"Si la realidad pierde su densidad humana, el sufrimiento ajeno se convierte en contenido, un producto más en el flujo infinito de las redes sociales. Gaza no fue solo un conflicto; fue la bisagra que dobló para siempre el concepto de compasión global, transformando la dignidad humana en un metraje descargable, su valor medido en likes. Esta desensibilización digital no es un fenómeno accidental, sino el caldo de cultivo necesario para que las atrocidades más sórdidas, cuando ocurren en los salones del poder, sean percibidas como meros giros argumentales de una trama demasiado extravagante para ser cierta.
La tecnología, en esta ecuación, abandona su promesa de progreso para convertirse en el instrumento perfecto de una barbarie limpia, abstracta y, sobre todo, rentable. Es en este mundo disociado donde la historia que estamos a punto de desentrañar deja de ser una conspiración y se revela como el manual de operaciones no escrito de nuestra época, un entramado donde la pederastia, el chantaje institucionalizado y la ingeniería geopolítica se fusionan, utilizando a los servicios de inteligencia no como vigilantes, sino como arquitectos y beneficiarios finales.
Umberto Eco, como recuerda Antonio De Almeida Castro, nos advirtió, el fascismo del siglo XXI no vendrá con botas y discursos grandilocuentes. Vendrá disfrazado de libertad. Y quizás, también, como una película de serie B cuyo guion, inverosímil y sórdido, estamos obligados a creer porque sus actores son demasiado poderosos para ser ficticios. Imagine el reparto: un sheriff estadounidense acorralado por acusaciones de pederastia, un financiero muerto cuyos archivos siguen hablando, y una nación, Irán, en la mira de una guerra que muchos temen pero que a unos pocos podría salvarles el pellejo. Es el thriller geopolítico de bajo presupuesto que define nuestro presente
El núcleo de este universo paralelo lo constituyen, irrevocablemente, los Archivos Epstein. La segunda liberación de documentos, aquella de finales de 2025 y enero de 2026, no fue una mera filtración, fue un evento tectónico que arrojó tres millones de páginas, 2.000 videos y 180.000 fotografías a la conciencia pública. Pero su poder, hay que entenderlo con claridad, no radica en el volumen, sino en la asimetría. Lo que hemos visto – los correos electrónicos crudos, las agendas, los vuelos – es la carnada, la narrativa permitida. El verdadero poder, la esencia del chantaje puro, permanece bajo custodia en las bóvedas del Departamento de Justicia de los Estados Unidos.
Los vídeos, la pornografía explícita, el registro visual del abuso físico. Esta es la mecánica del control en el siglo XXI. Se libera información textual, para «quemar» objetivos políticos, pero se retiene la evidencia multimedia incontrovertible, la que no admite interpretación ni giros mediático. Quien posee esos videos, y los analistas con mayor credibilidad, apuntan a que son «sectores de inteligencia con una agenda transadministrativa», no posee meramente un secreto, posee un interruptor de obediencia perpetua. Puede, con una filtración calculada, decapitar una carrera, derrocar a un primer ministro o inclinar la balanza en una votación crítica en el Congreso. Los archivos no son un registro del pasado; son un arma cargada y activa, que apunta al futuro.
Donald Trump se erige como el personaje trágico y a la vez emblemático de esta dinámica. El cazador convertido en presa. El hombre que, durante su ascenso y presidencia, instrumentalizó el espectro de Epstein y Clinton como un arma retórica, se encuentra ahora encadenado a las mismas páginas que una vez agitó. Los correos de 2019, confirmado por los últimos documentos, son inequívocos. Epstein, en su jerga cifrada pero elocuente, afirmaba que Trump «sabía de las chicas». La metáfora que emplea es la de un «perro que no ha ladrado».
Es aquí donde el guion da su giro más peligroso y lógico, transitando de los dormitorios privados a los campos de batalla globales. La teoría de la «cortina de humo» – crear una guerra para distraer la atención doméstica – deja de ser una metáfora cinematográfica para convertirse en un manual de supervivencia política de alto riesgo. Un conflicto con Irán representa, en este cálculo cínico, el cortafuegos definitivo. Un bombardeo, justificado bajo la bandera de una «emergencia nuclear existencial», tiene el poder alquímico de transmutar un escándalo de pederastia y espionaje en un asunto de «seguridad nacional».
La prensa se alinea, la oposición se acalla, el ciclo de noticias se monopoliza. Para Trump, sería la salvación: enterrar las revelaciones de Epstein bajo el manto sagrado del patriotismo en tiempos de guerra. Para Benjamin Netanyahu, otro líder atenazado por procesos judiciales masivos y una protesta social feroz, un conflicto abierto con la República Islámica es el elixir que lo transforma de acusado en un imprescindible «líder de guerra». La crisis, así, se convierte en la oportunidad perfecta para dos figuras cuyas fortunas políticas parecían en declive terminal. La lógica es perversa, pero impecable, cuando tu casa arde por un escándalo de corrupción, prendes fuego al continente entero para que todos miren hacia otro lado. (...)"
(Alejandro Marcó del Pont, blog, 04/02/26)
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