"La enorme agitación que ha generado en redes como ‘X’ el asunto Epstein, con esa cantidad ingente de correos, mensajes y documentos que circula por ellas, y la atención limitada que le han prestado los medios de comunicación tradicionales es la señal de una división socialmente significativa. Algunos medios han recogido lo que afecta a personajes locales, otros han insistido en la vinculación de Epstein con Trump, otros han seleccionado aquello que conviene a sus intereses ideológicos, ya que solo se han hecho de los personajes del otro espectro político, y muchos han pasado de puntillas. Por la red se difunden un montón de posts que afectan a personajes de esferas políticas, económicas y de las relaciones internacionales, en los que se mezclan informaciones fiables con declaraciones altisonantes, lecturas interesadas y teorías de la conspiración. Los archivos Epstein son una suerte de nuevo Wikileaks, esta vez con la información soltada en bruto, sin que medie la investigación ni los análisis estructurados que realizaron entonces los medios de masas. Las zonas oscuras de la realidad han quedado confinadas en un lugar secundario.
En el contenido que se ha revelado hasta la fecha no hay grandes noticias, más allá de la aparición de algunos nombres, muchos, demasiados, vinculados con Epstein. Hay elementos interesantes, y comentarios sobre muchos aspectos de la realidad, pero pocas novedades significativas, salvo los nombres propios. No hay que rebuscar demasiado en el material, tanto en el que se ha hecho público como en el que puede quedar por salir, porque la conspiración está a la vista. Nassim Nicholas Taleb la ha descrito bien: “Existe una red global de cortesanos; para pertenecer a ella, hay que ser de la élite y tener la mentalidad del establishment y una sumisión moderada a él. Epstein conectaba con la mayor cantidad de personas en esa red”.
Los archivos de Epstein ponen de manifiesto un entramado de élite, una sociedad de la excepción cada vez más frecuente en nuestro mundo
Epstein era el conector entre las distintas redes, un intermediario que favorecía que las aspiraciones, deseos e intereses de personas de esas élites encontraran satisfacción. Como aparece en los archivos, podían facilitar el ingreso en un club que se resistía o la posesión de un yate, mediar para conseguir información privilegiada, proporcionar contactos para incrementar las fortunas, interceder para que políticos encontraran recursos para sus campañas o favorecer carreras profesionales. Epstein era un conseguidor que tenía un precio. La isla de Epstein era el elemento último de su tarea. A los poderosos les gusta sentir que lo son, y gozar de privilegios sin consecuencias es parte del poder. Los abusos sexuales y las relaciones con prostitutas parecían funcionar en el caso de Epstein tanto como un servicio como un ritual de paso.
Más allá de las personas concretas a las que involucren los archivos Epstein, lo que pone de manifiesto es un entramado de élite, una sociedad de la excepción cada vez más frecuente en nuestro mundo: las reglas están operativas para la gran mayoría de la gente, pero hay una parte que puede evitarlas, ya que cuenta con las relaciones y los mecanismos precisos. En esa capacidad de pasar por encima de las normas comunes radican sus ventajas.
Los archivos Epstein no son un asunto menor, y menos aún en esta época, en la que la desconfianza en las élites ha arraigado significativamente en las mentes de los ciudadanos, pero también en la política. Sin la revuelta contra las élites, Trump no habría llegado al poder. Olió el signo de la época, dotó de una nueva dirección a ese impulso, y vinculó a él a diversos colectivos que se sentían perdedores o que percibían que su lugar en la sociedad era secundario. No se trató solo de los empleados en la industria o de los trabajadores perjudicados por la globalización, también grupos religiosos, facciones de la élite o empresarios tecnológicos se sentían relegados por el sistema. Trump logró alinearlos gracias a que los puso a combatir contra las élites: las de las costas, las cognitivas, las woke, Wall Street, los burócratas de Washington D.C., las que fueran. Los archivos de Epstein añaden más combustible a ese fuego. Una vez que se saca al genio de la botella, es muy difícil volver a meterlo en ella.
La reacción antiélites se fraguó bajo el radar, y los archivos del caso Jeffrey Epstein contienen el material idóneo para avivarla
En teoría, esta es una situación que podría convenir a los Maga, ya que es el grupo que mejor ha percibido el sentimiento latente. También podría ayudar a esa parte del partido demócrata que identificó a la oligarquía como el enemigo, pero están pasando por el asunto con mucho sigilo. Sin embargo, es posible que genere más fricción entre las filas de los conservadores. Los archivos se han hecho públicos durante el gobierno de Trump, pero el presidente mostró mucha resistencia. Aparecen figuras públicas de un lado y del otro, pero Trump sale a relucir, así como algunos de los actores que le apoyan, como Steve Bannon o Peter Thiel. Es Trump quien gobierna, y por tanto el que debería utilizar las armas judiciales a su disposición para sancionar los abusos y las irregularidades que se pueden colegir de los archivos. Ya ha afirmado que no lo hará. Por otra parte, es complicado que un movimiento como Maga, que afirma querer recuperar una moralidad tradicional, vea con buenos ojos los excesos de las élites millonarias. Hace meses, el asunto Epstein estaba pasando factura entre las filas de Trump por no hacer públicos los archivos. Veremos su repercusión ahora que los archivos están fuera.
El efecto será difícil de medir, porque al quedar confinado en las redes sociales y no dar el salto a los medios de masas, es un asunto que circula bajo el radar. Pero estos canales de distribución de la información han sido muy importantes en los últimos años. La reacción antiélites se fraguó en ellos, y los archivos Epstein contienen el material idóneo para avivar ese tipo de sentimiento. Ofrece una imagen de las clases más afortunadas que afecta a todos sus integrantes, hayan tenido relación o no con Epstein. Tiende a configurarlos como clase, y eso es un salto político.
Los otros campesinosEn una conversación entre Epstein y Bannon que figura en los archivos, el activista Maga afirmó que los chinos eran “un grupo de campesinos que tratan de dirigir la economía mundial”. Epstein apuntaba que había tenido una reunión hace pocos días que giró en torno a “cómo esos campesinos encontraron las herramientas cibernéticas de la NSA que habíamos insertado en sus sistemas y las usaron contra nuestros intereses”. China está en el centro del giro de Trump, es la potencia desafiante, la que se ha desarrollado enormemente en las últimas décadas y ha adquirido un lugar principal en el orden internacional. Llama tanto la atención el calificativo, “campesinos”, típico de la antigua aristocracia, como el hecho de que no les preocupaban los “campesinos” estadounidenses, a los que tenían bajo control, sino los que de verdad desafiaban su dominio, los de Pekín. Epstein afirmó que “los deplorables necesitan un enemigo, China, China, China”. Bannon asintió.
EEUU está en un intenso proceso de cambio. Epstein es un hombre del pasado, el conector caído, típico de una época que ya no existe. Falleció en extrañas circunstancias. Sus archivos son material para el fuego de la época, el sentimiento antiélites. Es probable que no se estén tomando en serio las consecuencias que puede provocar el avivamiento de ese fuego. Los “campesinos” de occidente todavía existen, y cada vez están menos contentos. Es probable que Trump pague un precio por ese descontento, pero el sistema en su conjunto ya lo está sintiendo."
(Esteban Hernández, El Confidencial, 04/02/26)
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