10.6.15

El crecimiento de España de los últimos trimestres se ha apoyado básicamente en un consumo público y en un intento desesperado por reactivar de nuevo otra burbuja inmobiliaria

"(...) La pérdida de poder del actual ejecutivo, ahora local y regional, después nacional, es ya irreversible. Nuestra querida España se encuentra ante el final de un ciclo histórico. (...)

El aumento de la pobreza y la desigualdad, de la precariedad salarial y laboral, se debe revertir –el último informe de la OCDE debería sacar los colores a más de un “patriota”–. La falta de transparencia, los acuerdos entre bambalinas, el saqueo de la cosa pública, debe terminar. Si España como país lo consiguiera, la ineficiencia y los desequilibrios galopantes se desactivarían.

 Por eso, hoy más que nunca, debemos conocer, hasta el último euro, a dónde se ha destinado el brutal incremento de la deuda pública que se ha producido en nuestro país desde 2008 a nuestros días; a qué proyectos se ha adjudicado; a quién ha ido a parar; a qué terceros se ha financiado. Y en su caso, actuar.

Se acabó el juego

Lo peor de todo es que desde un punto de vista económico no hay ni un análisis medianamente riguroso de lo que está sucediendo en nuestra economía, cuya dinámica, digámoslo suavemente, es intolerable. Por razones tácticas, puramente electorales, aprovechando ciertos shocks exógenos, se inició la enésima patada hacia adelante. 

El crecimiento de España de los últimos trimestres se ha apoyado básicamente en un consumo público y en un intento desesperado por reactivar de nuevo otra burbuja inmobiliaria. Se trata de sectores altamente intensivos en mano de obra, pero tremendamente precaria, que lleva además asociada una baja productividad y más desequilibrios.

En vez de repensar que es lo que queríamos para nuestra querida España, las élites decidieron definitivamente saquear y generar más miseria. La banca, las eléctricas y las constructoras lastran la economía española con créditos caros –balances insolventes-, energía a precios desorbitados y unas infraestructuras irracionales.  (...)

Los shocks exógenos que han ayudado a nuestra economía se van a ver más que compensados por una brusca degradación económica global, especialmente en occidente. 

Estados Unidos tuvo un crecimiento negativo en el primer trimestre, tal como ya advertíamos, y según avanza el indicador GDPNowcast de la Reserva Federal de Atlanta el PIB del segundo trimestre oscila, con la información actual, entre el 0,5% y el 1% intertrimestral anualizado. 

Reino Unido ha iniciado su cuenta atrás para entrar en una nueva recesión. Europa, con retardos irá detrás. La sensación de que estamos en los mercados financieros en una fase similar a 2007 se acrecienta entre aquellos estrategas que anticiparon dicho colapso. 

¿Y España?

Ya saben nuestro veredicto. Cuando aumente la aversión al riesgo en los mercados financieros, y se materialice la desaceleración global, en nuestro país se activará, por un lado, una crisis de deuda soberana; por otro, continuará la recesión de balances privados; se avivará una crisis de balanza de pagos. 

Pero el juego se acabó. La ciudadanía ya no puede soportar ninguna carga adicional, ni un esfuerzo suplementario. Deberán ser quienes han generado la actual situación quienes acaben pagando las consecuencias. Las consecuencias políticas ya han empezado a activarse. Pero faltan algunas más.

 Debemos poner fin a todos aquellos oligopolios que encarecen el coste de la energía, el coste del transporte, y el coste financiero que soportan empresas y familias. Pero además los “patriotas de hojalata” –consejos de administración de grandes empresas patrias– deben dejar de recomprar acciones, de aumentar los dividendos, de subirse sus sueldos. Se acabó. 

Tienen que hacer lo que no han hecho: invertir en innovación, mano de obra especializada e implementar los gastos de capital necesarios para sostener el crecimiento a largo plazo. Y la política económica, además de aliviar la deuda de familias y empresas, como condición necesaria, deberá promocionar un cambio radical al actual e ineficiente sistema bancario, y deberá favorecer políticas públicas que fomenten el comportamiento a largo plazo. 

Ha fracasado el mantra de la maximización del valor de la acción. Han fracasado las políticas de oferta. Ha fracasado la política monetaria, solo genera inflaciones de activos. Ha fracasado la política fiscal dedicada a incentivar la financiarización de la economía global. ¡El juego se acabó!"             (Juan Laborda, Vox Populi, 30/05/2015)

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