“No puede haber un sistema de admisiones universitarias aparte para los
ricos”, dijo Andrew Lelling, el fiscal estadounidense del distrito de
Massachusetts, cuando anunció los cargos por una extensa confabulación
en la que decenas de padres adinerados están acusados de sobornar para que sus hijos entraran a universidades estadounidenses de élite. “Y agregaré que tampoco habrá un sistema de justicia penal aparte”.
No
me opongo a los cargos, pero, en cuanto a los comentarios de Lelling
acerca de la supuesta vigilancia contra la desigualdad en nuestro país,
solo me queda reír.
Siempre
ha habido un sistema de admisiones universitarias distinto para los
ricos, así como siempre ha habido un sistema de justicia penal distinto
para ellos. (Véase Manafort, Paul).
La
verdadera noticia en la conspiración de sobornos universitarios no es
que los ultrarricos hayan descubierto un atajo para ingresar a las
universidades de élite. Más bien, la verdadera historia en este caso
tiene que ver con los pequeños encantos de los burgueses no tan ricos.
En vez de las perfidias de la gente con cientos o miles de millones de
dólares, los cargos ilustran la ansiedad que aflige a las personas que
están justo por debajo de lo más alto en la jerarquía social.
Si
observamos a los padres acusados sabremos que simplemente son
minititanes de la tecnología, las finanzas, la abogacía y el
entretenimiento, la mayoría perteneciente a una categoría que el
multimillonario Peter Thiel alguna vez describió con adolorida simpatía
como “los millonarios de un solo dígito”.
Mientras
que los multimillonarios están aplastando a la sociedad a gran escala,
los millonarios de un solo dígito se están esforzando para aplastarla
solo un poco. Más allá de lo que dice el ardid de sobornos sobre la
integridad del sistema educativo estadounidense, los cargos cuentan una
historia acerca de la democratización de los sobornos o, lo que
podríamos llamar de manera acertada, su uberización.
Una
de las principales funciones de la economía de los últimos años ha sido
permitir que la gente en los más bajos niveles del uno por ciento viva
como los más ricos, en el nivel del 0,1 por ciento al proporcionar
conductores, cocineros, asistentes personales, empleados de limpieza,
mayordomos, aviones privados y servicios de entrega de comida con tan
solo oprimir un botón a cualquiera que tenga la suerte de tener más
dinero que tiempo.
Ese
tipo de conveniencia de solo oprimir un botón ha llegado al negocio de
los favores especiales. Los multimillonarios compran a los senadores y a
los presidentes, así como alas de museos y cátedras subvencionadas. Los
millonarios de un solo dígito, que buscan imitar a sus colegas más
adinerados, participan en formas de corrupción de menor escala pero no
menos corrosivas, quizá porque se han acostumbrado socialmente a superar
todos los obstáculos a través de una aplicación.
Debido
a que cuando eres rico estás rodeado de un mar de personas que no lo
son, todos los problemas comparten la misma solución: ¿a quién le hago
una transferencia para que me solucione esto? (...)
Como lo dijo Bob Dylan: “El dinero no habla, insulta”.
El exceso de riqueza no solo te permite comprar cosas lujosas. También
puedes adquirir poder e influencia, clase y permanencia. Te ayuda a
comprar la certidumbre corrupta de que todos los problemas de la vida
serían evadidos a través de una puerta lateral especial, y lo hace a
costa no solo de los pobres, sino de todos nosotros, y acaba incluso con
la feble ilusión de la meritocracia, que de alguna manera aún seduce a
la política estadounidense. (...)" (
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