14.5.19

La infantil y pertinaz estúpida fragmentación de los izquierdistas españoles. Alguien que es incapaz de admitir que puede estar equivocado, no es de izquierdas. Quien así se sostiene ideológicamente, se considera élite... Son un fascismo del color con que le queráis adjetivar. Pero, en definitiva, fascismo, autoritarismo... Incapaces de formular un programa mínimo común se reprueban unos a otros. Mientras, esperan a pie firme que la derecha, que siempre es extrema, va perfilando las claves socioeconómicas que más le convienen....

"Si leo los programas de los partidos de izquierda, es cierto que tienen muchos puntos programáticos diferentes y aparentemente diversos.[1] Pero, la realidad es que la mayoría de las cuestiones se diferencian en la redacción de los textos y en los procesos temporales de ejecución que se proponen. (...)

Los matices de tales puntos programáticos seguro que los han discutido mil veces con sus camaradas militantes de grupo izquierdista tomándose unas cervezas. Suelen ser personas comprometidas seriamente. Pero que, generalmente, no han conseguido producir un criterio intelectual libre. He contemplado y oído en muchas de las discusiones entre militantes de diferentes grupos que, por una circunstancia están colaborando en una acción concreta, como lo que suelen formular es el recitado de párrafos enteros de los distintos órganos partidistas. Ya sea de la publicación periódica del grupo o, bien, los textos fundacionales marxistas o, en su caso, anarquistas.
Para ellos, para casi todo el mundo, todo es más fácil, toda verdad propia es más sólida cuando se sustenta en el pensamiento elaborado de una autoridad (entidad) superior. Declaman sus textos como si recitasen el catecismo del partido. En general, este recitado se hace como un mantra religioso que proporciona seguridad intelectual y, sobre todo, moral. No pueden permitir que el otro tenga un mínimo de razón. 

 Cada grupúsculo izquierdista tiene su santa biblia y su dios tronante que la escribió. (...)

Pocos, muy pocos son los que, a partir de las experiencias y escritos de quienes transitaron antes por los caminos de la lucha social, suelen estar libres de la aceptación de la auctoritas de algún ascendiente de prestigio.
Estar libre no significa el rechazo de quienes nos precedieron. Si no de ser lo suficientemente honestos para confrontar la realidad que ellos vivieron con las actuales y extraer reflexiva, acertada o erróneamente, las consecuencias. (...)

Para confrontar análisis y proponer soluciones que se aproximen a la solución que necesita –creemos necesita- el presente, está el diálogo. El diálogo, el debate. No las porfías, las contumacias, las terquedades. Alguien que es incapaz de admitir que puede estar equivocado, no es de izquierdas. Quien así se sostiene ideológicamente, se considera élite. 

Su pensamiento cree encerrar la verdad, es único. Forman grupo –partido o comité central-, que debe dirigir las estrategias y los movimientos de la revolución. Todos los demás deben aceptar su pensamiento superior y seguir ciegamente sus directrices. Es/son un fascismo del color con que le queráis adjetivar. Pero, en definitiva, fascismo, autoritarismo, dictadura…

 Así, vemos, leemos, escuchamos por todas partes condenas, reproches, maldiciones, reprensiones, reprimendas, anatemas de todo tipo de unos izquierdistas contra otros. Pero leer los distintos programas, como empecé escribiendo, muestra que las diferencias suelen estar en las expresiones más o menos altas (chillonas, insultantes), más o menos precisas, más o menos sensatas sobre la realidad social cotidiana.  (...)

[…], el cambio social no es producido por los activistas, por más importante que pueda ser –o no- el activismo en el proceso. El cambio social es más bien el resultado de la transformación apenas visible de las actividades cotidianas de millones de personas [Buscamos el cambio social en los hechos aparentemente insignificantes de la vida; Papadopulos, Stephenson y Tsianos], en John Holloway [2]

Los cambios sociales que han permitido avanzar hacia sociedades más justas, han surgido de forma espontánea originados en movimientos de masas. Las élites no los originaron. Aunque, a última hora, se hayan puesto al frente de la manifestación y cobrado sus réditos.

 Cuando el equilibrio entre la subordinación moral e intelectual a la autoridad ideológica educadora y el temor la autoridad represora se disipa, el hombre/mujer rebelde, además de procurar alcanzar un estatus económico que le permita vivir mejor, pretende recuperar su dignidad, la que le pertenece por el simple hecho de ser humano. 

En numerosas ocasiones, esta dignidad es lo importante para la mujer/hombre rebelde, hasta el punto de sacrificar la vida. Es la configuración de la nueva identidad del rebelde. Que se va conformando durante el desarrollo de la lucha, con la convivencia con sus camaradas de lucha, con la evolución de la filosofía en la práctica del combate, contra el recuerdo del tiempo anterior vivido como vasallo, en el confrontamiento con los opresores.[3]

Esta evolución individual acentuada en la evolución del conjunto del movimiento de masas, promoverá la evolución del conjunto, del que surgirán los proyectos para la nueva sociedad. Será la decisión democráticamente adoptada por el movimiento, como consecuencia de la reflexión soberana, la que proporcionará las armas de lucha para la creación de una sociedad mejor.

Cuando una élite –líderes o partido- acaparan el poder de decisión, las revoluciones se coronan en simples rebeliones, que podrán triunfar durante períodos más o menos largos. Pero, finalmente, las rebeliones conocidas hasta hoy han terminado fracasando. La tarea de los líderes o del partido es fomentar la evolución hacia la liberación de las individualidades y apoyar el movimiento de masas en su desarrollo del poder democrático interno. En último término, ser gestores sin traicionar a quienes les han permitido ser sus dirigentes. Nunca tratar de sustituir la creación democrática del movimiento organizado.  (...)

John Holloway

Nosotros vivimos en España, en la Península Ibérica. Y la multiplicidad, las grietas particulares, se multiplican en la izquierda contra la gran lucha unificada. Preferimos nuestra individualidad en solitario a nuestra individualidad compartida en la lucha común.

Todos sabemos quién es el enemigo. Cada uno tenemos una fórmula para derrotarlo. Parecida a la que tiene el vecino. Pero no igual. Ese pequeño matiz que nos propone el camarada nos llevará a la derrota. No lo ve, está ciego en su ideología. Que, por lo demás, ha aprendido en los mismos libros, en las mismas viejas historias que yo conozco. Pero que no supo interpretar. 

Yo, aunque ni el vecino de la puerta de al lado me conozca o sepa de mi existencia, no quiero ir de cabeza a la derrota aceptando ese pequeño giro ideológico, económico, cultural, social… Porque si lo acepto, estoy traicionando a toda la clase obrera, a toda la sociedad, a todo el Planeta, que espera de mi clarividencia que, al menos, no lo traicione.

Incapaces de formular un programa mínimo común, que lo tienen incluso escrito, se condenan, se reprueban unos a otros. Mientras, esperan a pie firme que la derecha, que siempre es extrema, pues defiende la injusticia como clave de la sociedad, va perfilando ésta en sus claves socioeconómicas que más les convienen.

Y, mientras, el movimiento feminista, el ecologista, el pacifista, el desolado movimiento obrero, los pensionistas, las plataformas de defensa de lo público, luchando para desarrollar la solidaridad, la fuerza de lo colectivo, aquello que, en su momento, propusieron/proponen defender los auto-adjetivados partidos de izquierda.

La única [esperanza que nos queda es organizarnos como clase, pegarnos al que anda tan doblado como nosotros, organizar la solidaridad desde lo más inmediato y necesario de cada uno, no fallar al de al lado, construir organización, plantear la batalla allá donde nos afecte, ver que cada lucha concreta debe mirar hacia adelante. (...)"                   (Antonio San Román Sevillano , Rebelión, 11/05/19)

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