"(...) Boris Johnson y los conservadores británicos han dado una vuelta de
tuerca y se han colocado en unas arcaicas proposiciones reaccionarias
que ejercen un atractivo entre las antaño clases dominantes o
subsidiarias, esas clases medias que sueñan con una añorada estabilidad
que ya no tiene donde asentarse. Esto sí que es de temer y no las
cabalgadas de los fantoches de Abascal. (...)
Que la derecha británica haya transitado del conservadurismo a la reacción
parece congelar los análisis que se basan más en el deterioro de las
clases medias, el temor a la emigración, el sentimiento de ser dirigidos
desde Bruselas y no desde la City, la tradición cultural apabullante
que sin embargo consiente que un mentiroso, falsario y manipulador, un
pirata salido de las excrecencias de una clase históricamente criminal,
esté dando lecciones de identidad imperial. Y que la mayoría le siga
fielmente.
Destrozada la izquierda en Gran Bretaña desde hace tantos años que la memoria de Tony Blair apenas si da para un comentario, estamos en las manos de un filibustero y eso atenaza los análisis. (...)
No hay sociedad inmune a la estupidez. Nosotros que nos enfrascamos en
ella durante siglos sí podemos tener al menos la audacia de proclamar
que el conservadurismo reaccionario que marcan los nuevos tiempos no
viene de los neofascistas, unas tribus con más ambición que talento,
sino de la resurrección de las leyendas identitarias.
Adentrarnos en ellas obliga a revisar creencias muy simples pero muy
asentadas.
Para pasmo de los esquemas de otro tiempo no es la economía
lo que provoca la revuelta de los jubilados y los precarios que otrora
apoyaban opciones progresistas. Si hay algo en lo coinciden todos los
analistas es que la economía británica no irá mejor, sino que sufrirá un
castigo. ¿Entonces qué es? Algo hacia lo que nunca mostramos demasiado
interés desde la tradición enciclopedista o revolucionaria, moderada o
radical: el sentimiento de pertenencia.
¿Qué es la identidad nacional? Si dijéramos que un
carnet del que nos provee el Estado ofenderíamos a millones de
individuos que se sienten españoles, e incluso conforme la definición se
va limitando de volumen, son sobre todo orgullosos catalanes, vascos,
andaluces, gallegos, asturianos e incluso de León, última señal de
identificación. En ocasiones, como asturiano me he preguntado si tal y
como va el territorio convirtiéndose en Parque Natural para especies en
extinción no quedará más que la añoranza de haber sido algo en tiempos
pasados. Pero estamos tocando heridas de pieles sensibles, porque apelar
a los pasados para construir identidades modernas es digno de una secta
religiosa o de un club de ancianos. Reconozco que no tengo ninguna
sensación identitaria de español más que cuando leo los periódicos,
cuando soporto estupideces o cuando debo cruzar pasos fronterizos y me
piden el pasaporte.
Pero, egolatrías aparte, el problema no es individual, es de
sociedad, y más en concreto de esa sensación tan bien alimentada por los
poderes autóctonos de que la patria está por encima de todo, como lo
afirma el lema que preside, o presidía, los cuarteles de la Guardia
Civil. Todo por la patria. La identidad en las
sociedades modernas se ha convertido en un virus con difíciles antídotos
antes de que nos arruine la vida. Por eso es más grave el fenómeno
británico. El país que dio el mayor genio del teatro ahora ovaciona a un
payaso. Una lección que cabe estudiar y cuyas secuelas nos tocarán en
lo más vivo: las libertades y la democracia. Lo contrario de los
referéndums." (Gregorio Morán, Vox populi, 08/02/20)
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