"La demografía explica el pasado, el presente y el futuro de una sociedad. Cómo ha crecido en el pasado, por qué tiene los retos que tiene en el presente y, sobre todo, cómo vivirá y qué lugar ocupará en el mundo en el futuro.
En los dos artículos
anteriores de esta serie se ha tratado de trazar las coordenadas
fundamentales de la geopolítica de la demografía contemporánea. En primer lugar, un
mundo que se reordena demográficamente: África y partes de Asia
concentran el crecimiento poblacional futuro; Europa, Japón y Corea del
Sur envejecen y se contraen; América Latina madura y los flujos migratorios se convierten en uno de los grandes vectores estructurales del siglo XXI. En segundo lugar, una
Europa enfrentada a un dilema estratégico: integrar población y
sostener su modelo social o cerrarse sobre sí misma y acelerar su
irrelevancia demográfica, económica y política.
España se sitúa en un intermezzo, en el cruce de ambas dinámicas. Su posición geográfica, su historia migratoria, su inserción en la Unión Europea y su vinculación estructural como puerta de América Latina y como puente con el norte de África hacen del caso español un laboratorio avanzado —y especialmente revelador— de los dilemas y oportunidades que plantea la transición demográfica global.
En un contexto internacional marcado por la competencia entre Estados por atraer población joven y en edad de trabajar, España se ha consolidado como uno de los principales países receptores de migración del espacio europeo.
Esta posición no es casual ni coyuntural. Responde a factores estructurales: lengua compartida con América Latina, redes migratorias consolidadas, una economía capaz de absorber mano de obra en sectores diversos y una narrativa pública que, con todas sus tensiones, no ha sucumbido plenamente a los discursos de cierre identitario que se extienden por otros países del entorno.
En un mundo en el que la movilidad humana será una constante —impulsada además por el cambio climático, la inestabilidad política y las desigualdades económicas—, el Estado español parte de una ventaja comparativa evidente.
Este crecimiento se explica casi exclusivamente por la inmigración y ha ido acompañado de una dinámica económica relativamente más favorable que la de otros países envejecidos.
El Banco de España y la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF) han señalado de forma reiterada que la inmigración ha contribuido de manera decisiva al crecimiento del empleo, al sostenimiento del sistema de pensiones y a la ampliación de la base de cotizantes. No se trata únicamente de cubrir vacantes laborales, sino de mantener el equilibrio entre población activa e inactiva en un país con una de las esperanzas de vida más altas del mundo.
Frente a la tentación de políticas pronatalistas estériles o de discursos reactivos que vinculan inmigración y amenaza, la experiencia española muestra un hecho empírico difícil de refutar: sin inmigración, el actual ciclo de crecimiento económico sería inviable y el ajuste del Estado del bienestar, mucho más traumático.
Esta brecha territorial no es solo un problema demográfico: si no se solventa, es un importante hándicap económico, social, político y ambiental. La despoblación rural incrementa el riesgo de abandono del territorio, la mala gestión forestal, la pérdida de soberanía alimentaria y la vulnerabilidad frente al cambio climático. Al mismo tiempo, la hiperconcentración urbana tensiona el acceso a la vivienda, los servicios públicos y la cohesión social.
Desde esta perspectiva, como también indica el artículo de Santiago Fernández en este medio, el reto demográfico español no consiste únicamente en atraer población, sino en ordenarla territorialmente de forma inteligente, alineando demografía, modelo productivo y transición ecológica.
La demografía, por tanto, es una política estructural que conecta población, territorio, energía, alimentación y resiliencia ecológica. Pensar el futuro demográfico de España implica decidir si se apuesta por un país concentrado, frágil y desigual o por uno territorialmente cohesionado y ambientalmente sostenible.
En la geopolítica de la demografía, dejarse llevar por discursos de odio, por inercias culturales o por dinámicas de bloque geográfico no es una opción inteligente. Y todo indica que, para España, pensar la demografía de forma inteligente, abierta y territorialmente equilibrada es una condición imprescindible para un presente y un futuro de sostenibilidad y prosperidad."
España se sitúa en un intermezzo, en el cruce de ambas dinámicas. Su posición geográfica, su historia migratoria, su inserción en la Unión Europea y su vinculación estructural como puerta de América Latina y como puente con el norte de África hacen del caso español un laboratorio avanzado —y especialmente revelador— de los dilemas y oportunidades que plantea la transición demográfica global.
España en el tablero geodemográfico global
Desde una perspectiva global, España forma parte del reducido grupo de países desarrollados que, a pesar de registrar una fecundidad persistentemente baja —en torno a 1,3 hijos por mujer según el INE—, ha logrado evitar el decrecimiento poblacional gracias a un saldo migratorio positivo sostenido.En un contexto internacional marcado por la competencia entre Estados por atraer población joven y en edad de trabajar, España se ha consolidado como uno de los principales países receptores de migración del espacio europeo.
Esta posición no es casual ni coyuntural. Responde a factores estructurales: lengua compartida con América Latina, redes migratorias consolidadas, una economía capaz de absorber mano de obra en sectores diversos y una narrativa pública que, con todas sus tensiones, no ha sucumbido plenamente a los discursos de cierre identitario que se extienden por otros países del entorno.
En un mundo en el que la movilidad humana será una constante —impulsada además por el cambio climático, la inestabilidad política y las desigualdades económicas—, el Estado español parte de una ventaja comparativa evidente.
El papel de España en la Europa que envejece
En el contexto europeo, España representa una anomalía positiva. Mientras buena parte del continente entra en una fase de estancamiento o retroceso demográfico, la población residente en España ha pasado de 40,5 millones en 1999 a rondar los 50 millones en la actualidad.Este crecimiento se explica casi exclusivamente por la inmigración y ha ido acompañado de una dinámica económica relativamente más favorable que la de otros países envejecidos.
El Banco de España y la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF) han señalado de forma reiterada que la inmigración ha contribuido de manera decisiva al crecimiento del empleo, al sostenimiento del sistema de pensiones y a la ampliación de la base de cotizantes. No se trata únicamente de cubrir vacantes laborales, sino de mantener el equilibrio entre población activa e inactiva en un país con una de las esperanzas de vida más altas del mundo.
Frente a la tentación de políticas pronatalistas estériles o de discursos reactivos que vinculan inmigración y amenaza, la experiencia española muestra un hecho empírico difícil de refutar: sin inmigración, el actual ciclo de crecimiento económico sería inviable y el ajuste del Estado del bienestar, mucho más traumático.
Radiografía demográfica de España: luces en la sombra
La fotografía demográfica española presenta luces, más allá de las sombras de una estructura tendencialmente invertida de la pirámide poblacional. El saldo migratorio positivo aviva el balance demográfico e impulsa la economía, si bien es cierto que convive con una desigualdad creciente en la distribución territorial. Las grandes áreas metropolitanas concentran población, empleo y oportunidades, mientras amplias zonas rurales e interiores continúan luchando por recuperar habitantes, servicios y capacidad productiva.Esta brecha territorial no es solo un problema demográfico: si no se solventa, es un importante hándicap económico, social, político y ambiental. La despoblación rural incrementa el riesgo de abandono del territorio, la mala gestión forestal, la pérdida de soberanía alimentaria y la vulnerabilidad frente al cambio climático. Al mismo tiempo, la hiperconcentración urbana tensiona el acceso a la vivienda, los servicios públicos y la cohesión social.
Desde esta perspectiva, como también indica el artículo de Santiago Fernández en este medio, el reto demográfico español no consiste únicamente en atraer población, sino en ordenarla territorialmente de forma inteligente, alineando demografía, modelo productivo y transición ecológica.
Demografía, territorio y clima: una ecuación inseparable
Una distribución más equilibrada de la población es también una condición necesaria para afrontar el reto climático. Los territorios rurales vivos permiten una gestión activa de los montes, reducen el riesgo de incendios y facilitan modelos productivos sostenibles y pueden convertirse en espacios clave para la transición energética y la bioeconomía.La demografía, por tanto, es una política estructural que conecta población, territorio, energía, alimentación y resiliencia ecológica. Pensar el futuro demográfico de España implica decidir si se apuesta por un país concentrado, frágil y desigual o por uno territorialmente cohesionado y ambientalmente sostenible.
Propuestas para una política demográfica de Estado
España necesita abordar el reto demográfico como una auténtica política de Estado, articulada en torno a varios ejes estratégicos.
- Reconocer la migración como factor estructural de desarrollo, desligándola del marco securitario y situando su gestión en el ámbito del empleo, la Seguridad Social, la economía y el reto demográfico, con pleno respeto a los derechos humanos.
- Mejorar los sistemas de acogida e integración, agilizando los permisos de trabajo, el reconocimiento de competencias y la inserción laboral efectiva, evitando el infraempleo y maximizando la contribución económica y social.
- Equilibrar el desarrollo territorial, garantizando servicios públicos de calidad y agilizando la consolidación de empleo digno en el ámbito no urbano como condición para fijar población y atraer nuevos residentes.
- Priorizar usos productivos y no extractivos del territorio rural, asegurando que las inversiones en energía, industria o digitalización generen valor local, empleo estable y retornos sociales.
- Alinear política demográfica y transición ecológica, entendiendo que un territorio habitado, productivo y bien gestionado es un activo clave frente al cambio climático.
Una decisión estratégica de largo plazo
El Estado español se enfrenta, en definitiva, a una decisión de largo alcance que definirá su sociedad en el futuro. Puede optar por la potencia de una sociedad más mestiza, plural y dinámica, capaz de sostener economía, Estado del bienestar y cohesión territorial. O puede dejarse arrastrar por discursos de repliegue que prometen identidades cerradas a costa de envejecimiento, empobrecimiento y declive económico y social.En la geopolítica de la demografía, dejarse llevar por discursos de odio, por inercias culturales o por dinámicas de bloque geográfico no es una opción inteligente. Y todo indica que, para España, pensar la demografía de forma inteligente, abierta y territorialmente equilibrada es una condición imprescindible para un presente y un futuro de sostenibilidad y prosperidad."
(Antón Gómez-Reino , Agenda Pública, 28/01/26)
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