Estados Unidos es la mayor maquinaria de guerra del planeta.
Es, con diferencia, el país más agresivo, el que ha librado más guerras desde su fundación, el que ha derrocado más regímenes y fomentado más golpes de Estado. Con la excepción de Pearl Harbor, esa maquinaria de guerra nunca se ha utilizado con fines defensivos, sino siempre para promover sus propios intereses económicos.
También es el único país del mundo que ha utilizado bombas atómicas contra civiles.
Es el país con el mayor poder blando del planeta, del cual Hollywood es el principal brazo armado, capaz de crear una imagen absolutamente fantástica de sí mismo en el mundo y convertirla en un arma hegemónica. Junto a Hollywood, el segundo brazo armado actual está representado por las redes sociales internacionales, todas ellas, salvo una, con sede en California y todas a merced de la presión o la dirección de la NSA.
Es el país que, por usar una sinécdoque, extermina a un pueblo (los Pieles Rojas) y luego hace miles de películas sobre él, presentándose de todas las maneras posibles en la comedia: como un valiente exportador de civilización o como un alma noble, comprensiva con la difícil situación de los indígenas.
Este país está liderado por una oligarquía impulsada financieramente que deja a los votantes plebeyos minoritarios con opciones como las que se dan entre Trump y Biden, es decir, opciones entre una sartén demente y un fuego perturbado. En cualquier caso, todo representante político, desde el Senado hasta la Presidencia, incluso el más presentable, es manipulable y está condicionado, siendo elegido solo si ha incurrido en grandes deudas y se ha comprometido con los líderes del país.
Este país está declarando informalmente la guerra al mundo entero, dejando la elección entre la subyugación con tributo y la devastación (económica y/o militar).
La propuesta actual de Trump de aumentar el presupuesto militar del ya récord de 1 billón de dólares a 1,5 billones —a modo de comparación: Rusia 109.000 millones, China 320.000 millones— solo significa una cosa: guerra ilimitada (a veces será una guerra híbrida, a veces «vigilancia internacional», a veces un bombardeo puntual, otras una invasión en toda regla).
Obviamente, el lavado de cerebro que hemos sufrido durante décadas en Occidente hará que legiones de personas, por lo demás astutas, interpreten estas palabras como un «antiamericanismo» mítico, y estarán ansiosas por explicar que la verdadera amenaza es un Putin que quiere llegar a Lisboa, o China que quiere imponernos el crédito social, o los «comunistas».
Pero más allá de este belicismo (muy extendido), la simple verdad es que hoy Estados Unidos representa el mayor peligro al que se ha enfrentado la humanidad."
(Andrea Zhok, Facebook, 08/01/26)
"El presidente estadounidense, Donald Trump, ha suscitado una ola de críticas por sus acciones en Venezuela, sus violaciones del derecho internacional, su desprecio por las normas establecidas de larga data y sus amenazas contra otros países -sobre todo aliados como Dinamarca y Canadá-.
En todo el mundo se respira una sensación palpable de incertidumbre y aprensión. Pero ya debería ser obvio que las cosas no terminarán bien, ni para Estados Unidos ni para el resto del mundo.
Nada de esto sorprende a muchos en la izquierda. Todavía recordamos la advertencia del presidente estadounidense Dwight Eisenhower sobre el complejo industrial-militar que había surgido de la Segunda Guerra Mundial. Era inevitable que un país cuyo gasto militar igualaba al del resto del mundo en conjunto acabara utilizando sus armas para intentar dominar a los demás.
Sin duda, las intervenciones militares se hicieron cada vez más impopulares tras las desventuras estadounidenses en Vietnam, Irak, Afganistán y otros lugares. Pero Trump nunca ha mostrado mucha preocupación por la voluntad del pueblo estadounidense. Desde que incursionó en la política (y sin duda antes), se ha percibido como una persona que está por encima de la ley, haciendo alarde de que podría dispararle a alguien en la Quinta Avenida de Nueva York sin perder un solo voto. La insurrección del 6 de enero de 2021 en el Capitolio de Estados Unidos -cuyo aniversario acabamos de “celebrar”- demostró que tenía razón. Las elecciones de 2024 reforzaron el control de Trump sobre el Partido Republicano, lo que garantiza que éste no hará nada para exigirle que rinda cuentas.
La captura del dictador venezolano Nicolás Maduro fue descaradamente ilegal e inconstitucional. Al tratarse de una intervención militar, requería la notificación al Congreso, si no su aprobación. E incluso si se estipula que se trató de un caso de “aplicación de la ley”, el derecho internacional sigue exigiendo que ese tipo de acciones se lleven a cabo mediante la extradición. Un país no puede violar la soberanía de otro país ni secuestrar a ciudadanos extranjeros -y mucho menos a jefes de Estado- de sus países de origen. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, el presidente ruso, Vladimir Putin, y otros han sido acusados de crímenes de guerra, pero nadie ha propuesto desplegar soldados para capturarlos dondequiera que se encuentren.
Aún más descaradas son las declaraciones posteriores de Trump, al afirmar que su administración “gobernará” Venezuela y se apropiará de su petróleo, dando a entender que no se le permitirá al país venderlo al mejor postor. Teniendo en cuenta estos designios, parecería que nos aguarda una nueva era de imperialismo. La fuerza hace el derecho, y nada más importa. Las cuestiones morales -como si es lícito o no asesinar a decenas de presuntos narcotraficantes sin ningún tipo de debido proceso- y el estado de derecho han quedado relegados a un segundo plano, sin que los republicanos, que en su día pregonaban con orgullo los “valores” estadounidenses, hayan alzado mínimamente la voz para protestar.
Muchos analistas ya han abordado las implicancias para la paz y la estabilidad global. Si Estados Unidos reclama el hemisferio occidental como su esfera de influencia (la “Doctrina Donroe”) y prohíbe a China acceder al petróleo venezolano, ¿por qué no debería China reclamar Asia Oriental y prohibirle a Estados Unidos acceder a los chips taiwaneses? Para ello no sería necesario “gobernar” Taiwán, sino solo controlar sus políticas, en particular las que permiten las exportaciones a Estados Unidos.
Vale la pena recordar que, a la gran potencia imperial del siglo XIX, el Reino Unido, no le fue muy bien en el siglo XX. Si la mayoría de los demás países cooperan ante este nuevo imperialismo estadounidense -como deberían hacerlo-, las perspectivas a largo plazo para Estados Unidos podrían ser aún peores. Al fin y al cabo, el Reino Unido al menos intentó exportar principios de gobernanza saludables a sus colonias, introduciendo un mínimo de estado de derecho y otras “buenas” instituciones.
Por el contrario, el imperialismo trumpiano, carente de una ideología coherente, adolece abiertamente de principios: es una expresión pura de codicia y afán de poder. Atraerá a los réprobos más avaros y mentirosos que la sociedad estadounidense pueda producir. Este tipo de personajes no crean riqueza. Dirigen su energía a la búsqueda de rentas: saquean a otros mediante el ejercicio del poder de mercado, el engaño o la explotación descarada. Los países dominados por los buscadores de rentas pueden producir unos pocos individuos ricos, pero no llegan a ser prósperos.
La prosperidad requiere el estado de derecho. Sin él, la incertidumbre es constante. ¿El gobierno confiscará mis bienes? ¿Los funcionarios exigirán un soborno para pasar por alto alguna falta menor? ¿Habrá igualdad de condiciones en la economía, o quienes ostentan el poder siempre darán ventaja a sus compinches?
Lord Acton observó acertadamente que “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Pero Trump ha demostrado que no se necesita poder absoluto para incurrir en una corrupción sin precedentes. Una vez que el sistema de controles y contrapesos comienza a desmoronarse -como, de hecho, ha ocurrido en Estados Unidos-, los poderosos pueden actuar con impunidad. Los costos los asumirá el resto de la sociedad, porque la corrupción siempre es mala para la economía.
Es de esperar que hayamos alcanzado el “pico Trump” y que esta era distópica de kakistocracia termine con las elecciones de 2026 y 2028. Pero Europa, China y el resto del mundo no pueden basarse exclusivamente en la esperanza. Deben elaborar planes de contingencia que reconozcan que el mundo no necesita a Estados Unidos.
¿Qué ofrece Estados Unidos de lo que el mundo no pueda prescindir? Es posible imaginar un mundo sin los gigantes de Silicon Valley, porque las tecnologías básicas que ofrecen ahora están ampliamente disponibles. Otros se apresurarían a ocupar su lugar y podrían establecer salvaguardas mucho más sólidas. También es posible imaginar un mundo sin las universidades y el liderazgo científico estadounidenses, porque Trump ya ha hecho todo lo posible para que a estas instituciones les resulte difícil seguir estando entre las mejores del mundo. Y es posible imaginar un mundo en el que otros ya no dependan del mercado estadounidense. El comercio aporta beneficios, pero estos son menores si una potencia imperial busca acaparar una parte desproporcionada para sí misma. Llenar el “vacío de demanda” que plantean los persistentes déficits comerciales de Estados Unidos será mucho más fácil para el resto del mundo que el desafío al que se enfrenta Estados Unidos de lidiar con el lado de la oferta.
Una potencia hegemónica que abusa de su poder e intimida a los demás debe quedarse en su propio rincón. Resistirse a este nuevo imperialismo es esencial para la paz y la prosperidad de todos los demás. Si bien el resto del mundo debe esperar lo mejor, debe prepararse para lo peor; y al prepararse para lo peor, puede que no haya otra alternativa que el ostracismo económico y social -que no haya otro recurso que una política de contención.
(Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel, Un.Columbia, Revista de prensa, 12/01/26, fuente Project Syndicate )
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