejemplo?
Bueno, en política exterior, principalmente Bush y Cheney, que han causado estragos monumentales en Iraq, Afganistán y Siria, países que jamás habían hecho nada a Estados Unidos y que nunca podrían haberle hecho nada. Admito que la gran cantidad de muertes infligidas gracias a la tecnología avanzada, sin apenas pérdidas por su parte, tiene, desde el punto de vista fenomenológico, algo de fascista. En quince años de guerra murieron, como he indicado, aproximadamente tres millones de vietnamitas, camboyanos y laosianos frente a cincuenta mil soldados estadounidenses, cifra que en la década de 1960 correspondía al número de víctimas mortales por accidentes de tráfico registradas en Estados Unidos anualmente.
¿Cómo deben comportarse los europeos con respecto a Estados Unidos y Trump? Algunos hablan de la relativa fortaleza de la UE como zona económica, mientras que otros destacan la desunión y la debilidad.
Ambas descripciones son correctas. Los estadounidenses seguirán jugando duro con los europeos durante bastante tiempo: Musk y sus colegas oligarcas se encargarán de ello. ¿Por qué pueden hacerlo? Fundamentalmente porque los europeos no pueden librar una guerra contra Rusia, ya sea caliente o fría, sin exponerse a las imposiciones de Estados Unidos, si este es su aliado. Y en lo que respecta a la «unidad», creo que Alemania no podrá seguir eternamente sosteniendo la política de sanciones impuesta por Estados Unidos contra Rusia, y especialmente contra China, por razones económicas. Igualmente, Alemania tampoco puede comprometerse con una política báltica o polaca, que conlleve el riesgo de tener que enviar tropas terrestres a combatir contra Rusia sin disponer de sus propias armas nucleares.
El canciller Merz confía en su «buena relación» con Trump y está aplicando una aproximación «amigable». ¿Es esta la estrategia correcta?
Nadie lo sabe. Pero, ¿qué se supone que debe hacer Merz? ¿Enviar la marina alemana a la bahía de Chesapeake y exigir la extradición de Trump al Tribunal Penal Internacional? Por otro lado, no puede mostrarse tan amable como María Corina Machado, ya que no ha ganado todavía el Premio Nobel de la Paz para poder regalárselo a Trump. (No es que de todas formas a ella le haya servido de mucho). ¿Recordáis la deferencia pública mostrada por Scholz anteBiden, incluso cuando este último dijo a la prensa que los estadounidenses sabían muy bien cómo cerrar el Nord Stream 2, si los alemanes no lo hacían ellos mismos? Para comportamientos de este tipo tampoco necesitamos a Trump.
¿Crees que Groenlandia debería dejarse en manos de los estadounidenses para evitar un conflicto importante?
Tú y yo no tenemos voz en este asunto y, por lo tanto, no es necesario que tengamos una opinión al respecto. Los estadounidenses llevan mucho tiempo involucrados profundamente en Groenlandia, sin duda desde la Segunda Guerra Mundial y de forma permanente desde el inicio de la Guerra Fría. Si hubieras sobrevolado el norte de Groenlandia en un día soleado antes de 1990, como yo tuve la suerte de hacer, habrías visto alineadas una base militar estadounidense tras otra. Si quieres una predicción, hela aquí: dada la rusofobia imperante en Dinamarca, supongo que, con el apoyo de una OTAN reconfortada, el gobierno danés concederá a los estadounidenses algo así como la soberanía de facto sobre la isla, introduciendo pequeños ajustes cosméticos para salvar las apariencias.
¿Qué grado de peligrosidad alcanzará el conflicto entre Estados Unidos y China?
Se trata de un conflicto muy peligroso. Estados Unidos lleva mucho tiempo debatiendo sobre China, al menos desde la presidencia de Obama, y lo hace partiendo de la perspectiva de la llamada «trampa de Tucídides». En resumen, el historiador griego, él mismo un general muy admirado, explicó la derrota de los atenienses ante los espartanos en la Guerra del Peloponeso por el hecho de que los primeros habían esperado demasiado tiempo mientras Esparta crecía y se hacía más poderosa en lugar de atacarla tempranamente en un momento en el que podrían haber acabado con los espartanos rápidamente.
¿Qué significa eso?
Como sabemos, la estrategia militar oficial estadounidense tiene como objetivo impedir el surgimiento de cualquier otra potencia en cualquier parte del mundo capaz de rivalizar con Estados Unidos. El debate entre los expertos gira actualmente en torno a la cuestión de si ya ha pasado el momento adecuado para atacar a China o no. Hace unos días Trump anunció que el presupuesto de defensa de Estados Unidos aumentará el 50 por 100 hasta alcanzar los 1,5 billones de dólares en 2027. ¿Cuál es la función de ese presupuesto, cabe preguntarse?
No se aprecia ningún avance en las negociaciones entre Estados Unidos y Rusia. ¿No indica esto que Putin no quiere la paz?
¿Y si Estados Unidos, o la Unión Europea en su caso, tampoco la quieren? A diferencia de Ursula von der Leyen y el resto de nuestros estrategas, Estados Unidos no da por sentado que Rusia pueda ser derrotada. Pero eso no les importa a los estadounidenses; les basta con que los europeos mantengan a Rusia ocupada en una guerra de desgaste «hasta el último ucraniano». Un efecto secundario positivo de la continuación de la guerra es que su prolongación sine die imposibilita cualquier acercamiento entre Alemania y Rusia, lo que constituye la pesadilla tradicional, especialmente de la política británica hacia Europa continental.
Bueno, la guerra en Ucrania la empezó Rusia, no Estados Unidos, ¿no?
Es una larga historia. No puedes planear el despliegue de misiles de alcance intermedio a 800 kilómetros de la capital de una potencia nuclear rival sin que esta reaccione. Pero estoy de acuerdo contigo en que Rusia ha logrado modernizar su armamento y convertirse en una economía de guerra durante los cuatro años de conflicto bélico, a pesar de haber sufrido aparentemente grandes pérdidas en el campo de batalla. Ahora parece estar ganando terreno cada día frente a una coalición europea, que había jurado a los ucranianos a principios de 2022 que la guerra habría terminado en Navidad con una derrota rotunda de Rusia (von der Leyen incluso anunció que «nosotros» «desmantelaríamos capa a capa» la sociedad industrial rusa mediante las milagrosas sanciones que ella misma había ideado).
¿Qué se deduce de esto?
Rusia puede ver ahora una oportunidad para ir mucho más allá de lo planteado en las negociaciones de Minsk y Estambul y optar por eliminar efectivamente a Ucrania como un Estado-nación viable en el futuro previsible, al tiempo que humilla por completo a la UE. Me imagino que Putin encontraría un escenario de este tipo irresistible. Los «europeos» se lo habrían buscado ellos mismos.
Macron planteó la idea de que Putin asistiera a la cumbre del G7. ¿Pura desesperación o una buena idea?
Una de las famosas autopromociones intrascendentes de Macron. Aparte de eso, es sorprendente lo exótico que se antoja el simple sentido común en estos días. ¿Cómo puede ponerse fin a una guerra, que no puede ganarse en el campo de batalla, si una parte se niega a hablar con la otra parte?
¿Estamos asistiendo al fin del mundo tal y como lo conocemos, caracterizado por su orden basado en reglas?
No sé hasta qué punto este mundo te resulta familiar; para mí, este orden basado en reglas ha sido inquietante desde al menos el bombardeo de Belgrado por la OTAN en 1999 con el bombardero estratégico Northrop B-2 Spirit, si no antes. Y, de todos modos, en realidad no se basaba en «reglas», salvo quizá en el caso del régimen comercial de la OMC, que, sin embargo, desde la crisis financiera de 2008 existe cada vez más solo sobre el papel. Este «orden basado en reglas», proclamado tras el llamado fin de la historia a principios de la década de 1990, ha sido administrado por Estados Unidos, erigido en policía, tribunal y verdugo del mundo, todo ello al mismo tiempo, y solo por él mismo a su total discreción. Estados Unidos nunca se atuvo a este orden: véase la invención del «deber de proteger» esgrimido durante la década de 1990; el estado de emergencia permanente decretado en el marco de la «guerra contra el terrorismo», que se ha ampliado continuamente después de 2001; la situación imperante en Israel y en los territorios palestinos ocupados, considerados como una zona experimental situada al margen de toda legalidad para provocar una despoblación total sin recurrir al uso de armas nucleares; o la más reciente cruzada armada por la «democracia» contra el «autoritarismo». Bajo el pretexto del «orden» encontramos todo un arsenal de justificaciones para imponer «sanciones» de todo tipo a voluntad por parte del único poder punitivo realmente existente, que ni siquiera ha rendido cuentas por su mortífera invención de la existencia de «armas de destrucción masiva» en Iraq, cuyo coste estimado asciende a la muerte de al menos 500.000 civiles.
¿Y qué ha cambiado con Trump?
A diferencia de sus predecesores, Trump renuncia a los cultos discursos pronunciados con una elocuencia legalista, pero el núcleo violento de su idea de una Pax Americana no es en absoluto nuevo. Por cierto, en comparación con Bush II y Obama, la pretensión de Trump de obtener el Premio Nobel de la Paz no es del todo absurda, al menos por ahora. Recordemos que Obama lo obtuvo gratis, un año después de comenzar su primer mandato. Y al final incluso Kissinger lo obtuvo.
Recomendamos leer Wolfgang Streeck, «Progreso tecnológico y cambio histórico: Engels, la guerra y la hipertrofia del Estado en el siglo XX», NLR 123, «¿Cómo terminará el capitalismo?», NLR 87, ¿Cómo terminará el capitalismo?, (2017), Comprando tiempo: La crisis pospuesta del capitalismo democrático (2016), «La coyuntura leída por Wolfgang Streeck» y «La Unión Europea en guerra: dos años después», todos ellos publicados en Diario Red; «El retorno del rey», «El belicismo suicida de las democracias autoritarias occidentales», «Los peligros de la lealtad inquebrantable a Estados Unidos» y «La Unión Europea, la OTAN y el próximo orden mundial», todos ellos publicados en El Salto.
Este texto se ha publicado originalmente en Frankfurter Rundschau y se publica aquí con permiso expreso del entrevistado."
(Entrevista a Wolfgang Streeck, Michael Hesse , DiarioRed, 30/01/26)
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