"Jean-Luc Mélenchon: "El poder solo tendrá una opción: aceptar las reivindicaciones o marcharse".
En esta entrevista a Mediapart [realizada previamente a las multitudinarias manifestaciones del 24 de octubre], el candidato de La France insoumise (LFI) a las elecciones presidenciales habla largo y tendido sobre las movilizaciones sociales que están sacudiendo el país. Lo ve como un “momento decisivo”, del que el poder saldrá inevitablemente perdiendo si no da una salida política a las reivindicaciones.
El Gobierno espera una nueva jornada de movilización masiva el sábado 24 de octubre. Un mes después del inicio de la movilización estudiantil de secundaria, las reivindicaciones contra el encarecimiento de la vida se han sumado a la ira de la juventud para convertirse en la base de un movimiento de gran envergadura. El candidato de La France insoumise (LFI) a las elecciones presidenciales, Jean-Luc Mélenchon, reitera a Mediapart su apoyo a la movilización y denuncia “el callejón sin salida” en el que Emmanuel Macron ha sumido al país.
Acusado por la derecha y la extrema derecha de instrumentalizar la ira, o incluso de avalar la violencia, el fundador de LFI defiende el papel de su movimiento, en osmosis con los cientos de miles de personas que luchan, y denuncia el amateurismo del Gobierno, así como la brutal represión de la que se ha hecho culpable.
Mediapart: ¿Cómo interpretas el momento que estamos viviendo? ¿Es una revuelta, un momento insurreccional?
Jean-Luc Mélenchon: Ya hemos visto en el pasado la dinámica que se está poniendo en marcha hoy. Es una crisis social que se ha convertido en crisis política y que ahora puede derivar en una crisis del régimen. Toda la estructura política está en entredicho porque es incapaz de ofrecer una salida constructiva a una situación de bloqueo.
En el pasado, algunos presidentes supieron dar un paso atrás cuando la situación se ponía crítica: François Mitterrand en 1984, Jacques Chirac en 1986 o en 2006. Ahora, Emmanuel Macron habla, tras quince días de desprecio, pero no propone nada. Ha sido un error monumental. No ha ofrecido ninguna base de compromiso al movimiento para llegar a un acuerdo. Es el quien está creando el una situación de bloqueo.
Lo más importante de este movimiento es que se está extendiendo en los sectores donde el maltrato social es mayor. La revuelta de los estudiantes de secundaria empezó en Mayotte, luego se extendió a las Antillas y después a los suburbios de París, antes de llegar a los barrios del centro y a los universitarios. A continuación, se produjo la unión con los sindicatos de trabajadores en la primera manifestación, algo sin precedentes. El poder ha accionado tres palancas para responder: el deterioro de la situación, la represión desproporcionada y la demonización de LFI.
Desde el principio, optó por infundir mucho miedo con su violencia y se ha afianzado en esa línea. Cuando Laurent NuñezMinistro del interior] dice “¡Tranquilos, el sábado [24] habrá firmeza!”, hay que temer lo peor, teniendo en cuenta el nivel de violencia represiva ya alcanzado, con jóvenes que han perdido un ojo, mutilaciones y un muerto. Se está recurriendo a efectivos policiales que no son profesionales en este tipo de situaciones: la BAC [brigada anticriminalidad – nota del editor], la policía de urgencias, la comisaría del barrio. Ejemplos: ese disparo a quemarropa contra un joven de 17 años o esa granada lanzada desde un tejado, no son comportamientos profesionales. Es el comportamiento de un grupo de jóvenes en una pelea callejera, mal dirigidos por unos mandos políticos desbordados. Esto confirma lo que decía la última vez en vuestras páginas: el poder no controla a su policía.
Nos dicen que el presidente de la República se ha alarmado por ello. Sin embargo, cuando pide que se retiren las granadas aturdidoras, esa moratoria no dura más de veinticuatro horas. El problema es que la represión desproporcionada se ha topado con la oposición de la sociedad. ¡Incluso entre la gente que más aboga por la represión, no se acepta que se dispare a la cara a un chaval de 17 años! La estrategia de dejar que las cosas se pudran exaspera, y la acusación constante contra LFI cansa. Y además, la izquierda social se ha unido. En resumen: a medida que pasa el tiempo, al poder se le estrecha el margen de maniobra: o firma el pliego de reivindicaciones o se va.
El Gobierno y la extrema derecha acusan sin parar a LFI de instrumentalizar a la juventud y de alimentar la violencia. ¿Qué les respondes? ¿Qué papel debe desempeñar La France insoumise en un momento así?
¿Por qué íbamos a hacerlo? ¿Qué interés tendríamos en empezar una campaña electoral con tal nivel de tensión, con heridos e incluso un muerto? Sí, apoyamos a la juventud y sus reivindicaciones. ¿Y qué? Es algo normal para un movimiento político parlamentario. Sobre todo, hemos protegido les hemos protegido acercándonos a ellos, interponiéndonos ante la violencia cada vez que nos lo han pedido. De hecho, nos llaman de todas partes, tanto los jóvenes como sus padres, para que intervengamos, les saquemos de las redadas, vigilemos las condiciones de la detención policial y interpelemos directamente al Gobierno en el Parlamento.
Nuestro objetivo no es apropiarnos de un movimiento. Sabemos que eso es imposible. El viejo modelo de aquellos años en los que los partidos instrumentalizaban un movimiento juvenil al estilo de Baron noir ya no existe. La época en la que los líderes socialistas se peleaban entre ellos por controlar tal o cual facción de la movilización ha terminado. El único objetivo posible para nosotros es ser lo suficientemente útiles como para que el movimiento nos recupere y nos utilice hasta el punto de hacernos suyos.
Hemos teorizado esta ruptura con cincuenta años de historia de la izquierda tradicional. Nuestro objetivo no es dirigir un movimiento, sino estar en sintonía con sus protagonistas. Esa es nuestra línea de acción. Y es muy exigente en la práctica.
Precisamente, vuelve a surgir el debate sobre la prohibición de La France Insoumise, impulsado por el presidente del Senado. Y el jueves os convocaron a Matignon para condenar la violencia ante el resto de formaciones políticas…
Estamos viviendo una escalada verbal que ya se les ha ido de las manos a los medios y a los políticos que la iniciaron. Es un momento peligroso. A Francia no le conviene que un movimiento social acabe mal. El mundo entero nos está mirando. Pero el guion de los provocadores no funciona. Por todas partes hay demócratas de todos los colores políticos que aman a su país y se niegan a exculpar al poder macronista demonizando a LFI. En cuanto a nosotros, nos hemos convertido en un grupo curtido. Ya hemos pasado por la emboscada del caso Deranque en Lyon, la avalancha de acusaciones con el pretexto de apología del terrorismo tras el 7 de octubre, y un largo etcétera.
Ahora, la opinión pública incluso se ha vuelto burlona con quienes se desentienden de todos los problemas con la excusa de “es la culpa es de Mélenchon”. Esta vez, muchos no esperaban que la ofensiva se dirigiera contra nosotros; gente de todo tipo se niega a colaborar con ella (aunque no estén de nuestro lado) y nos defiende.
¿Y quién hubiera pensado que la izquierda tradicional se uniría en torno al movimiento juvenil después de haber visto, hace tan poco, cómo condenaba las revueltas urbanas? A partir de ahí, la maniobra macronista ha fracasado. Todo el mundo lo sabe y lo dice: el tema no es LFI, son las reivindicaciones. Y en primer lugar, la derogación de Parcoursup, pero también el plan de 10 000 millones para mejorar las condiciones de estudio. Sin olvidar la congelación de los precios para hacer frente al encarecimiento de la vida. El poder ha reunido en su contra todas las indignaciones: social, humana, política, ciudadana…
La cuestión de la violencia y los saqueos está en el centro del debate desde el sábado [17 de octubre]. Llevan varios días pidiéndote que los condenes. ¿Pero qué sentido tiene condenarlos? ¿Tienen cabida la violencia popular, los disturbios o el impulso insurreccional en la larga historia de las movilizaciones sociales de izquierda?
LFI no se suma a las estrategias de guerrilla urbana ni al acoso a los símbolos burgueses. Pertenezco a una generación que ha visto su fracaso y sus consecuencias hasta el final, sobre todo en América Latina. Abogamos por la no violencia. No por ser más amables, sino para ser más eficaces. Tampoco confundamos la brutalidad con la eficacia. La revolución ciudadana de LFI es una revolución que se tiene que poder ganar mientras llevas a tu hijo en brazos en una manifestación.
Su victoria no es un golpe de fuerza de cientos de manifestantes violentos, sino la que viene de la cantidad y la fuerza insuperable de los lazos que unen, a través de la acción, a cientos de miles de personas. Sin embargo, la violencia provoca exactamente lo contrario: reduce el alcance de la participación y el compromiso popular.
Alejarse de ciertas formas de lucha no significa alejarse de la lucha en sí. No queremos ser una vanguardia que imponga una conciencia, consignas y objetivos que vengan de fuera del propio movimiento social. Nuestro papel es ponernos al servicio del movimiento, ayudarle en las transiciones entre sus distintas fases y que se nos identifique como una vía política en las instituciones de poder. Porque al final de la crisis del régimen, tenemos una solución pacífica y positiva. La resumo así: la Asamblea Constituyente y la VIª República.
Esta sociedad neoliberal es violenta en los barrios populares. Mata de hambre, empobrece y maltrata a la juventud. Una de cada dos personas pobres tiene menos de 30 años. La juventud ha pasado de ser una categoría de edad a convertirse en una clase social precaria. En los años 80, se conseguía el primer trabajo estable a los 20 años, ahora, a los 27. Los jóvenes ven claramente el camino de las obligaciones, pero no el de los derechos. Y cuando se les compromete con el derecho a la educación, se les niega el derecho a la realización personal con esa cruel lotería que es Parcoursup.
Se ha resumido el Mayo del 68 como la generación del placer de vivir; la generación de hoy se está convirtiendo en la de las desventajas de vivir en esta época. Mires donde mires, solo hay discriminación. ¡Y, sin embargo, las ganas de vivir de otra manera siguen siendo más fuertes que nunca!
¿Cómo calificarías la respuesta del Gobierno, que se ha basado en una represión brutal de las movilizaciones?
Macron quiere mostrar firmeza a base de gases lacrimógenos, mutilaciones sin remordimientos y frases grandilocuentes. Pero estamos hablando de nuestros jóvenes que bloquean la puerta de un instituto, no de una tropa de enemigos. Y hay que reconocer que ahora existe una cultura de la lucha al estilo de los Chalecos Amarillos.
Se podía intuir que uno de los posibles escenarios sería la reanudación de un ciclo con actos sucesivos, sábado tras sábado. Se ha convertido en una tradición popular. Aquí estamos. Sin líderes, sin portavoces. El movimiento es una autoproducción permanente. La prioridad del poder es prohibirle por completo el sentido político que encierra: la condena de la política neoliberal que ha arruinado el sistema educativo francés. La juventud tira del hilo de un ovillo emblemático.
A medida que se acercaba el 17 de octubre, todo el mundo intuía que iba a ser algo enorme. La fecha llevaba más de un mes rondando por las redes sociales. Veíamos cómo nos llegaba información de todas partes. La sorpresa llegó cuando las negociaciones sobre la organización práctica de la manifestación, lideradas por los sindicatos de jóvenes y de trabajadores, se estancaron hasta la víspera del evento. El prefecto de policía, visiblemente inexperto o quizá manipulador, acabó autorizando, ya fuera de plazo, una concentración y una marcha desde la plaza de la República hasta la plaza de Clichy.
Nos daba miedo la plaza de Clichy: es muy estrecha y, sobre todo, dirige los desbordamientos hacia el Elíseo. Allí, el caos estaba garantizado. Pero esto es algo tan antiguo como las manifestaciones en París: nunca se permite acercarse al Elíseo ni a la plaza Beauvau [Ministerio del interior]. Sinceramente, hay que ser muy novato para no entender lo que se estaba tramando con un recorrido autorizado así. Pero el día en cuestión, el mando lo empeoró todo él mismo al impedir el acceso al punto de partida a base de granadas lacrimógenas. En definitiva, tanto a la salida como a la llegada, ellos mismos provocaron la formación de decenas de marchas espontáneas y crearon el caos al dar prioridad a la persecución de los manifestantes en lugar de proteger los comercios.
¿Qué harías con la policía una vez que lleges al poder? ¿Cómo la pondrías al servicio de un proyecto político como el tuyo?
Estoy preocupado con respecto a la policía desde el caso Traoré. Pero la muerte de la joven Rayana, en 2022, fue para mí un punto de inflexión. Un joven policía que dispara contra un coche y provoca la muerte de la pasajera porque el conductor se negó a obedecer, eso sigue indignándome tanto como siempre. Si ya nadie reaccionara, es que habríamos cambiado de mundo. Esto ya no es Francia, ya no es una policía republicana, es otra cosa. Desde ese día, he cambiado. Mucha. Gente de LFI ya pensaban así. Hemos entendido que hay que reformar la policía de arriba abajo. Se le ha comprometido y deshonrado tanto que habrá que crear una autoridad totalmente nueva para que la gente la respete.
Cuando lleguemos al poder, volveremos a crear una fuerza tranquila y cercana a la gente. Nos aseguraremos de que reciba formación continua. Le ofreceremos perspectivas de carrera e incluso la posibilidad de cambiar de trayectoria profesional, en la que se pueda progresar gracias al esfuerzo en la formación. Dejaremos de hacer carreras al revés, en las que las y los más jóvenes empiezan en los lugares más difíciles. La convertiremos en una policía que conviva con la gente, pero manteniendo una cierta distancia. Y se sensibilizará a cada uno de sus miembros sobre el problema que suponen, en una sociedad libre, el racismo, el sexismo y las discriminaciones que minan la vida en común. Nos tomaremos en serio a las personas que formen parte de ella y les pediremos que se tomen en serio a la población a la que estarán al servicio.
¿Vas a abordar el tema de las armas de las que dispone la policía?
Sí. ¿Qué armas? ¿Para qué? ¿Granadas aturdidoras, incapacitantes, para romper cordones de seguridad? Hay muchos países donde no existe nada de eso. Esas armas acaban siempre siendo armas letales. ¿Se necesitan armas para ciertas misiones policiales? Es tarea de los especialistas decirnos exactamente quién necesita qué armas y en qué circunstancias.
Y ya es hora de contar con una instancia de recurso creíble. La IGPN [policía de la polícía] no lo es. En definitiva, todos lo sabemos: la situación actual es insostenible. Debemos y podemos hacerlo de otra manera para generar confianza. Los métodos para lograrlo son de una banalidad absoluta: la educación, la formación continua, una doctrina de actuación policial que nos evite en la medida de lo posible el uso de la fuerza.
¿A qué referentes históricos vinculas tu análisis de la situación?
Se ha comparado mucho el movimiento de los estudiantes de secundaria con el Mayo del 68, pero no tiene nada que ver. Yo lo relaciono más bien con los Chalecos Amarillos: son los mismos mecanismos, la misma espontaneidad. En mayo del 68 había muchos menos estudiantes que hoy; era una época de ascenso social. Y había 10 millones de trabajadores en huelga, liderados por la CGT de la revolucionaria Carta de Amiens y la CFDT del socialismo autogestionado. ¡Otro mundo! Los destrozos en las calles de París eran cien veces mayores que los de hoy.
La otra diferencia está en la respuesta: al otro lado, en aquella época, estaba la autoridad de De Gaulle y un primer ministro, Georges Pompidou, que hizo lo único razonable: negociar y conceder de la noche a la mañana cosas increíbles, como un aumento del 35 % del Smig (antecesor del SMI) y el derecho a crear secciones sindicales en las empresas. Hoy tenemos a un presidente desacreditado, al final de su mandato, que se ha dirigido al país para no decir nada. Y a un primer ministro sin capacidad de iniciativa ni autoridad, ni en el Estado ni ante la opinión pública. Todas las alarmas están encendidas.
Por último, la juventud que lleva las riendas actúa de forma diferente a como lo hacía antes. Miles de estudiantes de instituto han contado sin tapujos a sus padres la brutalidad policial. Los padres son la generación que se salió con la suya con el CPE. Y nuestra época también es la de un cambio en las normas sociales entre generaciones. Las y los jóvenes influyen en sus padres. Esto juega un papel enorme en el arraigo popular y familiar de la simpatía por el movimiento. Y en un momento de actividad popular masiva, esto genera mucha organización y solidaridad espontánea.
El regreso de los toques de queda, el debate sobre el estado de emergencia, la severidad de las comparecencias inmediatas… Todo esto recuerda cómo el Estado gestionó las revueltas en Kanaky (Nueva Caledonia), las revueltas de los barrios populares y otras más en el pasado. Hasta la represión colonial de los movimientos independentistas, el 17 de octubre de 1961, por ejemplo. ¿Todo esto forma parte de un continuo?
¿Has visto a David Lisnard [alcalde de Cannes, candidato a la presidencia] diciendo “me da igual, yo aún no había nacido” sobre el 17 de octubre de 1961? En ese caso, ¿también nos da igual lo de Alsacia y Lorena porque no habíamos nacido durante la ocupación alemana? Hablando en serio, es una señal alarmante de indiferencia hacia la historia de tu propio país. Todos los mecanismos de represión son herencia de las luchas coloniales. El estado de emergencia se inventó para la guerra de Argelia, en un momento en el que se confundía al pueblo con el enemigo. Esa historia, esa comprensión, ese conocimiento se han diluido, se han ocultado por sí mismos.
Sébastien Lecornu [Primer ministro] es un ejemplo típico de esta amnesia. Ya es el que ha enviado fuerzas militares a Kanaky (Nueva Caledonia) y a la CRS 8 en Guadalupe y Martinica. Está impregnado de una mentalidad colonial hacia las clases populares, sin siquiera darse cuenta. Nosotros, por el contrario, hemos entendido a la generación que canta La Marsellesa delante de los institutos y al final de nuestros mítines. Es la nueva Francia, la nunca vista, donde la acción empieza en Créteil y recibe el apoyo de la Catho o de Assas en París, que se movilizan en solidaridad con los institutos de los suburbios. Así que esta conexión que se ha creado entre nosotros y la mayoría no necesita ninguna preparación, ni instrumentalización, ni propaganda ni nada por el estilo.
La estrategia de agotamiento elegida por Lecornu y Macron solo ha tenido un resultado político: hacer que el calendario del movimiento coincida con el del [debate del] presupuesto en la Asamblea Nacional. A partir de ahora, si el Gobierno no sabe cómo detener el movimiento, el movimiento sabe que puede contar con una moción de censura para acabar con el Gobierno.
Porque la moción de censura es inevitable si Lecornu se niega a incluir las reivindicaciones en los presupuestos. Solo el RN puede salvarlo. Pero para eso, por un lado, tiene que funcionar la demonización de LFI y, por otro, que el RN sea aceptado como el partido del orden por la fuerza. Y veámoslo también con perspectiva: ¿quiere el país infligir una derrota a su juventud y prometerle una vida al estilo de Parcoursup? En definitiva, sí, este momento es decisivo a su manera."
En esta entrevista a Mediapart [realizada previamente a las multitudinarias manifestaciones del 24 de octubre], el candidato de La France insoumise (LFI) a las elecciones presidenciales habla largo y tendido sobre las movilizaciones sociales que están sacudiendo el país. Lo ve como un “momento decisivo”, del que el poder saldrá inevitablemente perdiendo si no da una salida política a las reivindicaciones.
El Gobierno espera una nueva jornada de movilización masiva el sábado 24 de octubre. Un mes después del inicio de la movilización estudiantil de secundaria, las reivindicaciones contra el encarecimiento de la vida se han sumado a la ira de la juventud para convertirse en la base de un movimiento de gran envergadura. El candidato de La France insoumise (LFI) a las elecciones presidenciales, Jean-Luc Mélenchon, reitera a Mediapart su apoyo a la movilización y denuncia “el callejón sin salida” en el que Emmanuel Macron ha sumido al país.
Acusado por la derecha y la extrema derecha de instrumentalizar la ira, o incluso de avalar la violencia, el fundador de LFI defiende el papel de su movimiento, en osmosis con los cientos de miles de personas que luchan, y denuncia el amateurismo del Gobierno, así como la brutal represión de la que se ha hecho culpable.
Mediapart: ¿Cómo interpretas el momento que estamos viviendo? ¿Es una revuelta, un momento insurreccional?
Jean-Luc Mélenchon: Ya hemos visto en el pasado la dinámica que se está poniendo en marcha hoy. Es una crisis social que se ha convertido en crisis política y que ahora puede derivar en una crisis del régimen. Toda la estructura política está en entredicho porque es incapaz de ofrecer una salida constructiva a una situación de bloqueo.
En el pasado, algunos presidentes supieron dar un paso atrás cuando la situación se ponía crítica: François Mitterrand en 1984, Jacques Chirac en 1986 o en 2006. Ahora, Emmanuel Macron habla, tras quince días de desprecio, pero no propone nada. Ha sido un error monumental. No ha ofrecido ninguna base de compromiso al movimiento para llegar a un acuerdo. Es el quien está creando el una situación de bloqueo.
Lo más importante de este movimiento es que se está extendiendo en los sectores donde el maltrato social es mayor. La revuelta de los estudiantes de secundaria empezó en Mayotte, luego se extendió a las Antillas y después a los suburbios de París, antes de llegar a los barrios del centro y a los universitarios. A continuación, se produjo la unión con los sindicatos de trabajadores en la primera manifestación, algo sin precedentes. El poder ha accionado tres palancas para responder: el deterioro de la situación, la represión desproporcionada y la demonización de LFI.
Desde el principio, optó por infundir mucho miedo con su violencia y se ha afianzado en esa línea. Cuando Laurent NuñezMinistro del interior] dice “¡Tranquilos, el sábado [24] habrá firmeza!”, hay que temer lo peor, teniendo en cuenta el nivel de violencia represiva ya alcanzado, con jóvenes que han perdido un ojo, mutilaciones y un muerto. Se está recurriendo a efectivos policiales que no son profesionales en este tipo de situaciones: la BAC [brigada anticriminalidad – nota del editor], la policía de urgencias, la comisaría del barrio. Ejemplos: ese disparo a quemarropa contra un joven de 17 años o esa granada lanzada desde un tejado, no son comportamientos profesionales. Es el comportamiento de un grupo de jóvenes en una pelea callejera, mal dirigidos por unos mandos políticos desbordados. Esto confirma lo que decía la última vez en vuestras páginas: el poder no controla a su policía.
Nos dicen que el presidente de la República se ha alarmado por ello. Sin embargo, cuando pide que se retiren las granadas aturdidoras, esa moratoria no dura más de veinticuatro horas. El problema es que la represión desproporcionada se ha topado con la oposición de la sociedad. ¡Incluso entre la gente que más aboga por la represión, no se acepta que se dispare a la cara a un chaval de 17 años! La estrategia de dejar que las cosas se pudran exaspera, y la acusación constante contra LFI cansa. Y además, la izquierda social se ha unido. En resumen: a medida que pasa el tiempo, al poder se le estrecha el margen de maniobra: o firma el pliego de reivindicaciones o se va.
El Gobierno y la extrema derecha acusan sin parar a LFI de instrumentalizar a la juventud y de alimentar la violencia. ¿Qué les respondes? ¿Qué papel debe desempeñar La France insoumise en un momento así?
¿Por qué íbamos a hacerlo? ¿Qué interés tendríamos en empezar una campaña electoral con tal nivel de tensión, con heridos e incluso un muerto? Sí, apoyamos a la juventud y sus reivindicaciones. ¿Y qué? Es algo normal para un movimiento político parlamentario. Sobre todo, hemos protegido les hemos protegido acercándonos a ellos, interponiéndonos ante la violencia cada vez que nos lo han pedido. De hecho, nos llaman de todas partes, tanto los jóvenes como sus padres, para que intervengamos, les saquemos de las redadas, vigilemos las condiciones de la detención policial y interpelemos directamente al Gobierno en el Parlamento.
Nuestro objetivo no es apropiarnos de un movimiento. Sabemos que eso es imposible. El viejo modelo de aquellos años en los que los partidos instrumentalizaban un movimiento juvenil al estilo de Baron noir ya no existe. La época en la que los líderes socialistas se peleaban entre ellos por controlar tal o cual facción de la movilización ha terminado. El único objetivo posible para nosotros es ser lo suficientemente útiles como para que el movimiento nos recupere y nos utilice hasta el punto de hacernos suyos.
Hemos teorizado esta ruptura con cincuenta años de historia de la izquierda tradicional. Nuestro objetivo no es dirigir un movimiento, sino estar en sintonía con sus protagonistas. Esa es nuestra línea de acción. Y es muy exigente en la práctica.
Precisamente, vuelve a surgir el debate sobre la prohibición de La France Insoumise, impulsado por el presidente del Senado. Y el jueves os convocaron a Matignon para condenar la violencia ante el resto de formaciones políticas…
Estamos viviendo una escalada verbal que ya se les ha ido de las manos a los medios y a los políticos que la iniciaron. Es un momento peligroso. A Francia no le conviene que un movimiento social acabe mal. El mundo entero nos está mirando. Pero el guion de los provocadores no funciona. Por todas partes hay demócratas de todos los colores políticos que aman a su país y se niegan a exculpar al poder macronista demonizando a LFI. En cuanto a nosotros, nos hemos convertido en un grupo curtido. Ya hemos pasado por la emboscada del caso Deranque en Lyon, la avalancha de acusaciones con el pretexto de apología del terrorismo tras el 7 de octubre, y un largo etcétera.
Ahora, la opinión pública incluso se ha vuelto burlona con quienes se desentienden de todos los problemas con la excusa de “es la culpa es de Mélenchon”. Esta vez, muchos no esperaban que la ofensiva se dirigiera contra nosotros; gente de todo tipo se niega a colaborar con ella (aunque no estén de nuestro lado) y nos defiende.
¿Y quién hubiera pensado que la izquierda tradicional se uniría en torno al movimiento juvenil después de haber visto, hace tan poco, cómo condenaba las revueltas urbanas? A partir de ahí, la maniobra macronista ha fracasado. Todo el mundo lo sabe y lo dice: el tema no es LFI, son las reivindicaciones. Y en primer lugar, la derogación de Parcoursup, pero también el plan de 10 000 millones para mejorar las condiciones de estudio. Sin olvidar la congelación de los precios para hacer frente al encarecimiento de la vida. El poder ha reunido en su contra todas las indignaciones: social, humana, política, ciudadana…
La cuestión de la violencia y los saqueos está en el centro del debate desde el sábado [17 de octubre]. Llevan varios días pidiéndote que los condenes. ¿Pero qué sentido tiene condenarlos? ¿Tienen cabida la violencia popular, los disturbios o el impulso insurreccional en la larga historia de las movilizaciones sociales de izquierda?
LFI no se suma a las estrategias de guerrilla urbana ni al acoso a los símbolos burgueses. Pertenezco a una generación que ha visto su fracaso y sus consecuencias hasta el final, sobre todo en América Latina. Abogamos por la no violencia. No por ser más amables, sino para ser más eficaces. Tampoco confundamos la brutalidad con la eficacia. La revolución ciudadana de LFI es una revolución que se tiene que poder ganar mientras llevas a tu hijo en brazos en una manifestación.
Su victoria no es un golpe de fuerza de cientos de manifestantes violentos, sino la que viene de la cantidad y la fuerza insuperable de los lazos que unen, a través de la acción, a cientos de miles de personas. Sin embargo, la violencia provoca exactamente lo contrario: reduce el alcance de la participación y el compromiso popular.
Alejarse de ciertas formas de lucha no significa alejarse de la lucha en sí. No queremos ser una vanguardia que imponga una conciencia, consignas y objetivos que vengan de fuera del propio movimiento social. Nuestro papel es ponernos al servicio del movimiento, ayudarle en las transiciones entre sus distintas fases y que se nos identifique como una vía política en las instituciones de poder. Porque al final de la crisis del régimen, tenemos una solución pacífica y positiva. La resumo así: la Asamblea Constituyente y la VIª República.
Esta sociedad neoliberal es violenta en los barrios populares. Mata de hambre, empobrece y maltrata a la juventud. Una de cada dos personas pobres tiene menos de 30 años. La juventud ha pasado de ser una categoría de edad a convertirse en una clase social precaria. En los años 80, se conseguía el primer trabajo estable a los 20 años, ahora, a los 27. Los jóvenes ven claramente el camino de las obligaciones, pero no el de los derechos. Y cuando se les compromete con el derecho a la educación, se les niega el derecho a la realización personal con esa cruel lotería que es Parcoursup.
Se ha resumido el Mayo del 68 como la generación del placer de vivir; la generación de hoy se está convirtiendo en la de las desventajas de vivir en esta época. Mires donde mires, solo hay discriminación. ¡Y, sin embargo, las ganas de vivir de otra manera siguen siendo más fuertes que nunca!
¿Cómo calificarías la respuesta del Gobierno, que se ha basado en una represión brutal de las movilizaciones?
Macron quiere mostrar firmeza a base de gases lacrimógenos, mutilaciones sin remordimientos y frases grandilocuentes. Pero estamos hablando de nuestros jóvenes que bloquean la puerta de un instituto, no de una tropa de enemigos. Y hay que reconocer que ahora existe una cultura de la lucha al estilo de los Chalecos Amarillos.
Se podía intuir que uno de los posibles escenarios sería la reanudación de un ciclo con actos sucesivos, sábado tras sábado. Se ha convertido en una tradición popular. Aquí estamos. Sin líderes, sin portavoces. El movimiento es una autoproducción permanente. La prioridad del poder es prohibirle por completo el sentido político que encierra: la condena de la política neoliberal que ha arruinado el sistema educativo francés. La juventud tira del hilo de un ovillo emblemático.
A medida que se acercaba el 17 de octubre, todo el mundo intuía que iba a ser algo enorme. La fecha llevaba más de un mes rondando por las redes sociales. Veíamos cómo nos llegaba información de todas partes. La sorpresa llegó cuando las negociaciones sobre la organización práctica de la manifestación, lideradas por los sindicatos de jóvenes y de trabajadores, se estancaron hasta la víspera del evento. El prefecto de policía, visiblemente inexperto o quizá manipulador, acabó autorizando, ya fuera de plazo, una concentración y una marcha desde la plaza de la República hasta la plaza de Clichy.
Nos daba miedo la plaza de Clichy: es muy estrecha y, sobre todo, dirige los desbordamientos hacia el Elíseo. Allí, el caos estaba garantizado. Pero esto es algo tan antiguo como las manifestaciones en París: nunca se permite acercarse al Elíseo ni a la plaza Beauvau [Ministerio del interior]. Sinceramente, hay que ser muy novato para no entender lo que se estaba tramando con un recorrido autorizado así. Pero el día en cuestión, el mando lo empeoró todo él mismo al impedir el acceso al punto de partida a base de granadas lacrimógenas. En definitiva, tanto a la salida como a la llegada, ellos mismos provocaron la formación de decenas de marchas espontáneas y crearon el caos al dar prioridad a la persecución de los manifestantes en lugar de proteger los comercios.
¿Qué harías con la policía una vez que lleges al poder? ¿Cómo la pondrías al servicio de un proyecto político como el tuyo?
Estoy preocupado con respecto a la policía desde el caso Traoré. Pero la muerte de la joven Rayana, en 2022, fue para mí un punto de inflexión. Un joven policía que dispara contra un coche y provoca la muerte de la pasajera porque el conductor se negó a obedecer, eso sigue indignándome tanto como siempre. Si ya nadie reaccionara, es que habríamos cambiado de mundo. Esto ya no es Francia, ya no es una policía republicana, es otra cosa. Desde ese día, he cambiado. Mucha. Gente de LFI ya pensaban así. Hemos entendido que hay que reformar la policía de arriba abajo. Se le ha comprometido y deshonrado tanto que habrá que crear una autoridad totalmente nueva para que la gente la respete.
Cuando lleguemos al poder, volveremos a crear una fuerza tranquila y cercana a la gente. Nos aseguraremos de que reciba formación continua. Le ofreceremos perspectivas de carrera e incluso la posibilidad de cambiar de trayectoria profesional, en la que se pueda progresar gracias al esfuerzo en la formación. Dejaremos de hacer carreras al revés, en las que las y los más jóvenes empiezan en los lugares más difíciles. La convertiremos en una policía que conviva con la gente, pero manteniendo una cierta distancia. Y se sensibilizará a cada uno de sus miembros sobre el problema que suponen, en una sociedad libre, el racismo, el sexismo y las discriminaciones que minan la vida en común. Nos tomaremos en serio a las personas que formen parte de ella y les pediremos que se tomen en serio a la población a la que estarán al servicio.
¿Vas a abordar el tema de las armas de las que dispone la policía?
Sí. ¿Qué armas? ¿Para qué? ¿Granadas aturdidoras, incapacitantes, para romper cordones de seguridad? Hay muchos países donde no existe nada de eso. Esas armas acaban siempre siendo armas letales. ¿Se necesitan armas para ciertas misiones policiales? Es tarea de los especialistas decirnos exactamente quién necesita qué armas y en qué circunstancias.
Y ya es hora de contar con una instancia de recurso creíble. La IGPN [policía de la polícía] no lo es. En definitiva, todos lo sabemos: la situación actual es insostenible. Debemos y podemos hacerlo de otra manera para generar confianza. Los métodos para lograrlo son de una banalidad absoluta: la educación, la formación continua, una doctrina de actuación policial que nos evite en la medida de lo posible el uso de la fuerza.
¿A qué referentes históricos vinculas tu análisis de la situación?
Se ha comparado mucho el movimiento de los estudiantes de secundaria con el Mayo del 68, pero no tiene nada que ver. Yo lo relaciono más bien con los Chalecos Amarillos: son los mismos mecanismos, la misma espontaneidad. En mayo del 68 había muchos menos estudiantes que hoy; era una época de ascenso social. Y había 10 millones de trabajadores en huelga, liderados por la CGT de la revolucionaria Carta de Amiens y la CFDT del socialismo autogestionado. ¡Otro mundo! Los destrozos en las calles de París eran cien veces mayores que los de hoy.
La otra diferencia está en la respuesta: al otro lado, en aquella época, estaba la autoridad de De Gaulle y un primer ministro, Georges Pompidou, que hizo lo único razonable: negociar y conceder de la noche a la mañana cosas increíbles, como un aumento del 35 % del Smig (antecesor del SMI) y el derecho a crear secciones sindicales en las empresas. Hoy tenemos a un presidente desacreditado, al final de su mandato, que se ha dirigido al país para no decir nada. Y a un primer ministro sin capacidad de iniciativa ni autoridad, ni en el Estado ni ante la opinión pública. Todas las alarmas están encendidas.
Por último, la juventud que lleva las riendas actúa de forma diferente a como lo hacía antes. Miles de estudiantes de instituto han contado sin tapujos a sus padres la brutalidad policial. Los padres son la generación que se salió con la suya con el CPE. Y nuestra época también es la de un cambio en las normas sociales entre generaciones. Las y los jóvenes influyen en sus padres. Esto juega un papel enorme en el arraigo popular y familiar de la simpatía por el movimiento. Y en un momento de actividad popular masiva, esto genera mucha organización y solidaridad espontánea.
El regreso de los toques de queda, el debate sobre el estado de emergencia, la severidad de las comparecencias inmediatas… Todo esto recuerda cómo el Estado gestionó las revueltas en Kanaky (Nueva Caledonia), las revueltas de los barrios populares y otras más en el pasado. Hasta la represión colonial de los movimientos independentistas, el 17 de octubre de 1961, por ejemplo. ¿Todo esto forma parte de un continuo?
¿Has visto a David Lisnard [alcalde de Cannes, candidato a la presidencia] diciendo “me da igual, yo aún no había nacido” sobre el 17 de octubre de 1961? En ese caso, ¿también nos da igual lo de Alsacia y Lorena porque no habíamos nacido durante la ocupación alemana? Hablando en serio, es una señal alarmante de indiferencia hacia la historia de tu propio país. Todos los mecanismos de represión son herencia de las luchas coloniales. El estado de emergencia se inventó para la guerra de Argelia, en un momento en el que se confundía al pueblo con el enemigo. Esa historia, esa comprensión, ese conocimiento se han diluido, se han ocultado por sí mismos.
Sébastien Lecornu [Primer ministro] es un ejemplo típico de esta amnesia. Ya es el que ha enviado fuerzas militares a Kanaky (Nueva Caledonia) y a la CRS 8 en Guadalupe y Martinica. Está impregnado de una mentalidad colonial hacia las clases populares, sin siquiera darse cuenta. Nosotros, por el contrario, hemos entendido a la generación que canta La Marsellesa delante de los institutos y al final de nuestros mítines. Es la nueva Francia, la nunca vista, donde la acción empieza en Créteil y recibe el apoyo de la Catho o de Assas en París, que se movilizan en solidaridad con los institutos de los suburbios. Así que esta conexión que se ha creado entre nosotros y la mayoría no necesita ninguna preparación, ni instrumentalización, ni propaganda ni nada por el estilo.
La estrategia de agotamiento elegida por Lecornu y Macron solo ha tenido un resultado político: hacer que el calendario del movimiento coincida con el del [debate del] presupuesto en la Asamblea Nacional. A partir de ahora, si el Gobierno no sabe cómo detener el movimiento, el movimiento sabe que puede contar con una moción de censura para acabar con el Gobierno.
Porque la moción de censura es inevitable si Lecornu se niega a incluir las reivindicaciones en los presupuestos. Solo el RN puede salvarlo. Pero para eso, por un lado, tiene que funcionar la demonización de LFI y, por otro, que el RN sea aceptado como el partido del orden por la fuerza. Y veámoslo también con perspectiva: ¿quiere el país infligir una derrota a su juventud y prometerle una vida al estilo de Parcoursup? En definitiva, sí, este momento es decisivo a su manera."
(entrevista a Jean-Luc Mélenchon, Sarah Benhaïda et Ilyes Ramdani , Mediapart, 23/10/26, traducción Viento Sur)
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