"Extremadura vuelve a convertirse en el campo de pruebas del
colonialismo global y ahora, además de fábrica europea de transgénicos y
objetivo del extractivismo minero, los fondos de inversión buscan su
nueva colonización de suelo y mano de obra barata a través de la
industria del cannabis.
En breve empezarán a llegar las argumentaciones de los beneficios
sociales de apostar por la legalización de la marihuana terapéutica que
generará miles de empleos en zonas rurales despobladas.(...)
El debate político centrará sus argumentos en la cosmética moral o
moralizante sobre la necesidad de este producto para muchos enfermos o
incluso su legalización como uso recreativo controlado. Y sonará muy
bien, arropado además por un marketing progresista de izquierdas y por
un imaginario colectivo de mayor libertad en el consumo de drogas.
Sin embargo, nadie estará hablando de una legalización para el
autoconsumo democrático de la marihuana o de la concesión de licencias
individuales a enfermos o consumidores sino de la creación de un nuevo
pelotazo rural. De hecho, el negocio de la producción de opio en España
es un monopolio en manos de la empresa farmacéutica Alcaliber,
controlada por Juan Abelló, el socio de Mario Conde.
¿Recuerdan? Otro
compañero de negocios de Mario Conde, Joaquín Vázquez Alonso, es el
propietario de la finca que compró y frecuenta el propio Felipe González
en las Villuercas. ¿Casualidad que estemos en el punto de mira?
Seguramente. Mientras, Alcaliber es ya la responsable del 27% de la
producción mundial de morfina y en septiembre de 2017 firmó un acuerdo
con la empresa canadiense Canopy que construye una macroplanta de
cannabis en Portugal, no muy lejos de nuestras fronteras, gracias a un
gobierno de izquierdas y a un fondo de inversión británico. Pasen y
vean.
Extremadura es el lugar perfecto, con las conexiones políticas perfectas
para este nuevo colonialismo teñido de verde. Y, de todos modos, si por
alguna circunstancia incontrolada la cosa se pone fea en el debate
político o social, este se trasladará desde el plano autonómico al plano
de lo local presionando a ayuntamientos y pequeñas poblaciones con la
falsa y eterna promesa incumplida del empleo garantizado y el progreso
de la zona.
Un nuevo yacimiento de empleo para Extremadura que creará
miles, cientos de miles de trabajos, gritarán desde las tribunas.
Regresamos al modelo socialista que hace más ricos a los ricos y más
pobres a los pobres.
La industria del cannabis es la nueva apuesta de la economía
financiera global y los fondos buitres de inversión, amparada y
defendida por políticos de todo signo y color en busca de su propio
pelotazo electoral o algunas buenas comisiones por el desarrollo de
leyes que aseguren el negocio. “Es como la Apple del futuro”, en
palabras de Steven Hawkins, presidente de Horizon Etf, un fondo de
inversión especializado.
El propio BBVA, Caixabank o Bankinter ya están
también en el negocio. Por eso no crean que se trata de una estrategia
regional o de la brillante idea de un avezado impulsor de valor añadido o
nuevo emprendedor, aunque en algún momento así quieran presentarla sus
defensores, sino un episodio más de la lógica extractivista global que
pone la maquinaria de saqueo a trabajar siempre en regiones periféricas
con escasa contestación social y buenos contactos.
En Extremadura se dan las condiciones climáticas para su cultivo y
las condiciones sociales y políticas para sus beneficios. La nueva
burbuja financiera de los de siempre para los de siempre. Revestirlo de
desarrollo rural o de progresismo será el enésimo engaño contra la
libertad y la emancipación de un pueblo.
Lo bueno de la propuesta es que
esta será defendida seguramente por la denominada izquierda de gobierno
o incluso por sus socios más radicales; quizás los conservadores se
opongan aparentemente durante un tiempo, lo que ayudará a que la medida
tenga un cierto aire subversivo inesperado y a que eso que llaman
neoliberalismo -la avaricia sin escrúpulos de toda la vida- logre una
nueva victoria. Todo vale para mantener las condiciones de vida de la
beautiful people. Ya lo decía el propio Pablo Iglesias: “Si es con
marihuana, a lo mejor hasta con Felipe González se puede fumar la pipa
de la paz”.
Pero, ¿qué va a traer realmente a Extremadura la creación de estas
macroplantaciones de marihuana? En primer lugar, las y los agricultores
que decidan sumarse a esta industria no tendrán ningún control sobre sus
producciones ni sobre sus precios. Pasarán a ser asalariados dentro de
sus propias tierras. ¿Para qué comprar la tierra si puedo explotarla
bajo mis propias condiciones de explotación y abandonarla cuando ya no
sirva para nada? Mínima inversión, máximo beneficio.
Las licencias de producción de cannabis son propiedad de la empresa
farmacéutica así que la producción y sus precios serán fijados por ella
misma en función de sus propios beneficios y los de sus inversores. Las
condiciones laborales también. Las administraciones clamarán sobre la
gran cantidad de puestos de trabajo y las bondades que reportará en
forma de impuestos e inversiones, pero Alcaliber y sus empresas hermanas
pagarán impuestos en paraísos fiscales como las Islas Caimán o, dicho
de otro modo, no pagarán impuestos.
Pero que nadie se preocupe porque a
cambio los lugareños tendremos las mejores orquestas en las fiestas del
pueblo, algún concierto anual de artista de prestigio, parques nuevos
para nuestros hijos, pabellones de deportes e incluso algún arreglo de
acerado.
El pelotazo es tan grande que a nadie
le molesta tener un detallito con el servicio. Para que se hagan una
idea: solo con la aprobación de una ley que permita la producción legal
de marihuana terapéutica en Extremadura, alguno se hará millonario sin
todavía plantar una semilla. Es lo que tiene la economía de casino
bursátil; y la marihuana ya cotiza en bolsa.
Todo por el módico precio
de la libertad y la soberanía de un pueblo. Probablemente este sea otro
ejemplo más del profundo desarme ideológico frente al capitalismo,
porque después de la mayor estafa reciente del sistema, las hipotecas subprime y
la crisis financiera mundial, de la que todavía ni siquiera hemos
salido, no solo no hemos aprendido nada sino que estamos dispuestos a
lanzarnos de nuevo a la mesa de Black Jack y apostar una vez más a un
juego que viene trucado de base.
Hablar además de los estragos ecológicos de este cultivo cuyas
consecuencias pueden verse ya, por ejemplo, en los campos y montes del
norte de Marruecos, donde ha destruido bosques, agotado la tierra,
llenado los acuíferos de fertilizantes y llevado a la población al
monocultivo y a la dependencia absoluta del mercado especulativo global
de las drogas, es para estos saqueadores internacionales un asunto
irrelevante.
Si mentamos la dictadura de las patentes sobre las semillas
o la destrucción de la soberanía alimentaria de los pueblos, un absurdo
propio de indígenas y campesinos. El dinero lo justifica todo, las
cotizaciones siguen subiendo, la Banca siempre gana… A menos que no
entremos en sus casinos." (Nicolás Paz, El Salto, 15/03/19)
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