"“¿Dónde en Estados Unidos tiene su sede Antifa? ¿Y cuántos miembros tiene?” le preguntó Bennie G. Thompson, congresista por el estado de Misisipi, a Michael H. Glasheen, el director de Operaciones de Seguridad Nacional, que fue llamado a testificar ante un comité de la Cámara de Representantes el pasado 12 de diciembre. “Si, como usted dice, Antifa es el objetivo número uno del FBI, esos datos seguramente me los podrá dar, ¿no?” “Eh, la situación es fluida”, contestó, con cara de susto y visiblemente incómodo, el veterano funcionario, que lleva más de 15 años en el cuerpo policial federal hoy dirigido por Kash Patel.
Desde que el presidente Trump puso a Patel a cargo del FBI, en febrero de 2025, este se ha convertido en uno de los principales instrumentos judiciales para perseguir a los enemigos políticos del presidente —incluido James Comey, exdirector del propio FBI—. Para entender cuáles pueden ser las dinámicas internas de la organización, hablo con el periodista Tim Weiner, un Premio Pulitzer que lleva más de cuatro décadas cubriendo los servicios de inteligencia estadounidenses. Weiner (White Plains, Nueva York, 1956) es autor, entre otros libros, de Enemigos. Una historia del FBI (2014); Legado de cenizas. La historia de la CIA (2024); y, más recientemente, La misión. La CIA en el siglo XXI (Debate).
¿Me puede explicar qué pasó en esa incomodísima comparecencia del director Glasheen ante el Congreso en diciembre?
Su misión, por así decirlo, era justificar algo que la administración Trump está tratando de impulsar, y que es análoga a lo que hizo el FBI bajo J. Edgar Hoover hasta 1973. El objetivo que ha identificado Trump —a su manera, indeleblemente estúpida— es demostrar que personas como George Soros están financiando las operaciones de “Antifa”, ese grupo tan misterioso como aterrador.
¿Qué significa eso?
Significa que la oficina dirigida por Kash Patel se está movilizando para llevar a cabo una guerra política contra los oponentes reales e imaginarios del presidente. Trump ha afirmado una y otra vez que Antifa es una quinta columna, un enemigo interno, un grupo terrorista doméstico. Al adoptar el lenguaje de la lucha internacional contra el terrorismo, normalizado tras el 11-S, intenta crear un marco que le permita perseguir y procesar a los supuestos enemigos de su Gobierno. El mayor obstáculo aquí, por supuesto, es que el antifascismo es una ideología. No hay ninguna organización con ese nombre. En la práctica, el FBI y el resto del Departamento de Justicia están diseñando planes para acosar —y, si pueden, perseguir judicialmente— a la izquierda norteamericana, en la medida en que cabe hablar de una izquierda en este país.
Todo esto tiene precedentes históricos. En Legado de cenizas cuento que, en octubre de 1967, tras la primera gran manifestación contra la guerra de Vietnam, el presidente Johnson convocó al entonces director de la CIA, Richard Helms, en la Casa Blanca. Johnson, que estaba convencido de que el movimiento pacifista y la lucha por los derechos civiles estaban controlados y financiados por Moscú y Pekín, le dijo: “Quiero que haga lo que sea necesario para seguir la pista de los comunistas extranjeros que están detrás de esta intolerable injerencia en nuestros asuntos internos”.
A partir de ese momento, la CIA, el FBI y el NSA intensificaron el espionaje a los estadounidenses. Esta no solo era una misión imposible, sino profundamente ilegal: la CIA y el NSA tienen expresamente prohibido, salvo contadas excepciones, espiar a los estadounidenses, a menos que se trate de espías o agentes de potencias extranjeras. Todo esto no tardó en acarrear serios problemas para los servicios de inteligencia cuando, en diciembre de 1974, el periodista Seymour Hersh reveló estas prácticas en el New York Times.
Ahora bien, este es el modelo que Trump y sus secuaces de la justicia están tratando de seguir con el FBI con el fin de reprimir y oprimir a los enemigos políticos del Gobierno. Ya ha habido numerosos intentos de procesar y perseguir a personas como James Comey —ex director del FBI que, además, es republicano—. De forma similar, el Departamento de Justicia acaba de imputar ¡al gobernador de Minnesota y al alcalde de Minneapolis! Nada de esto llegará a ninguna parte, desde luego. Es como tratar de clavar una gota de mercurio a la pared.
Glasheen, que lleva mucho tiempo en el FBI y no es tonto, debe saber todo esto perfectamente. ¿Cómo se deja poner en una posición así? ¿Por qué no dimite?
Las dimisiones como protesta son algo muy poco habitual, aunque es verdad que a veces ocurren.
En ese sentido, ¿cabe hablar de una facción política del FBI que está en tensión con una facción de funcionarios de carrera?
No sé si cabe hablar de facciones dentro del FBI. Sí te puedo contar lo que sé que ha estado sucediendo durante el último año. Trump ha ordenado a Patel, del FBI, y a Radcliffe, de la CIA, que purguen a cualquiera que haya investigado la intromisión maligna de Rusia en las elecciones de 2016 y a cualquiera que haya trabajado en el enjuiciamiento de los insurrectos del 6 de enero. En el FBI, concretamente, Patel ha purgado a los directores de Seguridad Nacional e Inteligencia, a todos los dirigentes locales que trabajaron en estos casos, en Washington, Nueva York y otros lugares.
De hecho, las direcciones de Seguridad Nacional e Inteligencia han quedado despobladas; mucha gente ha sido reasignada al trabajo contra contra los inmigrantes. Al mismo tiempo, el FBI se ha convertido en un instrumento de guerra política en nombre del presidente, tal y como lo fue bajo las presidencias de Eisenhower, Kennedy, Johnson y Nixon, cuando el FBI lo dirigía Hoover.
Hoover, durante las casi cinco décadas que dirigió el FBI, lo moldeó a su imagen. Pero Patel solo lleva un año al mando. Imagino que el cuerpo funcionarial es menos susceptible de dejarse persuadir por este intento de que renazcan los viejos tiempos. ¿Hay resistencia interna? ¿O es que las purgas han funcionado?
El FBI es, ha sido y seguirá siendo muy blanco, muy masculino, muy conservador políticamente. Por tanto, no creo que se pueda decir que haya gente dentro del FBI trabajando en secreto para la Resistencia. Pero sí creo que se puede predecir que todo esto no llevará a nada. Una cosa es imputar a la gente —sea el gobernador de Minnesota o un vecino cualquiera que ha asumido el mando de la patrulla anti-ICE de su barrio—.
Otra cosa es que esa imputación tenga éxito. Este último año, muchas imputaciones han resultado rotundos fracasos, entre ellas la del mismo James Comey. Abrir una investigación contra alguien es una táctica punitiva de por sí, claro está. De entrada, obliga a la gente a buscarse un abogado. Eso cuesta dinero. Después, es probable que, una vez abierta la investigación, se intervengan teléfonos o vigilen comunicaciones. Todo lo cual, sin duda, es una herramienta de opresión. Aún no hemos llegado a que una persona acabe juzgada y condenada por expresiones o conductas protegidas por la Constitución. Pero estamos muy cerca.
Hasta la fecha, ha resistido el dique formado por los grand juries (grandes jurados) y el poder judicial.
En efecto. El dique lo han integrado los grandes jurados, las y los jueces, y el hecho de que son muy pocos las y los fiscales dispuestos a llevar a cabo procesos judiciales abiertamente políticos.
El sistema, en otras palabras, guarda los principios constitucionales contra los embates de un FBI cada vez más hooveriano.
Todo lo que hemos visto hasta la fecha lo indica. Por otra parte, es un triste consuelo pensar que, si el Departamento de Justicia de Trump, el FBI incluido, ha fracasado y seguirá fracasando en sus intentos de perseguir a los enemigos políticos del presidente, es en gran parte gracias a la estupidez de sus líderes. Su mayor obstáculo es que son idiotas. Pam Bondi es una idiota. Kash Patel es un idiota. También lo es Lindsey Halligan, que se cree fiscal federal del Distrito Este de Virginia. Todo me recuerda a esa maravillosa escena de Blazing Saddles (Sillas de montar calientes), con Gene Wilder y Cleavon Little, en la que Wilder le dice a Little: “¿Qué te esperabas? Hay que recordar que son gente de campo, simples hijos de la tierra. O sea, imbéciles”. Cleavon Little es incapaz de contener la risa, pero igual incluyeron la escena tal cual.
O sea, que estamos viviendo una farsa.
Mira, si J. Edgar Hoover era un relámpago (lightning), Kash Patel es una luciérnaga (lightning bug). Ese hombre es tonto. Si te digo la verdad, lo único que me da esperanza, además de las y los jueces y fiscales, es que esta gente está chiflada.
El daño que está causando en el FBI, ¿será duradero?
Creo que es reparable, pero llevará años, si no décadas. Porque lo que han hecho fundamentalmente es abusar y corromper la confianza en la que se basa su poder. ¿Quién iría a trabajar para el FBI en este momento? ¿Quién iría a trabajar para la CIA o el Departamento de Justicia? Han sido tantas las personas que han dimitido en silencio —y a veces no tan en silencio— en señal de protesta, que el Departamento se ha convertido en un buque fantasma. Siempre llega un momento —y esto ha sido así a lo largo de décadas— en el que la gente tiene que decidir: ¿me quedo e intento preservar lo que hay de bueno aquí o me voy por una cuestión de conciencia? El número de personas que deciden quedarse disminuye cada día que pasa.
El jefe del Departamento de Policía de Minneapolis le dijo al New YorkTimes que lo ocurrido en esa ciudad estas semanas ha echado por tierra años de trabajo para reconstruir la confianza del público en las fuerzas del orden. Imagino que con las fuerzas del orden federales ocurre algo similar. Pasarán años antes de que la población estadounidense vuelva a confiar en cualquier cosa que salga del Departamento de Interior, el Departamento de Justicia o el FBI.
Una cosa que me ha llamado la atención en Minneapolis y St. Paul, las Ciudades Gemelas, es que personas que nunca se identificarían con la izquierda —veteranos militares, personas que nunca han marchado ni se han manifestado en toda su vida— se hayan incorporado a la Resistencia y se hayan sumado a quienes se enfrentan a los matones de Trump, gritándoles: “¡Fuera de mi barrio, putos nazis!”
Lo único que frenará esto —además de las y los jueces que prohíben las acciones ilegales o inconstitucionales, además de las y los fiscales que se niegan a llevar casos amañados a los tribunales— es un rechazo popular masivo a Trump y al Partido Republicano en las elecciones del próximo noviembre. Uno de los factores que más ha contribuido a que se produzcan estas atrocidades es la abdicación del Congreso. Por tanto, habrá que echar a los congresistas. Pero, fíjate, incluso si se lograra, habría después que sustituir el liderazgo del Partido Demócrata en el Congreso con personas que —y perdona la expresión— tengan cojones. El poder legislativo tiene que oponerse a esto, sí o sí. Pero para ello es necesario que los líderes del Partido Demócrata dejen de ser tan tímidos y temerosos."
(Entrevista a Tim Weiner, Sebastiaan Faber, La Marea, 19/01/26)
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