"(...) Este fenómeno de ascenso de la extrema derecha en forma de partido es
reciente en España, pero agita las banderas de otros países europeos
desde hace años. Lo saben bien los españoles que actualmente residen en estos estados.
Con motivo de las citas electorales que se aproximan en nuestro país,
en Cuartopoder.es hemos conversado con varios de ellos para conocer cómo
miran la oleada de ultraderecha que se extiende por Europa, por el
mundo y amenaza con instalarse en la Península.
Carlos Panadero tiene 31 años y es profesor en Polonia desde hace seis.
Considera que este país, con una democracia más reciente que la de
otros estados europeos, es “muy tradicional” y que su ciudadanía es
“ultracatólica” e “hipernacionalista”. Un cóctel histórico-cultural hace
que los polacos observen “con recelo al diferente”, indica.
A este país
lo diferencia la inexistencia de partidos de izquierdas y el peso
importantísimo que tiene la Iglesia en la política y la educación. Del
partido Ley y Justicia le inquiera algo que también observa en Vox:
“Utilizan la bandera como arma, pretendiendo ser más religiosos que
nadie y apropiándose del concepto de familia”.
En Hungría, donde gobierna Viktor Orban (Fidesz),
la extrema derecha no conquistó abiertamente el poder, sino que llegó
de forma paulatina. “Un partido teóricamente conservador ha legitimado
las ideas de la extrema derecha (Jobbik) al llevarlas a la práctica”,
explica Luis García Prado, de 43 años, editor y copropietario de una cafetería en Budapest,
donde reside desde hace dos años y medio.
En su opinión, las formas de
control del Gobierno sobre la población pueden ser sutiles, pero
igualmente peligrosas para la ciudadanía. “El modelo de Estado que
Fidesz ha creado en Hungría no se basa en la represión violenta, sino en
la captura de las instituciones, en la centralización del poder y en la
amenaza para el estatus o el nivel de vida de los discrepantes”,
aclara.
En este mismo sentido, Chus Martínez Domínguez, profesora de español en Hungría desde hace 20 años,
explica que “la mayoría absoluta ha hecho posible al Gobierno de Orban
modificar la Constitución y las leyes según sus propios intereses”. Cree
que lo más grave es el control de los medios de comunicación, en
especial en las zonas rurales, donde Fidesz tiene más apoyo.
A través de
los mismos, inculcan “el nacionalismo y el odio exacerbado a los
inmigrantes”, según considera. Denuncia que esto conlleva
inevitablemente a la autocensura: mejor no hablar que “exponerse a ser
vilipendiado públicamente por la prensa leal al Gobierno”.
A Lucía Sánchez Rodríguez, de 28 años, quien se desempeña como diseñadora gráfica y camarera en una cafetería,
le preocupa que “el racismo o la misoginia” estén “legitimados” por el
poder. Considera que Viktor Orban ha sabido erigirse como líder
mesiánico dispuesto a dar solución a los problemas de la nación y que se
le ve como “un padre”, a veces demasiado estricto, pero que vela por el
interés general y de la nación húngara.
Celia Montero lleva viviendo en Italia cuatro años
y es responsable de una bodega en una zona vinícola del país. “Italia
siempre ha sido un país muy de derechas y si la extrema derecha ha
conseguido llegar a poder es porque la gente no encuentra trabajo y
tiene miedo a los inmigrantes por un discurso que se ha ido construyendo
a lo largo de los años”, diagnostica.
En esta línea dura de xenofobia y rechazo a la
inmigración o a la acogida de refugiados en Europa, se encuentra el
gobierno austriaco. Andrea Gomez Roque, que tiene 28 años y trabaja de arquitecta en Viena,
admite que ella no ha experimentado discriminación en este país por ser
española, pero es consciente de que «si fuera turca no hubiera tenido
la misma aceptación», ya que hay «mucho rechazo a todo lo árabe o
musulmán».
Con más preocupación sobre esta cuestión vive Nesa Ruth Sadijui Vidal, que es de Toledo y de padre iraní.
En España ha sufrido el racismo por su color de piel, pero cree que
Austria es como “un pueblo grande” donde la xenofobia o el machismo
están legitimados. También acusa un profundo machismo que parece “sacado
de las películas”, ya que se intenta proteger a la mujer «como si fuera
un ser inferior”.
El Gobierno, además, asegura que la violencia
machista no existe y, si hay casos, «culpa a los extranjeros de haber
influido a los nacionales”, explica. Aunque a ella le cuesta escuchar
este discurso, su pareja, que es de Hungría, acostumbrado a un gobierno
de extrema derecha, lo acepta con mayor naturalidad.
Los españoles consultados por Cuartopoder.es que viven en países extranjeros muestran, en general, inquietud ante un posible resultado favorable para los de Santiago Abascal.
“Me da la impresión de que van a crecer bastante y esto me provoca
bastante temor”, indica Andrea desde Austria. Desde este mismo país Nesa
confiesa que quiere volver a España, pero si todo “se pone tan negro”,
quizás no regrese. “Siendo mi país me duele más que se vuelva de esta
manera”, explica.
Por otro lado, Carlos, desde Polonia, se queja “del
auge que están teniendo estos partidos de odio” y le preocupa que “un
país como España tenga que tirar de partidos ultras” porque “cuatro
frikis” han conseguido conectar con un descontento que estaba latente. Lucía, desde Hungría, aporta una reflexión positiva en medio del caos.
En cierta manera, le parece positivo que la extrema derecha se
diferencie del resto de actores políticos creando sus propios partidos.
“Por haber salido el demonio la gente se ha asustado y han surgido
algunos movimientos. Se ha encendido un fueguito para la autorganización
porque ha salido el lobo y hay que ir a votar”, apunta.
Lo cierto es que no todos han podido votar. El proceso para solicitar el voto rogado desde el extranjero para la ciudadanía española es complejo
y muchas veces la ansiada papeleta no llega. Sin embargo, seguramente
ellos y ellas estarán pendientes del resultado del domingo en las urnas,
deseando que España siga siendo la excepcionalidad en Europa, el dique
de contención contra la extrema derecha." (María F. Sánchez, Cuarto Poder, 24/04/19)
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