"El mundo cannábico se agita ante la inminencia de lo que
parece inevitable. Pese a que probablemente aún sea más deseo que
realidad, los diferentes actores con intereses en el sector ven la regulación cercana y se ubican para estar en la mejor posición posible cuando ocurra.
Por
un lado está la industria, que se mueve ante la (creen) inminente
regulación del cannabis en España como la última gallina de los huevos
de oro y que hablan, al menos de momento, sobre todo de cannabis medicinal
porque saben que es más fácil que se regule. Por otro, los movimientos
sociales que llevan años peleando por montar un sistema de consumo
centrado en el usuario, con los clubes sociales de cannabis (CSC) como eje y la regulación integral como objetivo irrenunciable.
Los lobbies se mueven. Más de 200
empresas de todo el mundo se han reunido este lunes en Madrid en el
congreso de Cannabis Europa para hablar del estado del sector en España y
Europa, de regulación, de los pacientes, para explicar los últimos
avances en investigación científica y para hablar del mercado.
Posibilidades de inversión, opciones de negocio e impedimentos para el
mismo se han discutido durante toda la jornada, con una visión común
entre los inversores: "La oportunidad de negocio en España es tremenda.
España tiene las condiciones, los profesionales y la aceptación social
para hacerlo", resumía un inversor. Si se legaliza. "Cuando se
legalice", corrige otro. El mercado se calcula en unos 58.000 millones
de euros en Europa.
Un tercer grupo entre inversores y movimientos sociales son los pacientes que utilizan el cannabis con fines medicinales
–sobre todo como paliativo del dolor–, que respaldan el activismo civil
pero que tienen como objetivo que la regulación llegue lo más rápido
posible y creen que la regulación integral, siendo deseable, es más improbable por el momento.
(...) el movimiento social en España observa la situación con preocupación.
También ven la regulación más cerca que nunca, pero temen que el tren del negocio les atropelle, que los lobbies
hagan su labor y se acabe aprobando una regulación que beneficie a las
empresas frente a los ciudadanos. "Hay gente que se está aprovechando
del trabajo que algunos llevamos años haciendo", explica Patricia
Amiguet, presidenta de CatFac, la federación catalana de asociaciones de
clubes de cannabis, y portavoz de su homóloga española, ConFac.
Hablando
con trazo grueso: producción industrial versus autocultivo y
asociacionismo. Un sector medicinal (de inicio) impulsado por la
industria con un producto estandarizado y trazable, al estilo
canadiense, o uno, más en línea con el modelo uruguayo, en el que, sin
prejuicio de la industria que se pueda montar, las personas puedan
producir su propia marihuana para consumir y se respeten los clubes
sociales de cannabis, las asociaciones de consumidores que vienen
tirando del sector y proponiendo normativa (logrando que se apruebe a
nivel autonómico, incluso) en los últimos años.
Un mercado inmejorable
Los que ven un negocio en
el cannabis sostienen que el futuro mercado español del cannabis reúne
todas las condiciones que un inversor busca en un sector para ganar
dinero: unas inmejorables condiciones para el cultivo de la planta,
tanto por el clima como por los profesionales altamente cualificados que
tiene, un país en el que el producto –que arrastra su mala fama tras
años de prohibición– está socialmente aceptado y extendido su consumo (un 86% de la población apoya la regulación medicinal y son más los favorables a la integral que los contrarios,
según el CIS, y casi un 10% lo consume con cierta regularidad), y sobre
todo, que es un mercado cuasi virgen. Con las mismas, los empresarios
nacionales lo ven como una oportunidad para el país. (...)
"Hay un gran potencial de mercado; el proceso de
legalización en Canadá muestra que hay un gran interés de los
consumidores, y el mercado europeo es mucho más grande", observa.
"El
gran reto es que la industria parezca seria", explica Cristina Romero,
abogada del bufete Loyra especializada en asesorar a compañías que
quieren entrar en el sector. Pero hay mucho interés de empresas
extranjeras, añade, principalmente de firmas canadienses,
estadounidenses y británicas. "El modelo a seguir es el portugués",
señala, poniendo el foco en un hecho que también se comentará durante la
jornada: el país vecino le está cogiendo la delantera a España con el
mercado de cannabis. Esta impresión la confirmaban un grupo de
empresarios cordobeses por la mañana. "Vamos a empezar en Portugal. En
España la agencia (como se conoce a la Agencia de Medicamentos y
Productos Sanitarios, responsable del cannabis) es un poco oscura",
explicaban en relación a la dificultad de conseguir una licencia en España para cultivar marihuana por la opacidad con que el Gobierno las entrega.
Politizar versus despolitizar
Los responsables de
la mayoría de las empresas creen que la regulación debe ir paso a paso.
Primero la regulación medicinal, más amable para los políticos y con
más respaldo social, más tarde la integral. Y que es más que necesario
desideologizar la cuestión cannábica, bastante contaminada ya por su
pasado-presente de prohibicionismo. (...)
Los activistas rechazan esta visión. "Hay dos maneras de hacer esto",
expone Amiguet. "Si lo politizamos se creará un debate social que
incidirá en esa regulación. Pero si lo despolitizamos y lo convertimos
en un proceso técnico-farmacéutico se hará lo que la industria quiera. Y
no llevamos casi 20 años trabajando para que que al final lo que haya
sea un producto que te vende una farmacéutica en el que no todo el mundo
encuentre respuesta a sus necesidades", argumenta. (...)
El espíritu de los lobbies lo
resumió Luis de Palacio, de la Federación Española de Farmacéuticos
(FEFE): "Para las farmacéuticas el desarrollo del cannabis medicinal es
otra línea terapéutica, y nuestro interés es que se regule en la misma
línea que otros medicamentos". Esto es: trazabilidad y estabilidad del
producto –una cuestión muy demandada por las personas que lo consumen
con fines medicinales y difícil de obtener con el cannabis– pero también
control sobre su producción.
Amiguet, de ConFac,
explica que los activistas tampoco está en contra del negocio: "No nos
oponemos a las tiendas, lo que queremos es poder cultivar, participar en
una asociación, crear un proyecto y crecer juntos. La sociedad tiene un montón de propuestas [algunas presentadas en el Parlamento], solo hace falta voluntad política. Si existe, saldrá adelante". (Daniel Sánchez, eldiario.es. 10/11/20)
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