"Que Finlandia tenga hoy más paro que España no es una prueba de fortaleza del modelo mediterráneo sobre el escandinavo. Se trata de una pista sobre cómo se está transformando la economía europea.
En
las últimas décadas, la comparación entre los mercados laborales del
norte y del sur de Europa se ha mantenido estable. Países como Finlandia
han combinado tasas de paro reducidas con niveles elevados de
productividad y una fuerte especialización industrial, mientras que España ha destacado por un desempleo alto, incluso en fases de crecimiento.
Esta divergencia es estructural y refleja diferencias en modelos
productivos, instituciones laborales y respuesta ante los ciclos
económicos. Por eso, el hecho de que en el momento actual
Finlandia registre una tasa de paro superior a la española no constituye
un simple dato llamativo, sino una ruptura parcial de un
patrón histórico que invita a analizar cómo se están ajustando hoy las
economías europeas ante el ciclo económico internacional.
Las economías europeas siguen creciendo, pero están inmersas en un proceso de transformación. El tipo de actividades que generaron empleo durante años está cambiando, empujado por la digitalización, la transición energética y la reorganización de los procesos productivos. No todas las economías se adaptan del mismo modo.
Que el paro aumente no siempre significa que falte trabajo. En algunos casos, lo que ocurre es que hay empleo disponible, pero no encaja fácilmente con las personas que lo buscan. Esto es lo que se conoce como fricción en el mercado laboral. En Finlandia, el aumento del desempleo convive con un número apreciable de puestos sin cubrir, lo que indica que muchas empresas siguen necesitando trabajadores, aunque no siempre con el perfil adecuado o en el lugar adecuado.
El país se enfrenta a un problema de ajuste. Los trabajos que se crean o se mantienen no coinciden de inmediato con quienes pierden su puesto. En España, estas fricciones son menores, en parte porque el empleo se concentra en sectores con menos barreras de entrada, pero eso también limita la capacidad de la economía para reorientarse hacia actividades con mayor productividad que permitan a largo plazo incrementar la renta per cápita y el bienestar.
Las diferencias entre España y Finlandia no se entienden solo mirando el empleo, sino también observando cómo se produce y cuánto valor se genera con ese trabajo. En Finlandia, la mayoría del empleo se concentra en actividades que producen mucho por trabajador, como la industria avanzada o los servicios tecnológicos. Esto permite salarios más altos, pero también hace que las empresas reaccionen con rapidez cuando esas actividades cambian o se reorganizan.
En España, una parte mayor del empleo se concentra en sectores donde es más fácil mantener a los trabajadores, aunque cada hora trabajada genere menos valor. Esto ayuda a sostener el empleo en el corto plazo, pero implica que los costes laborales crezcan más rápido que la productividad, lo que puede limitar la capacidad de la economía para crear empleo de calidad en el futuro.
Comparar países únicamente a partir de la tasa de paro puede llevar a conclusiones engañosas. Que Finlandia registre hoy más desempleo que España no significa que su mercado laboral funcione peor, sino que atraviesa un periodo de ajuste a la espera de nuevos nichos de empleo. Del mismo modo, un menor paro no garantiza una mayor solidez económica como se observa en muchos países en vías de desarrollo. Las cifras reflejan resultados distintos de procesos con diferencias en cómo se ajusta el empleo, cómo se transforman los sectores productivos y qué margen existe para recolocar trabajadores. La cuestión es qué economías están mejor preparadas para adaptarse a los cambios sin deteriorar su capacidad de generar bienestar a medio plazo.
La comparación entre España y Finlandia muestra ventajas y límites en ambos modelos económicos. El modelo español refleja una mayor capacidad para sostener el empleo en momentos de transición, gracias al peso de sectores intensivos en mano de obra y a un ajuste más flexible del tiempo de trabajo. Sin embargo, esa resiliencia tiene un coste: menor productividad media y mayores dificultades para mejorar salarios y renta per cápita. El modelo finlandés, por su parte, se apoya en actividades de mayor valor añadido y productividad, lo que favorece empleos mejor remunerados y una mayor capacidad de crecimiento a largo plazo, aunque a costa de ajustes más visibles en el corto plazo cuando esas actividades se reorganizan. Ninguno de los dos modelos es plenamente superior al otro; ambos afrontan retos distintos en un contexto de evolución económica que exige combinar adaptación, eficiencia y cohesión social.
Desde la perspectiva de la política económica española, la comparación con Finlandia sugiere tres líneas de actuación claras. En primer lugar, reforzar las políticas activas de empleo orientadas a la transición, facilitando que los trabajadores se desplacen con mayor rapidez entre sectores y reduzcan los desajustes que hoy limitan la reasignación del empleo. En segundo lugar, avanzar en una estrategia de crecimiento que eleve la productividad de forma sostenida, apoyándose en inversión, organización del trabajo y capital humano, y no solo en la contención de costes laborales. Y, en tercer lugar, complementar los objetivos tradicionales de empleo con un seguimiento sistemático de indicadores como horas trabajadas, vacantes y productividad, para anticipar tensiones y diseñar respuestas más ajustadas a la transformación en curso del mercado laboral español.
Además, en una economía como la española, marcada por el envejecimiento de la población y por la coexistencia de vacantes sin cubrir y empleo de baja productividad, la inmigración no es solo una cuestión social, sino también productiva. La inmigración refuerza sectores con escasez de mano de obra, facilita la transición hacia actividades de mayor valor añadido y alivia las tensiones en el mercado laboral sin presionar a la baja la calidad del empleo."
(Iñaki Aliende , Un. Complutense, Agenda Pública, 18/02/26, gráficos en el original)
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