"(...) La confrontación entre élites y pueblo, casta y resto de los ciudadanos,
ha superado el concepto de "élites extractivas" que hace apenas dos
años pusieron en circulación los economistas Daron Acemoglu y James
Robinson (Por qué fracasan los países).
Para los teóricos de aquélla, toda élite es extractiva. Desde hace
aproximadamente cuatro décadas, desde que la revolución conservadora se
hizo hegemónica en el mundo, se ha ido desarrollando una "rebelión de
las élites", debido a una correlación de fuerzas muy favorable a las
mismas.
Ha habido una secesión de los poderosos, que ya no están interesados en
cumplir el contrato social que fue el pegamento social desde el final de
la II Guerra Mundial. A saber: vosotros, los ciudadanos corrientes (l’uomo qualunque),
tendréis empleo, protección, bienestar y una escala social ascendente; a
cambio, nosotros nos llevamos la tajada más grande de la riqueza. Todos
saldremos ganando, aunque en distinta medida.
Desde la caída del muro
de Berlín y en ausencia de un sistema político alternativo, esas élites
han perdido el miedo y ya no necesitan hacer concesiones. El temor se ha
trasladado al otro bando. La crisis lo muestra: ni trabajo, ni
protección social, ni bienestar, y el único ascensor es el del cadalso
(Louis Malle).
Frente a ello ha emergido "la rebelión contra las
élites", con la aparición de partidos (de izquierdas o de derechas) que
tratan de sustituir el viejo bipartidismo de la posguerra y, sobre todo,
de una nueva teoría que dice que existe una confluencia entre las
élites políticas y económicas, con intereses comunes, que da lugar al establishment, ante la que el resto, sea de derechas o de izquierdas, se ha de confrontar. (...)
La Gran Recesión ha generado, fuera de todo control, una extraordinaria
transferencia de riqueza y de poder desde el mundo del trabajo al del
capital.
Los responsables del colapso han logrado alterar la agenda
política: allí donde había irregularidades financieras y
responsabilidades bancarias, hoy hay deuda pública y fuertes recortes
del Estado de bienestar; en lugar de discutir medidas para superar la
depresión los Gobiernos, de cualquier signo ideológico, han competido en
el recorte de gastos y servicios públicos, y en la devaluación de
salarios.
Mediante un asombroso juego de manos han convencido a parte de
la opinión pública de que la verdadera crisis no son los estragos que
la quiebra de las leyes del libre mercado y del riesgo moral (las
gigantescas ayudas al sistema financiero y a diversos sectores
empresariales) han causado en el empleo y en los niveles de vida, sino
en el incremento de la deuda pública en la que han incurrido los
Gobiernos para pagar dicha quiebra.
Han logrado culpabilizar a los que
viven "por encima de sus posibilidades", cuando entre los capítulos del
balance de lo sucedido se pueden mencionar un poder financiero que tiene
más influencia que el poder político, un modelo social herido de
gravedad, y Estados sin poder tributario, que es el nervio desde el que
actúan los representantes políticos (Cómo hablar de dinero)." (Joaquín Estefanía , El País,
3 JUN 2015)
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