5.6.15

Mi médico, gran experto en ELA, expulsado de La Paz por oponerse a los recortes del PP

"(...) Empecemos recordando algunas cosas que ya he contado aquí. La unidad de ELA del Hospital Carlos III de Madrid era una referencia nacional e, incluso, internacional. El responsable de la misma, el doctor Jesús Mora, fue quien, con la paciencia y la habilidad del artesano, la vino construyendo desde que a finales de los años 80 la sanidad pública le reclutó tras una exclusiva formación en la costa este de Estados Unidos.

 Regresaba a casa entonces un joven neurólogo que sabía más que nadie en España de esa enfermedad tan rara y que ni siquiera Stephen Hawking había conseguido quitar el cartel de ‘desconocida’.

Con la entrada de los 90, y siendo ya uno de las decenas de médicos especialistas de todo el mundo que seguían investigando este mal, dentro de su entorno de trabajo comienza a conseguir que los enfermos tengan más facilidades a la hora de ser tratados en su horrible declive. Se fueron dando pasos hacia una integración de las especialidades que afectan a quienes sufrimos ELA. 

Y con la habilidad que anticipamos y el acicate de la asociación de pacientes que él ayudo a construir, se consigue que el Carlos III sea el primer lugar de España donde esta enfermedad se trata de manera conjunta.

Este modelo despertaba la curiosidad de sus colegas, ese puñado de miembros que se conocían de ser los mismos cada año en los congresos. Y muchas de sus prácticas y rutinas se empezaron a implantar en los hospitales más importantes del primer mundo. 

A su vez, en otros puntos de nuestra geografía, surgían médicos con la misma visión servicial e innovadora del doctor Mora, apareciendo así otras pequeñas unidades que, como digo, optimizaban la asistencia y la efectividad de la misma. En otras palabras, retrasaban los problemas, la muerte y todo cuanto estuviera en su mano.

Evidentemente, esta estructura hecha a retazos y a trompicones, a través de diferentes permisos concretos dados por los distintos gestores del hospital con el paso de los años, no tenía carácter oficial. No existía un cartel en el Carlos III que pusiera ‘Unidad de ELA’, pese a que en el mundillo de esta enfermedad se admirara internacionalmente. 

Mientras, el doctor Mora seguía peleando día a día en los despachos, mediando hasta para conseguir dignidad y permanencia laboral para sus colaboradores, en una lucha que acabó por conformar un excelente equipo que incluía (además de la lógica neurología) fisioterapia, enfermería, neumología, psicología y logopedia, todo ello especializado en esta concreta dolencia.

Ese grupo tan idóneo permitió que en el Carlos III se llevaran a cabo los ensayos internacionales más importantes, ya que solo con una asistencia correcta, los datos aquí recabados pueden ser usados junto con los de los hospitales más importantes de Europa o Estados Unidos. 

Pero, lejos de potenciar el interés y el orgullo de los administradores de la sanidad pública, motivó la sospecha constante sobre el doctor y su modelo, ya que siempre fue visto como un ‘outsider’, un inconformista, un diferente. Él lo único que hacía era dar rienda suelta a su pasión, pelear contra la ELA y ayudar a quienes la sufren. (...)

Con el primer gobierno de Esperanza Aguirre comenzaron los problemas. Quién sabe si motivados por la envidia, la ignorancia, o la suma de ambas con el detonante de la osadía más chabacana, se llega a la conclusión de que es un lujo tener una unidad para una enfermedad tan específica.  (...)

Lejos de amedrentarse ante los palos en las ruedas que le metían cada poco tiempo, el doctor Mora y su equipo seguían trabajando con el único fin de mejorar su unidad y mejorar así la asistencia de sus pacientes. 

 Para echar más leña al fuego, la división asociativa dentro de los enfermos de ELA crea dos bandos, que se politizan en el momento que hay uno de ellos (no el del doctor Mora) que depende de las subvenciones que recibe del gobierno madrileño, pese a que en sus siglas se dice que es de carácter nacional. 

Con ese mar de fondo tan desagradable en una enfermedad ya de por sí tan dura, llegó la crisis económica y a los palos en las ruedas se sumaron chinchetas en la carretera, hoyos en el asfalto y puentes dinamitados. Hasta que en enero de 2014 la unidad de ELA del Carlos III se cayó de la bicicleta y quedó moribunda.

Todo había empezado cuando Ignacio González, nada más sustituir a Aguirre, terminó de dar luz verde a la reestructuración del sistema de salud madrileño. Esta reestructuración, que el tiempo y las incesantes protestas de absolutamente todos los colectivos sanitarios (la llamada Marea Blanca) han demostrado que se hizo con los pies y no con la cabeza, incluía la absorción del pequeño pero vanguardista Carlos III dentro del gran hospital madrileño de La Paz. 

Se ponía fin a que el Carlos III fuera referencia nacional (y en muchos casos internacional) en enfermedades raras, infecciosas y tropicales. “¿Para qué? Vaya lujos que quieren mantener nuestros médicos…” pensarían algunos de esos que parece que razonan con los pies. 

Hubiera sido curioso asistir a las reuniones de estos mismos ‘ideólogos’ cuando la crisis del ébola del pasado año dejó en evidencia el desmantelamiento del único hospital especializado en su tratamiento, el Carlos III. En esas reuniones, para hablar, ¿pedirían la vez levantando la mano… o quizá también usarían el pie?

Con los recortes, el tsunami afectó a todo el sistema, y por supuesto dentro de este centro los desperfectos fueron de aúpa. La unidad de ELA se descompuso, ante las denuncias desesperadas de los enfermos en los medios, que se solaparon con el inicio de la campaña del cubo de agua helada. 

Lo más triste de todo es que estas medidas tan injustas y absurdas se diseñan en los despachos de los políticos tirando de calculadora, sin atender jamás a la voz de los expertos. Y lo más doloroso es que para llevarlas a cabo se necesita la colaboración de una parte de disidentes de la medicina.

 Es decir, médicos de carrera, formados para curar a la gente y velar por sus vidas y su bienestar, formados en la sanidad pública, pero que en algún momento de su evolución profesional (mejor dicho, involución) y al pasar a ser parte del instrumento burocrático, se pervierten a cambio de poder de mando, mejor salario o vete a saber de qué. Esa mezquindad es la que más duele cuando se asiste a estos recortes.  (...)

Llegamos al momento caliente del relato. Con la unión a La Paz, los problemas para el funcionamiento mínimamente correcto de la unidad comienzan a ser vergonzosos. Peligran incluso los ensayos que se están desarrollando, porque los pacientes dejan de estar atendidos con los cuidados y seguimiento mínimos exigidos en el protocolo. 

Con piruetas y más piruetas, el doctor y su equipo consiguen a lo largo de 2014 mantener una dinámica que posibilite no romper dichos protocolos. Porque a punto estuvo el doctor de tener que reconocer ante sus colegas, esos que admiraron su modelo, que debía dejar el ensayo porque su hospital (llamado La Paz-Carlos III tras la fusión) no reunía los mínimos necesarios.  (...)

No llegó a pasar pero el peligro existe aún, y es en ese clima de tensión donde Jesús Mora llega a avisar a gerencia de que las cosas están mucho peor que antes y que son los pacientes quienes mejor lo saben. Esa actitud de no querer agachar la cabeza una vez más, es la gota que colma el vaso y la fijación de sus jefes toma ya tintes que se podrían tachar de persecutorios.

Concretamente, la subdirectora de gerencia de La Paz, Mercedes Fernández de Castro, es quien comienza el marcaje y quien acaba por ser el brazo ejecutor.

Yo, por entonces, ya frecuento la consulta del doctor Mora, que me la recomendaron desde que fuera diagnosticado en Cádiz. Conseguí que me pudieran atender tras hacer una artimaña legal pero ridícula y larga con la que pude bordear las barricadas que pusieron los gobernantes madrileños para dificultar la llegada de enfermos de otras comunidades. 

Y siendo ya paciente, soy testigo de la mella psicológica que todo el proceso de descomposición y enfrentamiento está causando en los profesionales. Incluso, siendo atendido en una consulta, asisto atónito a las llamadas repetidas e impertinentes desde gerencia. 

El doctor, harto de tener que explicar que está con un paciente, termina por dejar descolgado el teléfono. Y a los dos minutos entra la enfermera insistiendo en que quieren hablar con él. Debe de ser que los ‘médicos’ que tiene como trabajo perjudicar el de los demás se olvidan que los demás médicos dedican su jornada laboral a atender a pacientes, tal y como les enseñaron y prometieron hacer.

En el resto de lo que queda de unidad (desaparecida la fisioterapia y la neumología), al miedo a despidos o recolocación en otras funciones (tras años especializándose e investigando una dolencia tan particular), se unen las trabas burocráticas al pasar a depender del mastodóntico sistema de La Paz, donde, ni por asomo, están preparados para asumir como si tal cosa un sistema de trabajo modelado por la experiencia y los años.

Como saben que los expertos están en contra de esos cambios forzosos e irracionales, pasan a ser más sospechosos desde la gerencia. En general, este es el sentir que hay en la sanidad pública ante los recortes. Es un clima que mezcla indignación y miedo. Mi percepción personal se amplía a través de los familiares que tengo trabajando ahí, y por otros que son enfermos de diversa gravedad. 

Solo hace falta abrir un poco los ojos y escuchar con atención cuando se va a un hospital para darse cuenta de lo rematadamente mal que se han hecho las cosas, sin contar además con nadie.  (...)

Todo esto lo comenté en uno de los primeros artículos, que por cierto envié al director general de hospitales de la Consejería de Sanidad, Mariano Alcaraz, por si tenía a bien leerlo. Pero su falta de respuesta fue equivalente a su falta de valía para el puesto que desempeña. No me sorprendió.  (...)

El doctor Mora, en definitiva, ha sido perseguido hasta que la citada Mercedes Fernández de Castro ha creído dar con la primera excusa con la que quitárselo de en medio.  (...)

En ese clima de enconamiento de posturas, se le abrió un expediente el pasado mes de febrero. Se le intenta culpar de permitir que empresas privadas trabajen sin permiso oficial dentro de las instalaciones del hospital (se cree el ladrón que todos son de su condición).

 El episodio, de una sencillez y ridiculez máximas comparadas con la grave sanción propuesta, consistió en que una representante de una empresa de ortopedia, que colabora oficialmente con el módulo de rehabilitación de varios hospitales, incluido La Paz, había quedado en el hospital con un paciente de ELA que le tocaba revisión y al que le suministraba un cabecero adaptado, con el fin de hacer los ajustes pertinentes y ahorrarle viajes innecesarios. Un proceder, reconocido por esta representante, habitual en todos los hospitales.

Por allí pasaba casualmente la subdirectora de gerencia, quien le preguntó al doctor si era responsable de aquello, a lo que él le contestó que era responsable de todo lo que pasaba en su unidad (sabedor de que la mayoría de su equipo no tiene la posición de fuerza en materia laboral). 

Y sin mediar más palabras, a los varios días el doctor Mora recibió la apertura de expediente en su despacho. La representante, que conoce al doctor de vista, cuenta que le empezaron a preguntar luego que qué relación tenía con él, quizá buscando algún resquicio de beneficio económico ilícito. Además, le empezaron a preguntar ¡por pormenores de los ensayos que hace la unidad! Que ya me dirán que tendrá que ver con lo ocurrido. Es decir, una investigación que solo buscaba un resquicio por el que ‘empaquetar’ a su objetivo.

La semana pasada le llegó la propuesta de sanción: dos años suspendido de empleo y sueldo por permitir que una empresa privada use la instalación pública sin autorización, a lo que se suma un mes más por otro enfrentamiento verbal en relación a un problema diferente. 

Se ha desoído por parte del inspector la petición del abogado defensor de que se llame a declarar a la representante de la ortopedia, con lo que se demostraría que lo que hizo es el proceder habitual de estos profesionales   (...)

Sea como sea, este viernes se atenderán las apelaciones, pero el doctor Mora sabe que no le van a tener en cuenta porque el único objetivo es echarle ya, aunque todos los juristas consultados le aseguren que por la vía judicial le van a dar la razón y recibirá la indemnización correspondiente.
 
Pero ese no es consuelo. El viernes pasado, cuando está a nueve meses de jubilarse, el doctor Mora recibió un homenaje de compañeros y enfermos. Estuvo teñido de agridulce sensación por ver que el trabajo de toda una vida en la sanidad de todos parece que vaya a tener un final tan gris. 

Él, por supuesto, va a pelear porque no se le manche su nombre y porque se considera perseguido. Y está seguro que ganará en los juzgados, dentro de meses o quizá años. Será indemnizado (con dinero que pagamos todos, sin que los implicados en esa desajustada y persecutoria sanción asuman consecuencias), pero no podrá hacer lo que estaba en su mente: aceptar tras la jubilación un papel de colaboración constante con la unidad desde una posición de consejero y experto. 

Solo había que ver cómo le trataban todos sus colegas en Dublín hace un par de semanas para entender que su papel dentro de la lucha contra la ELA en España no lo puede asumir nadie.    (...)"                 (, El Confidencial, 03/06/2015)

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