"Bolivia se enfrenta a una peligrosa conjunción de dificultades económicas, fragmentación política y una renovada intervención imperialista. La crisis inmediata se manifiesta en la escasez de combustible, las presiones inflacionistas, la inestabilidad monetaria y la creciente frustración de la población. Las largas colas en las gasolineras se han convertido en símbolo de un sentimiento generalizado de incertidumbre. Las reservas de divisas han disminuido, lo que encarece las importaciones y ejerce presión sobre la capacidad del Gobierno para gestionar la economía.
La oligarquía boliviana ha tratado de aprovechar estas dificultades presentando la crisis como prueba del fracaso del proyecto socialista iniciado bajo el mandato de Evo Morales. Sin embargo, tales argumentos ignoran tanto el contexto internacional como los logros del proceso boliviano durante las últimas dos décadas. La economía de Bolivia, al igual que la de muchos países del Sur Global, se ha visto afectada por la inflación mundial, la volatilidad de los precios de las materias primas y las vulnerabilidades estructurales heredadas de décadas de gobierno neoliberal.
La crisis política en Bolivia ha puesto de manifiesto una vez más la fragilidad de los proyectos progresistas en América Latina cuando se enfrentan a divisiones internas y presiones externas. Lo que está ocurriendo en el país no es meramente una disputa electoral o un conflicto temporal dentro del Movimiento al Socialismo (MAS), actualmente en el poder. Forma parte de una lucha más amplia por el futuro de la izquierda latinoamericana, el control de los recursos estratégicos y el esfuerzo de Estados Unidos y sus aliados por revertir los logros alcanzados durante el ciclo progresista de la región (lo que se denominó la «Marea Rosa»).
Crisis en el seno de la izquierda
En el centro de la crisis política se encuentra el amargo conflicto dentro del propio MAS. La ruptura entre los partidarios del expresidente Luis Arce y los alineados con el expresidente Evo Morales ha debilitado lo que en su día fue el movimiento popular más fuerte y exitoso de América Latina. En lugar de presentar un frente unido contra las fuerzas conservadoras, el movimiento se ha visto consumido por disputas internas sobre el liderazgo, la estrategia y la dirección futura de la revolución. Fue esta ruptura la que llevó a la victoria de la derecha en las elecciones de 2025 y devolvió a la oligarquía al poder.
Para comprender la importancia de esta división, es necesario recordar la historia de la izquierda boliviana. El surgimiento del MAS no fue el producto de un partido político tradicional. Surgió de las luchas de masas contra el neoliberalismo, los movimientos indígenas, las organizaciones campesinas, los sindicatos y la resistencia popular a la privatización del agua, el gas y otros recursos estratégicos. Las grandes victorias de principios del siglo XXI se construyeron sobre esta base social. La Guerra del Agua de Cochabamba de 2000 y las Guerras del Gas de 2003 demostraron el poder de la movilización popular contra las empresas extranjeras y las élites nacionales. Estas luchas acabaron impulsando a Evo Morales, un líder sindical aimara, a la presidencia en 2006.
Durante 14 años, Morales presidió una de las transformaciones más notables de América Latina. La pobreza se redujo drásticamente. Se redujo la pobreza extrema. Los pueblos indígenas obtuvieron representación política y reconocimiento constitucional. Sectores estratégicos de la economía pasaron a estar bajo control público. Los ingresos procedentes de los recursos naturales se destinaron a programas sociales, infraestructuras, educación y sanidad. Bajo el mandato de Morales, Bolivia logró un crecimiento económico sostenido al tiempo que reducía la desigualdad. El país se convirtió en un ejemplo de cómo la intervención estatal y la participación popular podían desafiar la ortodoxia neoliberal impuesta en todo el hemisferio durante las décadas de los 80 y los 90. Estos logros explican por qué Morales sigue siendo una de las figuras políticas más populares de Bolivia. Su popularidad no es meramente una cuestión de carisma personal. Tiene su origen en las mejoras materiales experimentadas por millones de personas de a pie durante sus años en el cargo. Para amplios sectores de la mayoría indígena, Morales simboliza la dignidad, la soberanía y la posibilidad de gobernar en interés de los pobres en lugar de en el del capital extranjero.
Esta popularidad también explica la intensidad de los ataques dirigidos contra él.
La campaña contra Morales no comenzó con las actuales disputas dentro del MAS. Ha sido una constante en la política boliviana desde que desafió por primera vez a la oligarquía del país. El golpe de Estado de 2019, orquestado por Estados Unidos, representó la expresión más dramática de esta hostilidad. Con el pretexto de defender la democracia, las fuerzas conservadoras, sectores del ejército y actores extranjeros intentaron anular los resultados de un proceso político que amenazaba intereses económicos arraigados (como el de Elon Musk, de Tesla, que ansiaba las reservas de litio). El gobierno golpista que le siguió reveló rápidamente su verdadera naturaleza. La represión se intensificó. Se atacaron los símbolos indígenas. Se persiguió a los movimientos sociales. La retórica de la democracia dio paso a la realidad de un régimen autoritario.
El rápido regreso del MAS al poder a través de las elecciones demostró la fortaleza perdurable del movimiento popular. Sin embargo, el golpe dejó profundas cicatrices. Intensificó las tensiones internas, generó desconfianza entre las diferentes facciones y fomentó la creencia entre las fuerzas conservadoras de que la izquierda podría acabar siendo derrotada mediante una combinación de guerra política, desestabilización económica y presión institucional. Fue este golpe el que, seis años después, dio lugar a la victoria de la oligarquía en las urnas —20 años después de que perdieran el poder frente a Morales en 2005.
Hoy en día, los ataques contra Morales persiguen múltiples objetivos. Pretenden neutralizar a la figura más influyente de la izquierda boliviana. Buscan dividir al movimiento popular. También intentan reescribir la historia de las décadas anteriores al presentar un período de avance social sin precedentes como uno de fracaso y corrupción.
La marea airada
Lo que está en juego va mucho más allá de Bolivia. En toda América Latina se está desarrollando un nuevo ciclo de lucha. Los gobiernos progresistas han vuelto al poder en varios países, pero se enfrentan a enormes desafíos. El estancamiento económico, el aumento de las expectativas sociales, la concentración de los medios de comunicación, el activismo judicial y la intervención extranjera han creado un entorno hostil para la política transformadora. Estados Unidos sigue viendo a América Latina a través del prisma de la competencia geopolítica. Aunque el lenguaje de la intervención ha cambiado desde la Guerra Fría, el objetivo subyacente sigue siendo notablemente el mismo: impedir el surgimiento de proyectos políticos y económicos independientes que desafíen la influencia estadounidense.
Esta estrategia no siempre requiere una intervención militar. El imperialismo contemporáneo opera a través de instituciones financieras, sanciones, campañas mediáticas, presión diplomática, redes de inteligencia y apoyo a las élites locales. El objetivo es debilitar a los gobiernos que persiguen estrategias de desarrollo soberanas y fomentar el restablecimiento de las políticas neoliberales.
Bolivia ocupa un lugar especialmente importante en este marco. El país posee algunas de las mayores reservas de litio del mundo, un recurso fundamental para la transición energética global. El control del litio es considerado cada vez más como una cuestión estratégica por las grandes potencias y las corporaciones multinacionales. El esfuerzo por marginar a la izquierda boliviana no puede, por lo tanto, separarse de la lucha por los recursos naturales. Un movimiento progresista fragmentado y debilitado facilitaría que el capital extranjero recuperara influencia sobre sectores estratégicos de la economía. El peligro para la izquierda es que las divisiones internas faciliten la aplicación de esta estrategia. Cuando las fuerzas progresistas se enzarzan en conflictos entre sí, se vuelven menos capaces de hacer frente al poder organizado del capital y el imperialismo.
Bolivia se encuentra, por tanto, en una encrucijada. Un camino conduce a una mayor fragmentación, debilitando las fuerzas sociales que transformaron el país durante las últimas dos décadas. El otro camino requiere madurez política, unidad y un compromiso renovado con las reivindicaciones que originalmente llevaron al poder al movimiento popular. La lección central de la experiencia boliviana sigue siendo válida hoy en día. Las victorias de la izquierda no se lograron solo a través de líderes individuales, sino mediante el poder colectivo de los trabajadores, los campesinos, las comunidades indígenas, las mujeres y los movimientos sociales. Esas mismas fuerzas siguen siendo la única base fiable para defender la democracia, la soberanía y la justicia social.
Que Bolivia pueda superar su crisis actual dependerá de la capacidad de estos sectores populares para reconstruir la unidad ante la creciente presión. El resultado no solo determinará el futuro de Bolivia. Influirá en el equilibrio de fuerzas en toda América Latina en un momento en que la lucha entre soberanía y dominación, democracia y oligarquía sigue siendo tan decisiva como siempre."
(Vijay Prashad, Peoples Democracy, 07/06/26, traducción Salvador López)
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