"(...) un buen número de 'curritos' que apoyarán en las urnas a este partido, haciendo caso omiso a los llamamientos de “alerta antifascista”.
Pero eso ocurre y el último ejemplo, en este sentido, se ha registrado
después de que uno de los reporteros de una publicación digital
progresista haya caído en la cuenta de que en España habitan personas
que se encomendarán a la derecha radical de Santiago Abascal porque consideran que la izquierda les ha maltratado.
Todo esto tiene que ver con un vídeo viral, de apenas un minuto y medio
de duración, donde se observa una conversación entre un periodista y un
hombre que transporta, encorvado, una placa de pladur.
Durante la
entrevista, el trabajador sugiere que la izquierda no ha protegido sus
derechos de la forma en que lo predica -”yo he ganado más dinero cuando
ha gobernado la derecha”- y afirma que su defensa a la mujer no es mayor
que la propuesta por Vox, que pasa por encerrar de por vida a “los asesinos”.
De paso, hace una referencia al chalé de Pablo Iglesias y al discurso que apuesta por prohibir la tauromaquia. “A mí me gustan los toros (…) ellos se comen corderos lechales y no dicen nada”.
El vídeo en cuestión resume a la perfección el porqué se ha producido el auge de Vox. (...)
La premisa es que todo aquel que apoye a "los ultras" está equivocado,
máxime si es un obrero y, por tanto, sufridor de la perfidia del
patrón. (...)
Unas horas después de que trascendiera este reportaje, saltaba a la palestra otro vídeo que estaba protagonizado por un camionero que afirmaba que Vox no es un partido político, sino un movimiento patriótico apoyado por personas que están hartas de los ataques a España y a la gente corriente por parte de los “progremitas”.
El tipo hablaba como un exaltado -proponía tirar a “los progres, uno
por uno” a un pozo- y pecaba de una chulería patética, pero volvía a
dejar entrever algo importante: que Santiago Abascal
ha seducido a una parte de los descontentos con el sistema, y no sólo a
la élite económica que la izquierda siempre ha asociado con la derecha.
El
documento también demostraba que existe una parte de la población que
está cansada de la superioridad moral de esa parte de la izquierda tan
dada a calificar de 'patrioterismo' la defensa de la cultura española.
Bien es cierto que el nacionalismo madrileño de rancio abolengo
no lo pone excesivamente fácil en muchas ocasiones. Pero ese colectivo
no es mayoritario y ni siquiera masivo, como intentan hacer ver aquellos
que son expertos en jugar a la confusión con este tema para atacar al
conjunto de España, cosa que una buena parte de los españoles no
comparte, como es lógico.
Con Vox ha ocurrido algo similar a lo que pasó con Podemos
en el momento en que se convirtió en una de las principales fuerzas
políticas, y es que sus detractores han jugado de forma interesada a
menospreciar a sus votantes. Con la izquierda radical, se apelaba a la
inmadurez del electorado y a su fe ciega en las soluciones fáciles que
proponía Pablo Iglesias para resolver
problemas complejos.
Con esta nueva fuerza, se han hecho mil referencias
a la inconsciencia de quienes apoyarán al 'fascismo' y el paso atrás
que el país dará si se pone en manos de la derecha que concibe España en
pretérito perfecto simple. (...)
Pero ni los que apoyaban a Podemos, en lo más duro de la
crisis económica, eran idiotas (como sugiere algún repugnante digital
amarillista), ni lo son los que respaldarán el domingo a Vox.
Y, por supuesto, quienes llevan la bandera, van a los toros o están en
contra de la filosofía de género del feminismo radical son "fascistas"
ni cómplices de los "fascistas".En realidad, sólo basta con observar los debates de RTVE y Atresmedia para cerciorarse de los motivos que han engordado el partido de Abascal. (...)
En el auge de Vox hay mucho más hartazgo
que nostalgia del franquismo, al contrario que predican sus opositores. Y
quien aspire a frenar su crecimiento debería comprender este factor.
Una buena parte de los votantes no entiende las tensiones territoriales
que considera que le perjudican, ni las desigualdades que genera el
Estado autonómico.
Tampoco ve acertado que a la inmigración ilegal de su
barrio no se le considere un problema o que el feminismo radical de las
'Barbijaputas' trate de criminalizar al hombre por
el hecho de serlo. O que determinadas manifestaciones de la cultura
española sean menospreciadas.
No pretendo a valorar siquiera si tienen
razón en sus reivindicaciones, pero lo cierto es que existen y que los
partidos tradicionales las han minimizado, las han negado; o,
directamente, han optado por menospreciar a quien las plantea o
incluirle en el campo de reeducación donde se confina a lo políticamente incorrecto.
Decía este viernes Pepe Álvarez
(UGT) que la izquierda debería reflexionar sobre las causas que habían
llevado a una parte de los trabajadores a apoyar a la "ultraderecha". Enric Juliana
le respondía: "También hubo muchos obreros que apoyaron al
nacional-fascismo italiano".
Se podía añadir que también hubo periódicos
e intelectuales que hicieron la vista gorda ante quienes portaban
eslóganes como el que decía que 'la España subsidiada vive a costa de la
Cataluña productiva'.
Ni el uno ni el otro hacían
autocrítica: sólo señalaban. En este contexto de constantes acusaciones
veladas, complicidades inaceptables, inacción y reparto del botín del Estado
entre los dirigentes y sus mandarines, lo ilógico sería que no surgiera
Vox.
A partir de ahí, habría que hablar si la reacción es la solución,
máxime si viene acompañada de palabras gruesas y de un discurso que
tiene un preocupante ingrediente de revanchismo. Pero ese es otro tema." (Rubén Arranz, Vox Populi, 26/04/19)
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