30.5.26

A un paso del abismo... El riesgo de un conflicto total entre la OTAN y Rusia es mayor que nunca... No es exagerado afirmar que estamos a un solo incidente de que la situación se agrave hasta convertirse en una guerra directa entre la OTAN y Rusia... los ataques con drones y misiles ucranianos sobre territorio ruso, incluida Moscú, representan un importante paso en la escalada del conflicto... en realidad, EE. UU. ha estado estableciendo las prioridades de los objetivos para el ejército ucraniano, lo que significa que, en la práctica, EE. UU. está eligiendo qué atacar... Una fuente describió la fuerza de drones de Ucrania como el «instrumento» que Estados Unidos está utilizando para lograr el objetivo de socavar la economía rusa y empujar a Putin hacia un acuerdo... las operaciones de ataque en profundidad de Ucrania contra Rusia son, en la práctica, una operación de EE. UU. y la OTAN con los colores de Ucrania. Pero la OTAN no solo proporciona la inteligencia y el apoyo satelital para estos ataques. Cada vez más, también está proporcionando los propios drones... Zelensky anunció planes para abrir diez empresas conjuntas de producción de drones en Europa en 2026... el Gobierno alemán firmó una asociación estratégica con el sector de la defensa de un país en guerra. El acuerdo allana el camino para la coproducción de sistemas de armas, drones con un alcance de hasta 1.500 km y misiles de largo alcance, junto con Kiev... Esto significa que las naciones europeas —en primer lugar Alemania— se están involucrando cada vez más directamente en el conflicto. Esto aumenta considerablemente el riesgo de ataques de represalia rusos sobre territorio europeo... y las tensiones en el Báltico son más elevadas que nunca... pero lo que hace que la situación actual sea especialmente peligrosa no es solo la escalada militar, sino el colapso total de la imaginación política que podría detenerla... No hay ningún líder europeo serio con la autoridad y la voluntad necesarias para proponer una solución negociada (Thomas Fazi)

"El riesgo de un conflicto total entre la OTAN y Rusia es mayor que nunca —incluso en el punto álgido de la Guerra Fría—, dada la profunda implicación de ambas partes en lo que, en todos los sentidos operativos, es una confrontación militar cada vez más directa, aunque se mantenga formalmente la ficción de la no beligerancia. A diferencia de lo que ocurría durante la Guerra Fría, cuando las superpotencias mantenían protocolos elaborados diseñados para evitar la confrontación directa, hoy en día las líneas son tan difusas que rozan la invisibilidad. Una guerra que se suponía que debía quedar contenida dentro de las fronteras de Ucrania se ha transformado progresivamente en algo mucho más peligroso: un conflicto por poder en el que el papel de la OTAN se ha vuelto tan central desde el punto de vista operativo que la distinción entre representante y mandante se ha desmoronado en gran medida, y en el que cada semana aporta nuevas pruebas de que la lógica de la escalada va muy por delante de cualquier capacidad política para controlarla.

Los acontecimientos de las últimas semanas lo han dejado inequívocamente claro.

La semana pasada, un dron ucraniano en el Donbás atacó una universidad en el Donbás, matando a 21 personas, la mayoría de ellas estudiantes.

Esto representa una escalada muy grave en la intensificación de la ofensiva con drones de Ucrania contra Rusia en los últimos meses, incluyendo un número creciente de ataques de gran alcance llevados a cabo en territorio ruso. Hace apenas unas semanas, al menos tres personas murieron y varias más resultaron heridas en un ataque a gran escala con drones ucranianos contra la región de Moscú.

Mientras tanto, según Reuters, en marzo los ataques con drones ucranianos contra las tres principales terminales de exportación de Rusia en sus costas occidentales —Novorossiysk en el mar Negro, y Primorsk y Ust-Luga en el Báltico— habían inutilizado alrededor del 40 % de la capacidad de exportación de petróleo de Rusia. Según una estimación del New York Times, a principios de abril los ataques ucranianos también habían dañado o destruido alrededor del 20 % de la capacidad de refinería de petróleo de Rusia. Este mismo mes, los drones ucranianos han atacado dos docenas de refinerías de petróleo rusas, según el Ministerio de Defensa de Ucrania.

Algunos de los objetivos más recientes se encontraban a una distancia de entre 1 500 y 1 700 km de la frontera ucraniana, lo que indica una mejora significativa en las capacidades de los drones de largo alcance de Ucrania.

Como señaló John Mearsheimer en una reciente entrevista con Glenn Diesen, los ataques con drones y misiles ucranianos sobre territorio ruso, incluida Moscú, representan un importante paso en la escalada del conflicto. Aunque no le impresiona su efecto militar inmediato, la trayectoria le preocupa profundamente:

La cantidad de daño que pueden causar esos drones no es tan grande… desde luego no va a afectar al resultado de la guerra de ninguna manera significativa. Eso no va a suceder. Pero creo que el gran peligro de cara al futuro es que los ucranianos, en colaboración con los europeos que siguen decididos a derrotar a Rusia, aumenten el número y el tipo de ataques contra Rusia.

Rusia ya ha respondido al ataque con drones contra la universidad de Donbás con un asalto masivo contra Kiev, uno de los mayores desde el inicio de la guerra, que incluyó el uso de misiles Oreshnik con capacidad nuclear.

Y ya ha amenazado con lanzar una nueva oleada de «ataques sistemáticos» contra la capital. Los nuevos ataques tendrán como objetivo «centros de toma de decisiones y puestos de mando», junto con las instalaciones de fabricación de drones de la ciudad, según ha declarado el Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia en un comunicado. Moscú ha pedido a los ciudadanos extranjeros y a los diplomáticos que abandonen Kiev «lo antes posible» y ha advertido a los ciudadanos que se mantengan alejados de los edificios administrativos y militares.

Hasta ahora, Moscú se ha abstenido de atacar los cuarteles generales ucranianos, un hecho bastante notable dado que las fuerzas armadas ucranianas han atacado repetidamente los cuarteles generales rusos, como señaló Anatol Lieven. El martes, el Estado Mayor ucraniano afirmó que había destruido un importante centro de mando y control ruso en Lugansk con misiles de crucero británicos Storm Shadow. El uso eficaz de estos misiles —que Ucrania lleva lanzando durante los últimos dos años— requiere datos de selección de objetivos de EE. UU.

A pesar de ello, Moscú no ha atacado los cuarteles generales ucranianos en Kiev precisamente por la probabilidad de que murieran soldados y oficiales de inteligencia estadounidenses y de la OTAN, lo que supondría el riesgo de una escalada drástica en la respuesta de Occidente. Desde que Donald Trump regresó a la presidencia y reabrió las negociaciones diplomáticas, el Gobierno ruso también se ha visto frenado por el deseo de no enfurecerlo ni debilitarlo. Sin embargo, la semana pasada el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, declaró que las conversaciones de paz se encuentran estancadas y que «en este momento no se están llevando a cabo tales conversaciones».

Esto apunta no solo a una peligrosa escalada de la guerra, sino también a su posible expansión más allá de las fronteras de Ucrania.

Al fin y al cabo, aunque estos ataques los lleva a cabo formalmente Ucrania, la realidad es que Ucrania nunca podría llevar a cabo estos ataques con drones en territorio ruso sin el apoyo de inteligencia y satélites de la OTAN —y de EE. UU. en concreto—. A pesar de las propuestas de paz de Trump, su administración ha seguido proporcionando a Ucrania inteligencia para llevar a cabo ataques con drones de largo alcance contra la infraestructura energética rusa, según múltiples funcionarios estadounidenses y ucranianos. La información de inteligencia ayuda a Ucrania a «diseñar la planificación de rutas, la altitud, la sincronización y las decisiones de misión, lo que permite a los drones de ataque de largo alcance y de un solo uso de Ucrania eludir las defensas aéreas rusas». Una fuente describió la fuerza de drones de Ucrania como el «instrumento» que Estados Unidos está utilizando para lograr el objetivo de socavar la economía rusa y empujar a Putin hacia un acuerdo. La CIA también ha participado en el desarrollo del programa de drones de Ucrania.

El grado de implicación de EE. UU. va más allá del mero intercambio de inteligencia. Mientras que un funcionario estadounidense afirmó que Ucrania selecciona el objetivo y EE. UU. proporciona información sobre sus vulnerabilidades, otros funcionarios señalaron que, en realidad, EE. UU. ha estado estableciendo las prioridades de los objetivos para el ejército ucraniano, lo que significa que, en la práctica, EE. UU. está eligiendo qué atacar.

Estados Unidos también proporciona apoyo satelital —tanto en forma de guía GPS en tiempo real (especialmente sobre el territorio ucraniano y el territorio ucraniano anexionado por Rusia a través de Starlink, de Elon Musk) como mediante el suministro de datos geoespaciales que permiten a los drones operar sin una señal GPS en tiempo real, como en zonas donde la señal está bloqueada—: mapas del terreno precargados, datos de rutas, coordenadas de objetivos y perfiles de evasión de la defensa aérea, todo lo cual depende del reconocimiento y la inteligencia por satélite estadounidenses.

Esto significa que las operaciones de ataque en profundidad de Ucrania contra Rusia son, en la práctica, una operación de EE. UU. y la OTAN con los colores de Ucrania. Pero la OTAN no solo proporciona la inteligencia y el apoyo satelital para estos ataques —y, por supuesto, el dinero para los drones—. Cada vez más, también está proporcionando los propios drones.

Aunque la inmensa mayoría de los drones utilizados por las fuerzas ucranianas se fabrican dentro de la propia Ucrania, un avance más reciente y estratégicamente significativo es la expansión deliberada de la fabricación de drones a países europeos, en parte para reducir la vulnerabilidad ante los ataques rusos contra las instalaciones ucranianas. Zelensky anunció planes para abrir diez empresas conjuntas de producción de drones en Europa en 2026.

El país en el centro de esta evolución es Alemania. El Gobierno de Merz está profundizando su cooperación militar con Kiev, convirtiéndose cada vez más en un cobeligerante en el conflicto con Rusia. Ante la retirada estadounidense, Alemania ha sido durante mucho tiempo el principal patrocinador financiero de Ucrania. Pero a mediados de abril, por primera vez, el Gobierno alemán firmó una asociación estratégica con el sector de la defensa de un país en guerra. El acuerdo allana el camino para la coproducción de sistemas de armas, drones con un alcance de hasta 1.500 km y misiles de largo alcance, junto con Kiev. Uno de los ejemplos más visibles es Quantum Frontline Industries en Alemania —una empresa conjunta entre Quantum Systems y la ucraniana Frontline Robotics— donde el primer dron salió de la línea de producción menos de dos meses después de que se anunciara la asociación.

De un plumazo, el Gobierno alemán ha barrido todo el debate interno de los últimos años sobre el suministro de armas alemanas a Ucrania para ataques contra objetivos dentro del territorio ruso. Como ha escrito la exdiputada alemana Sevim Dagdelen, con la integración de las industrias de defensa de Berlín y Kiev estamos asistiendo al surgimiento de un complejo militar-industrial germano-ucraniano bajo la hegemonía de Berlín. De hecho, es probable que se hayan utilizado drones de largo alcance de fabricación alemana en los recientes ataques contra Moscú y la región de Moscú.

Otros países europeos también están involucrados. Desde finales de 2024, el grupo finlandés Summa Defence ha creado varias empresas conjuntas con firmas ucranianas para producir drones en Finlandia. La empresa británica Prevail Partners y la ucraniana Skyeton unieron fuerzas en julio de 2025 para producir el dron de vigilancia Raybird en el Reino Unido. Skyeton también ha abierto una línea de producción del Raybird en Eslovaquia y está negociando nuevas colaboraciones europeas, mientras que consorcios ucranianos de drones están construyendo plantas de montaje y de componentes en Finlandia y Dinamarca.

Esto significa que las naciones europeas —en primer lugar Alemania— se están involucrando cada vez más directamente en el conflicto. Esto aumenta considerablemente el riesgo de ataques de represalia rusos sobre territorio europeo. De hecho, a mediados de abril, el Ministerio de Defensa ruso publicó los nombres y direcciones de empresas europeas —entre ellas varias italianas— implicadas en la producción de drones ucranianos, afirmando que «la opinión pública europea debe comprender claramente las verdaderas razones de las amenazas a su seguridad y conocer las direcciones y ubicaciones de las empresas “ucranianas” y “conjuntas” que producen UAV y componentes para Ucrania en el territorio de sus países».

Para empeorar las cosas, cada vez hay más pruebas de que los drones ucranianos están atravesando el espacio aéreo de los países bálticos de la OTAN para atacar objetivos rusos —como los drones que alcanzaron las terminales petroleras rusas de Primorsk y Ust-Luga en el mar Báltico—. Este mismo mes, los drones ucranianos han desencadenado repetidas alertas de espacio aéreo sobre Estonia, Letonia y Lituania, lo que ha provocado el despegue de aviones de combate de la OTAN en múltiples ocasiones, y al menos un dron ucraniano fue derribado por un avión de la OTAN sobre Estonia el 19 de mayo. Apenas unos días antes, otro dron ucraniano atacó una instalación de almacenamiento de petróleo vacía en Letonia. Las repercusiones políticas han sido significativas, provocando la caída del Gobierno letón por su gestión de la crisis.

Rusia ha acusado a los Estados bálticos y a la OTAN de permitir activamente que los drones ucranianos utilicen su espacio aéreo para lanzar ataques contra Rusia, calificándolo de agresión de la OTAN. El asesor presidencial Nikolái Patrushev subrayó que esto constituye una participación directa de los países de la OTAN en ataques contra territorio ruso. Por su parte, Ucrania y los países bálticos han rechazado las acusaciones de connivencia deliberada, acusando a Rusia de utilizar guerra electrónica y interferencias para desviar los drones ucranianos hacia el espacio aéreo báltico —aunque esto no explica por qué Rusia se ha mostrado incapaz de impedir los ataques con drones contra objetivos sensibles y civiles, incluso en Moscú. La presidenta de la Comisión Europea, von der Leyen, llegó a afirmar que «Rusia y Bielorrusia tienen una responsabilidad directa» en las incursiones de drones ucranianos.

Lo que está claro es que las tensiones en el Báltico son más elevadas que nunca. El riesgo de que estalle allí un conflicto entre la OTAN y Moscú se ve agravado aún más por el reciente anuncio de la creación de una fuerza naval conjunta, denominada Iniciativa de las Armas Navales del Norte, integrada por el Reino Unido, Noruega, Suecia, Dinamarca, Finlandia, Islandia, Estonia, Letonia, Lituania y los Países Bajos. Esta fuerza parece tener el objetivo explícito de contener a Rusia entre el Ártico y el Báltico, potencialmente obstaculizando el tráfico comercial de Moscú —y, en particular, su denominada «flota en la sombra». Provocaciones como el abordaje de buques rusos, o incluso un bloqueo naval, constituirían un casus belli evidente. A esto hay que añadir la militarización de Finlandia, que se ha incorporado recientemente a la OTAN, y las operaciones de espionaje y vigilancia aérea que se llevan a cabo desde su territorio contra Moscú —factores que están transformando al país escandinavo en una nueva amenaza estratégica a los ojos de Rusia.

No es exagerado afirmar que estamos a un solo incidente —real o provocado— de que la situación se agrave rápidamente hasta convertirse en una guerra directa entre la OTAN y Rusia. Esto resulta especialmente preocupante dado que las provocaciones occidentales están envalentonando a los partidarios de la línea dura en Moscú.

Entre los enfoques más radicales, destaca el de Sergey Karaganov, un veterano politólogo, antiguo asesor tanto de Gorbachov como de Yeltsin, y actualmente uno de los asesores de Putin. Desde el inicio del conflicto, Karaganov ha defendido el posible uso de armas nucleares en Europa. Su argumento es que las élites europeas están totalmente desacreditadas y carecen de la legitimidad necesaria para permanecer en el poder. Pero, sobre todo, son incapaces de alcanzar un compromiso con Rusia. Deben ser detenidas por la fuerza de las armas para evitar que el conflicto se extienda por Europa —ante todo, atacando objetivos militares estratégicos y altamente simbólicos en territorio europeo con armas convencionales.

Según Karaganov, si esto no fuera suficiente para «persuadir» a las élites europeas de que lleguen a un acuerdo con Rusia, sería necesario recurrir a un ataque nuclear «demostrativo», o incluso a uno destinado a eliminar a las propias élites europeas. Tales ideas, en gran medida marginales al inicio del conflicto, están ganando terreno progresivamente tanto en los círculos militares como en los políticos rusos. Paralelamente, aumenta la presión sobre Putin para que cambie de estrategia.

Mearsheimer se toma en serio el argumento esgrimido por Karaganov —que Rusia debería atacar objetivos europeos con armas convencionales, escalando a armas nucleares si fuera necesario— y señala que lo que antes era una opinión minoritaria ha ganado una amplia aceptación dentro de Rusia:

Él sostiene ahora —y le creo porque es una persona honesta— que la abrumadora mayoría de las personas con las que habla están de acuerdo con él. Los rusos, en cierto sentido, están hartos.

En cuanto a la dimensión nuclear, Mearsheimer explica por qué la mera perspectiva del uso nuclear confiere a la estrategia de Karaganov su lógica coercitiva:

Una vez que se empieza a subir la escalera de la escalada, todo el mundo entiende que en algún punto de ahí arriba… en algún lugar de esa escalera se encuentra el uso nuclear. En uno de los peldaños está el uso de armas nucleares… la mera amenaza de las armas nucleares tendrá un enorme valor disuasorio.

También hace una llamativa comparación histórica respecto a las violaciones de las líneas rojas occidentales:

Es verdaderamente asombroso que Estados Unidos y Gran Bretaña ayudaran a Ucrania cuando invadió el territorio ruso en el verano de 2024. Se trata de la ofensiva de Kursk… la idea de que ayudáramos a un aliado a invadir la Unión Soviética, eso nunca sucedería… o que ayudáramos a un aliado a atacar uno de los pilares de la tríada nuclear estratégica. Esto es simplemente impensable. Era sencillamente demasiado peligroso.

Su conclusión sobre el dilema estratégico ruso es la siguiente:

"Si se pone en el lugar de Rusia… tendrá que plantarse, como solía decir mi madre. Y tendrá que enviar una señal muy clara de que esto es sencillamente inaceptable."

El riesgo de guerra no es una abstracción lejana: es peligrosamente real e inminente. Los mecanismos de escalada que nos han llevado hasta este punto se comprenden bien: cada paso que se da en la escalera, dado con la confianza de que la otra parte dará marcha atrás, hace que el siguiente paso sea más probable y que el margen para la desescalada sea más estrecho. Los líderes occidentales se han convencido a sí mismos, mediante una combinación de ilusiones y de inercia institucional, de que Rusia seguirá absorbiendo las provocaciones sin responder de la misma manera. Pero cada semana que pasa sin una salida diplomática nos acerca al momento en que esa suposición se pondrá a prueba hasta su destrucción.

Lo que hace que la situación actual sea especialmente peligrosa no es solo la escalada militar, sino el colapso total de la imaginación política que podría detenerla. No hay realistas de la Guerra Fría, ni canales extraoficiales, ni ningún líder europeo serio con la autoridad y la voluntad necesarias para proponer una solución negociada. Solo existe el impulso de la maquinaria bélica, ahora repartida por una docena de países y miles de empresas, que producen armas en fábricas finlandesas, empresas conjuntas alemanas y talleres británicos —todas ellas alimentando un conflicto que, a falta de una intervención política urgente, no tiene un final lógico que no sea la catástrofe.

La responsabilidad recae, en última instancia, en los ciudadanos europeos. Nuestros gobiernos no actúan en nuestro nombre ni en nuestro interés. Nos corresponde a nosotros —antes del próximo incidente, del próximo error de cálculo, del próximo dron que cruce el espacio aéreo equivocado— exigirles que den un paso atrás y se alejen del abismo." 

(Thomas Fazi , blog, 28/05/26, traducción Salvador Arnal) 

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