25.1.26

Trump rompió el orden mundial. ¿Y ahora qué? Estados Unidos cede el escenario a China... La búsqueda por parte del gobierno de una “Fortaleza Estados Unidos” no ofrece ningún refugio contra el creciente poder de China. Y construirla mediante aventuras imperiales entraña el riesgo de repetir los errores de otras grandes potencias que, de forma similar, diagnosticaron erróneamente que las verdaderas fuentes de la fuerza nacional eran el control territorial en lugar del dominio tecnológico... Ahora, Estados Unidos corre el riesgo de distraerse intentando gobernar Venezuela y apoderarse de Groenlandia, mientras China dedica enormes sumas a ganar las tecnologías del futuro, desde la inteligencia artificial y la robótica hasta la informática cuántica y la biotecnología... La economía china ya es aproximadamente un 30 por ciento mayor que la de Estados Unidos en poder adquisitivo, su base industrial es el doble de grande, su generación de energía es el doble de alta y su armada va camino de ser un 50 por ciento mayor a finales de esta década. Es líder en nuevas tecnologías como los vehículos eléctricos y los reactores nucleares de nueva generación, mientras que Estados Unidos depende cada vez más de ella para todo, desde antibióticos hasta minerales de tierras raras... Dominar el hemisferio occidental cambia poco... Si dar prioridad a América significa dedicar menos recursos a Asia, se trata de un mal negocio, que corre el riesgo de ceder la región más poblada y económicamente dinámica del mundo a la influencia de Pekín... Para Washington, la cuestión estratégica central del siglo XXI no es si Estados Unidos puede construir un bastión en el hemisferio occidental. Es si Estados Unidos, tras un siglo como el país más poderoso, avanzado y próspero del mundo, renovará las verdaderas fuentes de fuerza o pasará la antorcha a China (Rush Doshi, director adjunto para asuntos de China con Biden, The New York Times)

 "Por primera vez en más de un siglo, el continente americano parece ser la máxima prioridad de Washington, en detrimento del tiempo y la atención dedicados a Europa y Asia, y en beneficio final de Pekín.

La búsqueda por parte del gobierno de una “Fortaleza Estados Unidos” no ofrece ningún refugio contra el creciente poder de China. Y construirla mediante aventuras imperiales entraña el riesgo de repetir los errores de otras grandes potencias que, de forma similar, diagnosticaron erróneamente que las verdaderas fuentes de la fuerza nacional eran el control territorial en lugar del dominio tecnológico.

En el siglo XVIII, China y Rusia, con una visión miope, construyeron esferas de influencia en la estepa euroasiática, mientras que el reino de Gran Bretaña ganó el siglo al perfeccionar la máquina de vapor. En el siglo XIX, los europeos se obsesionaron con la lucha por África, mientras que Estados Unidos se adelantó al inventar la electrificación y la fabricación en masa.

Ahora, Estados Unidos corre el riesgo de distraerse intentando gobernar Venezuela y apoderarse de Groenlandia, mientras China dedica enormes sumas a ganar las tecnologías del futuro, desde la inteligencia artificial y la robótica hasta la informática cuántica y la biotecnología.

La economía china ya es aproximadamente un 30 por ciento mayor que la de Estados Unidos en poder adquisitivo, su base industrial es el doble de grande, su generación de energía es el doble de alta y su armada va camino de ser un 50 por ciento mayor a finales de esta década. Es líder en nuevas tecnologías como los vehículos eléctricos y los reactores nucleares de nueva generación, mientras que Estados Unidos depende cada vez más de ella para todo, desde antibióticos hasta minerales de tierras raras.

Dominar América cambia poco este panorama. El hemisferio occidental concentra apenas alrededor del 13 por ciento de la población mundial y una parte cada vez menor de su economía y capacidad manufacturera globales. Si dar prioridad a América significa dedicar menos recursos a Asia, se trata de un mal negocio, que corre el riesgo de ceder la región más poblada y económicamente dinámica del mundo a la influencia de Pekín. Estados Unidos quedaría rezagado frente a China en lo tecnológico, dependería de ella en lo económico y correría el riesgo de ser derrotado militarmente. El resultado sería un siglo chino.

Para Estados Unidos, la única vía para equilibrar la enorme escala de China es renovar su fortaleza interior y aprovechar el poder colectivo de sus socios al construir una “escala aliada” en el exterior. Una fijación del “continente americano primero” en el hemisferio occidental complica ese objetivo. Distrae a los dirigentes de la tarea de renovación interna y aleja a aliados y socios. Por ejemplo, arrebatar Groenlandia a Dinamarca fracturaría la OTAN y acercaría Europa a China. Sería una mala praxis estratégica.

Pekín parece reconocer que, en el arte de gobernar, es importante centrar las energías en la cuestión adecuada. Para Washington, la cuestión estratégica central del siglo XXI no es si Estados Unidos puede construir un bastión en el hemisferio occidental. Es si Estados Unidos, tras un siglo como el país más poderoso, avanzado y próspero del mundo, renovará las verdaderas fuentes de fuerza o pasará la antorcha a China." 

fue director adjunto para asuntos de China y Taiwán en el Consejo de Seguridad Nacional bajo la presidencia de Joe Biden, Revista de prensa, 25/01/26, fuenteThe New York Times)

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