"El encuentro entre el presidente ruso Vladímir Putin y Xi Jinping, dos socios estratégicos, ocurre en uno de los momentos de mayor tensión geopolítica global desde el final de la Guerra Fría. El mundo asiste simultáneamente al deterioro del orden internacional liberal, al ascenso definitivo de China como potencia global, a una nueva escalada militar en Oriente Medio y a una creciente polarización entre Europa y Moscú.
La visita del líder ruso, oficialmente relacionada con importantes aniversarios bilaterales, adquiere todavía más relevancia porque se produce apenas unos días después del viaje de Donald Trump a China. El presidente estadounidense llegó a Pekín intentando, sin éxito, imponer una relación bilateral marcada por las disputas comerciales, las tensiones sobre Taiwán y la guerra abierta de Estados Unidos contra Irán. Y tras la visita de Trump, la de Putin. Xi Jinping ha conseguido colocar a China en el centro de la geopolítica internacional.
La lectura más inmediata del viaje de Putin muestra que Rusia necesita reforzar su alianza con China en medio de un escenario internacional extremadamente complejo. Moscú sigue dependiendo del respaldo económico chino para sostener su economía frente a las sanciones occidentales y para mantener abiertas sus exportaciones energéticas. Exportaciones energéticas a China que han crecido un 40% durante el bloqueo del Estrecho de Ormuz, permitiendo a China capear el temporal. El Kremlin sabe que, sin China, Rusia tendría muchas más dificultades para soportar la presión financiera y tecnológica impuesta por Estados Unidos y la Unión Europea.
En cualquier caso, la relación entre Moscú y Pekín ha evolucionado. Hace apenas unos años se hablaba de una asociación basada en intereses coyunturales. Hoy, en cambio, existe una convergencia estratégica mucho más profunda. China y Rusia comparten una visión común del orden mundial, rechazan la hegemonía estadounidense, cuestionan las instituciones internacionales dominadas por Occidente y promueven un sistema multipolar.
Esa coincidencia se ha fortalecido precisamente por las decisiones adoptadas por Washington durante los últimos años. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en 2025 ha acelerado las tensiones internacionales y aunque Trump ha intentado presentarse como un político dispuesto a negociar con China y Rusia, su política exterior está contribuyendo a aumentar la confrontación global.
Washington, dentro de su guerra económica y tecnológica contra China, también necesita a este país para estabilizar los mercados, garantizar las cadenas de suministro y evitar un choque económico de dimensiones globales. Pero Trump ha llegado la semana pasada a Pekín, a su pesar pero provocadas por él, también con urgencias geopolíticas inmediatas como la guerra contra Irán y la crisis energética derivada del conflicto.
La agresión de Estados Unidos contra Irán ha cambiado radicalmente el equilibrio en Oriente Medio. Desde el inicio de los ataques conjuntos de Washington e Israel contra instalaciones iraníes y el asesinato de sus líderes, el riesgo de una escalada se ha convertido en una amenaza permanente. Irán ha respondido mediante ataques con drones y misiles, además de presionar sobre el estrecho de Ormuz, uno de los puntos estratégicos más importantes para el comercio mundial de petróleo. Y los mercados financieros le han dado la espalda sistemáticamente a Trump. También sus socios europeos.
China observa este conflicto con atención. Pekín depende de la estabilidad energética del Golfo Pérsico y mantiene importantes vínculos económicos con Teherán. Al mismo tiempo, tampoco desea una confrontación directa con Estados Unidos. Por eso, durante la visita de Trump, Xi Jinping ha insistido en la necesidad de evitar una expansión de la guerra y en mantener abiertos los corredores marítimos internacionales.
Queda patente una disputa mucho más profunda. Para China, la guerra de Irán demuestra que Estados Unidos continúa utilizando el poder militar y la agresión como herramientas principales de su política exterior. Pekín, por el contrario, es una nación estabilizadora, defensora del comercio global y partidaria de soluciones negociadas.
En ese contexto, la visita de Putin tiene una dimensión simbólica clave. Rusia quiere mostrar que no está aislada y que mantiene una alianza sólida con la segunda economía del planeta. China, por su parte, busca equilibrar cuidadosamente sus relaciones, necesita evitar un colapso ruso que fortalezca todavía más a Estados Unidos, pero tampoco quiere quedar atrapada en conflictos militares ajenos.
Las continuas expansiones militares de la OTAN hacia las fronteras rusas, el apoyo estratégico y armamentístico a Ucrania, la pretensión de infringirle a Rusia una "derrota estratégica" y el creciente rearme europeo han elevado el riesgo de una confrontación directa de la OTAN contra Rusia a niveles inéditos desde la Guerra Fría. Desde Moscú se interpreta que muchas de sus advertencias y "líneas rojas" han sido ignoradas durante décadas, alimentando una dinámica de presión y respuesta que amenaza con convertirse en una peligrosa profecía autocumplida. En un escenario marcado por la guerra, la desconfianza y la retórica belicista, la posibilidad de que el conflicto ucraniano facilite lanzar a la OTAN una agresión directa contra Rusia (declaraciones del general Christopher Donahue, comandante del Ejército de EE.UU. en Europa y África y de las fuerzas terrestres de la OTAN, en julio, sobre tomar el enclave ruso de Kaliningrado) y termine extendiéndose el conflicto al resto de Europa deja de parecer una hipótesis remota para convertirse en una preocupación cada vez más posible dentro de la nueva situación geopolítica mundial.
Otro de los asuntos más sensibles en las conversaciones entre Xi y Putin es, sin duda, Taiwán. La isla sigue siendo el principal punto de fricción entre China y Estados Unidos. Durante su estancia en Pekín, Trump evitó comprometerse plenamente en relación con nuevas entregas de armamento a Taipéi, una decisión interpretada por los analistas estadounidenses como una concesión táctica hacia China.
Sin embargo, Pekín no confía en Washington. Los dirigentes chinos consideran que Estados Unidos continúa utilizando la cuestión taiwanesa como mecanismo de presión estratégica. Por eso, la aproximación entre China y Rusia también tiene una dimensión militar y de seguridad.
En paralelo a estas tensiones, América Latina vuelve a aparecer inesperadamente en el centro de la actualidad global. Las recientes declaraciones sobre una posible intervención militar en Cuba han elevado la alarma general. Aunque Washington no ha confirmado oficialmente ningún plan de invasión, el endurecimiento del bloqueo estadounidense está generando el trágico colapso de la sociedad cubana.
La visita de Putin a Pekín confirma precisamente ese reordenamiento global. Lo que está en juego es la situación internacional de las próximas décadas. Para Rusia, el acercamiento a China es una necesidad estratégica. Moscú sabe que el aislamiento occidental no desaparecerá pronto y que la única manera de conservar su integridad es profundizando su asociación con Pekín.
Xi Jinping se está configurando cada vez más como el garante del nuevo equilibrio mundial. China dialoga con Washington, mantiene su alianza estratégica con Moscú y preserva las relaciones económicas con Oriente Medio, Europa y América Latina. Mientras tanto, Estados Unidos se hunde en crecientes dificultades para sostener los frentes de conflicto que él mismo ha abierto. China, además de haber emergido como la mayor potencia económica, es también el centro alrededor del cual están girando las grandes decisiones estratégicas del planeta." (Pedro Barragán , Público, 19/05/26)
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