"La filtración de documentos del Pentágono ha puesto de manifiesto que, para el Ejército de Estados Unidos, el enfrentamiento entre Rusia y Ucrania ha llegado a un punto muerto. Según estiman, ninguna de las partes puede ganar en un futuro previsible. Así lo habían expresado públicamente altos mandos militares, como el general Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos. Por eso, negociar es la única opción razonable, por muchas dificultades que entrañe. Y es que la prolongación de la guerra en estas condiciones produciría un derramamiento de sangre interminable, un nuevo Verdún, y no permitiría la recuperación del territorio ucraniano. Además, la escalada nuclear sería cada vez más probable.
En un conflicto de este tipo, cualquier postura sensata desde el punto de vista ético debe contraponer los riesgos que hay que correr y los sacrificios que hay que hacer para lograr un propósito frente a lo que objetivamente se puede obtener. Aun así, incluso muchos de los autodenominados aliados de Ucrania consideran cínico y poco solidario preguntar cuántas personas tendrían que morir allí para trazar una nueva frontera. Y, sin embargo, dada la situación actual, ¿lo cínico no sería no hacer esta pregunta? Al fin y al cabo, quienes mueren son soldados ucranianos y rusos, no quienes deliberan en Berlín y Washington sobre los objetivos de la guerra y los principios nobles. Por no hablar de que, hoy por hoy, las personas directamente afectadas en Ucrania no tienen la oportunidad de votar para expresar lo que opinan de este tema.
La cuestión que se plantea aquí nos lleva a la distinción fundamental entre lo que Max Weber llamó “ética de la convicción” y “ética de la responsabilidad”. Quienes respaldan la ética de la convicción se complacen con defender principios abstractos al margen de las consecuencias; quienes están a favor de la ética de la responsabilidad piensan en términos del resultado deseado. En el caso que nos ocupa, esto implicaría preguntarnos qué pasos tendríamos que seguir en el mundo real, con todas sus complejidades, para salvar el mayor número de vidas posible, dar un futuro a Ucrania y evitar la guerra nuclear.
La política de distensión promovida por Willy Brandt y Egon Bahr, por ejemplo, se basaba en gran medida en la ética de la responsabilidad. Aunque estemos totalmente en contra de las autoridades del Kremlin, aunque creamos que son la encarnación del mal, tenemos que hablar e incluso negociar con ellas. Primero, para poder brindar ayuda concreta a la población afectada y, después, para evitar que todo el mundo muera en una guerra nuclear. Dar lecciones morales grandilocuentes e invocar los “valores occidentales” suele ser contraproducente para lograr estos fines. Quizás sirva para levantar la moral y sentir que estás en el bando correcto, pero no para reducir la tensión de la situación. Más bien, lo contrario: como ocurrió en la guerra contra el terrorismo que siguió al 11S, la autocomplacencia nubla la visión de la realidad y, en consecuencia, puede conducir a una espiral de destrucción.
Puntos de inflexión geopolíticos y ecológicos
La pregunta de qué ética elegir va mucho más allá de las consecuencias de la guerra en el sentido más estricto y guarda relación con la situación global en general. El mundo se enfrenta a una serie de puntos de inflexión peligrosos, tanto a nivel geopolítico como ecológico. Por una parte, un nuevo y extenso enfrentamiento entre bloques aumenta considerablemente el riesgo de guerra nuclear; hasta un “limitado” intercambio de este tipo provocaría un invierno nuclear a escala global y exterminaría a una gran parte de la humanidad. Este motivo es más que suficiente para determinar que la diplomacia basada en la ética de la responsabilidad es la única opción racional.
Por otra parte, la guerra fría y la guerra caliente de la actualidad destruyen las oportunidades de prevenir el colapso ambiental y de la biosfera de múltiples formas. Si alcanzamos algunos de los inminentes puntos de inflexión climáticos, la Tierra amenaza con entrar en un estado completamente nuevo al que la comunidad científica denomina “Tierra invernadero”, en el que algunas regiones de la Tierra, situadas en el sur de Asia, Oriente Medio y África, se volverían inhabitables. Para impedir que esto suceda, la mayor parte de los combustibles fósiles de la corteza terrestre deben permanecer en el suelo, y, para ello, es indispensable reforzar la cooperación internacional (y que incluya a China y a Rusia).
Por muy disparatado que suene ahora mismo, Occidente tiene que presentar propuestas a Rusia para que este país exportador de combustibles fósiles se pueda transformar en uno que produzca energías renovables (y es que el Estado más extenso del planeta tiene un potencial enorme en este campo). Pero si Rusia continúa siendo un paria a ojos de Occidente, un país con el que nadie dialoga, esa reconversión es inconcebible.
El nuevo enfrentamiento entre bloques trae otra amenaza consigo. Los recursos que con tanta urgencia se necesitan para la transformación socioecológica podrían dirigirse hacia la industria que más destruye y daña el clima: la militar. Este escenario presagia una repetición fatal de la dinámica posterior al 11S. Según el proyecto ‘Cost of War’ de la Universidad de Brown, Estados Unidos desembolsó 2.100.000 millones de dólares en la guerra de Afganistán, lo que equivaldría a la inimaginable suma de 300 millones de dólares al día durante 20 años. Asimismo, gastó 2.900.000 millones de dólares en las guerras de Irak y Siria. Los países en vías de desarrollo llevan años solicitando un fondo de 100.000 millones de dólares para combatir las peores consecuencias del cambio climático. Si bien esta cifra es insignificante en comparación, los países industrializados ricos todavía no han puesto la cantidad total a su disposición.
El economista estadounidense Robert Pollin estima que hacer efectivo un Nuevo Pacto Verde Mundial, que todavía podría evitar el caos climático devastador, requeriría alrededor de 4,5 billones de dólares al año, lo que representa aproximadamente un 5% del PIB mundial. Es un coste que se podría asumir, pero solo si se reduce el gasto militar global de forma simultánea. La nueva carrera armamentista entre ambos lados derivada de la guerra de Ucrania amenaza con obstaculizar una vez más la transformación ecológica efectiva. De ser así, probablemente perdamos la última oportunidad de conservar el sistema terrestre tal y como lo conocemos. (...)
La guerra ucraniana es un conflicto global: en buena medida, se está llevando a cabo por motivos geopolíticos y afecta a las posibilidades de supervivencia de toda la población del mundo. El Gobierno de Estados Unidos debe usar por fin su influencia para terminar la guerra y dejar de desechar posibilidades de negociación con argumentos inconsistentes. Brasil, China y Sudáfrica han impulsado iniciativas de paz nuevas. Los países occidentales deberían hacer lo propio." (Fabian Scheidler, CTXT, 02/03/23)
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