"La noche del 14 de enero, justo una semana después de que un agente del ICE, la policía migratoria federal de Estados Unidos, asesinara a Renee Good en una calle residencial de Minneapolis (Minnesota), otro agente disparó su arma en el norte de la ciudad, hiriendo a un hombre venezolano. El incidente se produjo después de que el gobierno de Trump –que justifica el asesinato de Good al mismo tiempo que se niega a que las autoridades estatales lo investiguen– aumentara el número de agentes en Minneapolis y Saint Paul a 3.000. (Las dos ciudades tienen unos tres millones de habitantes; los dos cuerpos de policía municipal cuentan con unos 600 agentes cada uno).
Todo ha servido solo para intensificar el miedo y la inseguridad que siente la población, que, además de aterrorizada, está furiosa. Las protestas han sido constantes desde que ICE y la patrulla fronteriza (United States Border Patrol o USBP) aterrizaron en el área metropolitana de las Ciudades Gemelas hace poco más de un mes. El 15 de enero, el presidente Trump amenazó con invocar la Ley de Insurrección –una especie de ley marcial, que fue invocada por última vez cuando se sucedieron las protestas por la muerte de Rodney King en Los Ángeles hace más de treinta años– al mismo tiempo que la Unión de Libertades Civiles (ACLU) interpuso una demanda judicial por la violación sistemática de los derechos constitucionales de parte del ICE y el USBP, que acosan y detienen a cualquier persona que tenga aspecto latino o somalí. (Las Ciudades Gemelas albergan a la comunidad somalí más numerosa del país, la mayoría de sus integrantes son ciudadanos norteamericanos o residentes legales).
En sendos discursos, el alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, y el gobernador de Minnesota, Tim Walz, denunciaron la ocupación de la ciudad por cuerpos federales al mismo tiempo que instaron a la población a expresar su legítima ira de forma pacífica. “No muerdan el anzuelo”, dijeron ambos, repitiendo sus discursos de hace una semana. “No le brindemos a Trump el caos que busca».
“Me parece muy importante que el mundo comprenda lo que estamos viviendo aquí”, dice Wes Burdine, propietario de un bar en Saint Paul y autor de varios informes en primera persona sobre la situación en su ciudad, cuando hablamos el 15 de enero. “Es la segunda vez en cinco años que la ciudad en la que vivo se ve convertida en el foco de la atención mundial”, dice en referencia a las secuelas del asesinato de George Floyd por un policía municipal en 2020.
¿Cómo se compara la situación actual con la de entonces?
La ira que sentimos todas y todos es la misma. Pero si hace cinco años el enfado se dirigía a nuestro propio departamento de policía, hoy la amenaza es un cien por cien externa: nos enfrentamos a una fuerza de ocupación. Hay otra diferencia importante: podemos aprovechar las redes de apoyo y resistencia que formamos entonces. Las semillas que plantamos hace cinco años hoy están dando fruto. En 2020, cuando vivimos una invasión de pandillas de Proud Boys [un grupo militante de extrema derecha] que pretendían destruir nuestra ciudad, forjamos redes comunales –entre vecinos, en los barrios– de protección e información. Se reactivaron hace un mes, cuando empezaron a llegar los agentes del ICE y de la Patrulla Fronteriza. Con el grupo de mi barrio nos reunimos para organizar y prepararnos hace semanas ya. Teníamos una idea de lo que se avecinaba.
¿Se involucran las personas de entonces o hay gente nueva que se una?
Las cadenas son las mismas que entonces, pero se están expandiendo. Se ha unido mucha gente nueva. Sin contar que hoy tenemos herramientas más eficaces, como los grupos de Signal. A mí me han preguntado muchos amigos cómo pueden involucrarse. Y fíjate que no se trata de activistas empedernidos ni de personas particularmente politizadas. No, es la gente más normie del mundo: jóvenes, profesionales, jubilados, amas de casa. Yo mismo soy propietario de un bar, un soccer dad, tengo dos hijos de 11 años, pero aquí me tienes, dedicando dos horas diarias al trabajo de resistencia.
En las protestas, así como en los discursos de los alcaldes y del gobernador, el sentimiento que predomina, además de la ira, es el orgullo: Minnesota y las Ciudades Gemelas están orgullosos de su cultura –hospitalaria, humanitaria, inclusiva, solidaria– y rechazan vehementemente una fuerza de ocupación que, a todas luces, busca destruir esos valores. ¿Hasta qué punto esta sensación de orgullo trasciende las divisiones políticas locales?
Las trasciende claramente. Mi vecino es un hombre centrista, inmigrante. Pero hoy también está radicalizado. El mismo alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, no es muy popular, precisamente, entre las personas progresistas de la ciudad. Y, sin embargo, está de nuestro lado. Todos tenemos muy claro que él no es el enemigo. Como tampoco lo es el gobernador, Tim Walz. ¿Hay votantes republicanos que se alegren con todo lo que está pasando? Seguramente, pero son pocos. En las elecciones de 2024, Trump obtuvo aquí un 30% del voto. Imagino que le puede quedar un 15% de apoyo, no más.
Mencionó la invasión de los Proud Boys de hace cinco años. ¿Cabe decir que han vuelto a invadir, solo que esta vez vienen uniformados?
¡Claro! Los datos de ICE que se han filtrado indican que entre los nuevos reclutas están muchos de los ultras que asaltaron el Capitolio en enero de 2021 y que después fueron indultados. Pero no solo, fíjate. En las últimas semanas, he tenido confrontaciones o conversaciones con unos 14 agentes federales. La mayoría son blancos, pero también hay afroamericanos, latinos y de ascendencia asiática. Hace un par de días, en mi coche, cuando de repente me vi rodeado de agentes, había uno que pretendía razonar conmigo, intentando convencerme de que eran los buenos de la película. Me preguntó: “¿No quieres que cojamos a estos adictos y traficantes?”. Yo, la verdad, no estaba en condiciones de tener ninguna conversación con él. Pero habría sido interesante, aunque solo fuera para comprobar hasta qué punto a estos agentes les han lavado el cerebro. Los odio, pero también les tengo lástima. Seguramente hay bastantes que se han alistado por el dinero: ganan 200.000 dólares al año, lo que es más de lo que yo he visto en mi vida.
De los cientos de vídeos que nos llegan de Minneapolis cada día queda claro que, vayan donde vayan los agentes, la gente les mienta la madre, les llama nazis y cobardes y les grita que se larguen de una puta vez. ¿Cómo se gestiona tanta ira constante?
Es un tema difícil. El otro día tuve una conversación muy seria con mi hijo, que tiene once años y juega al fútbol. Tiene un compañero de equipo que ha dejado de asistir a los entrenamientos porque su familia no se siente segura. Intenté explicarle a mi hijo la gravedad de la situación y cuánto me enfurecía. Pero no fue nada fácil.
¿Logra canalizar esa ira de alguna forma en lo personal?
Sí, sí. Las dos horas diarias que dedico al trabajo de resistencia ayudan. Observar y seguir a los agentes, y ver cómo, a veces, se largan con el rabo entre las piernas cuando nos presentamos, eso me alegra el día. Y también me sirve escribir sobre lo que estamos viviendo.
¿Qué pasa con toda esa ira a nivel colectivo?
Eso lo veo bastante más complicado, la verdad. Cuando el gobernador Walz o el alcalde Frey nos piden que mantengamos la calma, que seamos pacíficos, no puedo por menos de preguntarme: “A ver, aquí hay un tío con un rifle. Lo único que tengo yo es un silbato. ¿Por qué nadie les dice a estos tíos armados que mantengan la calma? Es más, ¡les dicen exactamente lo contrario! El gobierno federal les asegura que gozan de una inmunidad absoluta. En otras palabras, les están animando a comportarse de forma más violenta.
Yo creo que les incumbe a Walz y a Frey encontrar un modo de insertarse entre los agentes del ICE y todos los que estamos del otro lado: madres y padres, alumnos de secundaria, todos los que nos movilizamos todos los días en las calles de esta ciudad, a una temperatura de menos diez grados centígrados, vigilando, observando, protestando, escoltando a los miembros de nuestra comunidad mientras dejan o recogen a sus hijos de la escuela, acompañando a las maestras y los maestros camino de casa. Me enfurece que me digan que mantenga la calma cuando, en realidad, deberíamos celebrar que, con la que está cayendo, ninguno de nosotros haya enloquecido."
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