"Si leo los programas de los partidos de izquierda, es cierto que tienen
muchos puntos programáticos diferentes y aparentemente diversos.[1]
Pero, la realidad es que la mayoría de las cuestiones se diferencian en
la redacción de los textos y en los procesos temporales de ejecución que
se proponen. (...)
Los matices de tales puntos programáticos seguro que
los han discutido mil veces con sus camaradas militantes de grupo
izquierdista tomándose unas cervezas. Suelen ser personas comprometidas
seriamente. Pero que, generalmente, no han conseguido producir un
criterio intelectual libre. He contemplado y oído en muchas de las
discusiones entre militantes de diferentes grupos que, por una
circunstancia están colaborando en una acción concreta, como lo que
suelen formular es el recitado de párrafos enteros
de los distintos órganos partidistas. Ya sea de la publicación
periódica del grupo o, bien, los textos fundacionales marxistas o, en su
caso, anarquistas.
Para ellos, para casi todo el mundo, todo es más fácil, toda verdad propia es más sólida cuando se sustenta en el pensamiento elaborado de una autoridad (entidad) superior.
Declaman sus textos como si recitasen el catecismo del partido. En
general, este recitado se hace como un mantra religioso que proporciona
seguridad intelectual y, sobre todo, moral. No pueden permitir que el
otro tenga un mínimo de razón.
Cada grupúsculo izquierdista tiene su santa biblia y su dios tronante que la escribió. (...)
Pocos, muy pocos son los que, a partir de las
experiencias y escritos de quienes transitaron antes por los caminos de
la lucha social, suelen estar libres de la aceptación de la auctoritas de algún ascendiente de prestigio.
Estar libre no significa el rechazo de quienes nos
precedieron. Si no de ser lo suficientemente honestos para confrontar la
realidad que ellos vivieron con las actuales y extraer reflexiva,
acertada o erróneamente, las consecuencias. (...)
Para confrontar análisis y proponer soluciones que se aproximen a la
solución que necesita –creemos necesita- el presente, está el diálogo.
El diálogo, el debate. No las porfías, las contumacias, las terquedades.
Alguien que es incapaz de admitir que puede estar equivocado, no es de
izquierdas. Quien así se sostiene ideológicamente, se considera élite.
Su pensamiento cree encerrar la verdad, es único. Forman grupo –partido o
comité central-, que debe dirigir las estrategias y los movimientos de
la revolución. Todos los demás deben aceptar su pensamiento superior y
seguir ciegamente sus directrices. Es/son un fascismo del color con que
le queráis adjetivar. Pero, en definitiva, fascismo, autoritarismo,
dictadura…
Así, vemos, leemos, escuchamos por todas partes condenas, reproches,
maldiciones, reprensiones, reprimendas, anatemas de todo tipo de unos
izquierdistas contra otros. Pero leer los distintos programas, como
empecé escribiendo, muestra que las diferencias suelen estar en las
expresiones más o menos altas (chillonas, insultantes), más o menos
precisas, más o menos sensatas sobre la realidad social cotidiana. (...)
[…], el cambio social no es producido por los
activistas, por más importante que pueda ser –o no- el activismo en el
proceso. El cambio social es más bien el resultado de la transformación
apenas visible de las actividades cotidianas de millones de personas
[Buscamos el cambio social en los hechos aparentemente insignificantes
de la vida; Papadopulos, Stephenson y Tsianos], en John Holloway [2]
Los cambios sociales que han permitido avanzar hacia sociedades más
justas, han surgido de forma espontánea originados en movimientos de
masas. Las élites no los originaron. Aunque, a última hora, se hayan
puesto al frente de la manifestación y cobrado sus réditos.
Cuando el equilibrio entre la subordinación moral e
intelectual a la autoridad ideológica educadora y el temor la autoridad
represora se disipa, el hombre/mujer rebelde,
además de procurar alcanzar un estatus económico que le permita vivir
mejor, pretende recuperar su dignidad, la que le pertenece por el simple
hecho de ser humano.
En numerosas ocasiones, esta dignidad es lo
importante para la mujer/hombre rebelde, hasta el
punto de sacrificar la vida. Es la configuración de la nueva identidad
del rebelde. Que se va conformando durante el desarrollo de la lucha,
con la convivencia con sus camaradas de lucha, con la evolución de la
filosofía en la práctica del combate, contra el recuerdo del tiempo
anterior vivido como vasallo, en el confrontamiento con los
opresores.[3]
Esta evolución individual acentuada en la evolución
del conjunto del movimiento de masas, promoverá la evolución del
conjunto, del que surgirán los proyectos para la nueva sociedad. Será la
decisión democráticamente adoptada por el movimiento, como consecuencia
de la reflexión soberana, la que proporcionará las armas de lucha para
la creación de una sociedad mejor.
Cuando una élite –líderes o partido- acaparan el poder
de decisión, las revoluciones se coronan en simples rebeliones, que
podrán triunfar durante períodos más o menos largos. Pero, finalmente,
las rebeliones conocidas hasta hoy han terminado fracasando. La tarea de los líderes o del partido
es fomentar la evolución hacia la liberación de las individualidades y
apoyar el movimiento de masas en su desarrollo del poder democrático
interno. En último término, ser gestores sin traicionar a quienes les
han permitido ser sus dirigentes. Nunca tratar de sustituir la creación
democrática del movimiento organizado. (...)
John Holloway
Nosotros vivimos en España, en la Península Ibérica. Y la multiplicidad, las grietas particulares, se multiplican en la izquierda contra la gran lucha unificada. Preferimos nuestra individualidad en solitario a nuestra individualidad compartida en la lucha común.
Todos sabemos quién es el enemigo. Cada uno tenemos
una fórmula para derrotarlo. Parecida a la que tiene el vecino. Pero no
igual. Ese pequeño matiz que nos propone el camarada nos llevará a la
derrota. No lo ve, está ciego en su ideología. Que, por lo demás, ha
aprendido en los mismos libros, en las mismas viejas historias que yo
conozco. Pero que no supo interpretar.
Yo, aunque ni el vecino de la
puerta de al lado me conozca o sepa de mi existencia, no quiero ir de
cabeza a la derrota aceptando ese pequeño giro ideológico, económico,
cultural, social… Porque si lo acepto, estoy traicionando a toda la
clase obrera, a toda la sociedad, a todo el Planeta, que espera de mi
clarividencia que, al menos, no lo traicione.
Incapaces de formular un programa mínimo común, que lo
tienen incluso escrito, se condenan, se reprueban unos a otros.
Mientras, esperan a pie firme que la derecha, que siempre es extrema,
pues defiende la injusticia como clave de la sociedad, va perfilando
ésta en sus claves socioeconómicas que más les convienen.
Y, mientras, el movimiento feminista, el ecologista,
el pacifista, el desolado movimiento obrero, los pensionistas, las
plataformas de defensa de lo público, luchando para desarrollar la
solidaridad, la fuerza de lo colectivo, aquello que, en su momento,
propusieron/proponen defender los auto-adjetivados partidos de
izquierda.
La única [esperanza que nos queda es organizarnos como
clase, pegarnos al que anda tan doblado como nosotros, organizar la
solidaridad desde lo más inmediato y necesario de cada uno, no fallar al
de al lado, construir organización, plantear la batalla allá donde nos
afecte, ver que cada lucha concreta debe mirar hacia adelante. (...)" (Antonio San Román Sevillano , Rebelión, 11/05/19)
No hay comentarios:
Publicar un comentario