Desde entonces hasta hoy, el sistema de acceso vivió cambios sucesivos, que cristalizaron en los pases premium. Eran bastante caros, pero permitían acceso rápido a todas las atracciones en cualquier momento del día. Los nuevos sistemas tenían un cliente prioritario, el que pertenecía “al 20 % de los hogares estadounidenses con mayores ingresos”. Al mismo tiempo, quienes pagaban precios que no eran exactamente baratos por el acceso normal, se veían sometidos a esperas cada vez mayores: las colas se hicieron más grandes. Es la “Economía Mickey Mouse”, un ejemplo cristalino de cómo los procesos generales que perjudican al ciudadano promedio se implantan con la excusa de lograr mayor eficiencia.
Se degradan los servicios y bienes estándar al mismo tiempo que se encarecen los servicios y bienes mejorados
Lo cierto es que esa bifurcación atraviesa nuestra sociedad: se produce al mismo tiempo la degradación sistemática de los servicios y bienes estándar y la elevación de precios de los servicios y bienes mejorados. Hay ámbitos muy evidentes: los transportes, la comida o los servicios de las plataformas. Como de costumbre, los cambios aparecen con una promesa ventajosa: los precios bajan y atraen al cliente. Más tarde el mercado se concentra, lo barato deja de ser tan barato y lo caro se vuelve más caro. Con el tiempo, la mínima calidad, esa que antes se ofrecía en los bienes o servicios estándar, solo se puede conseguir con un suplemento. La cuerda se va estirando hasta que la calidad es ínfima en lo estándar y hay que gastar mucho más para obtener algo satisfactorio. Los conciertos (o los acontecimientos deportivos) son otro buen ejemplo: se pagan cantidades muy elevadas por un asiento muy lejano al escenario, y precios desorbitados por las localidades más cercanas.
No es una tendencia imperante en el mundo del ocio, sino una concepción de la economía que opera a nivel general. En Europa, la enseñanza y la sanidad públicas cada vez cuentan con menos inversión, se degradan, y los ciudadanos optan por la privada. Ocurre con las viviendas: los precios suben, de manera que los pisos con pocos metros cuestan mucho dinero, y los que ofrecen espacio y comodidad se vuelven carísimos.
Los centros de las ciudades, en especial los de grandes urbes, se convirtieron en espacios reservados para turistas
Eso genera efectos de exclusión bien conocidos, pero también crea exclusividad. La manera en que son sustituidos los negocios de una zona, al igual que lo hacen sus habitantes, lo subrayan. Los locales comerciales de los lugares céntricos elevaron mucho su precio, lo que expulsó a los negocios tradicionales: solo quienes contaban con mucho capital podían pagar los alquileres, en general marcas prestigiosas y franquicias. Ese movimiento fue a la par de la conversión de los lugares céntricos, en el caso de Madrid (y de otras grandes ciudades) en espacios reservados para turistas. El barrio de Salamanca ha quedado reservado para los ricos de otros países que vienen a Madrid a residir. Los clubes privados han comenzado a proliferar. Hay gente que es expulsada, pero también se crean zonas de exclusividad.
Esa bifurcación aparece en el recorrido formativo y, por supuesto, en la trayectoria laboral. Los títulos que tienen valor real los expiden universidades muy concretas. Hay muchas personas con educación superior que no encuentran cómo hacer valer su grado o su máster en el mercado. Al igual que en otros campos de la sociedad, el recorrido ha llegado al mismo lugar. De una época en la que el acceso a la universidad se democratizó y se sumaron a las aulas los hijos de las clases trabajadoras gracias a un sistema público de precios bajo, se pasó a otra en la que el precio de la educación se ha multiplicado, y en el que los títulos que de verdad aportan recorrido laboral los expiden pocos centros, la mayoría de élite.
Los cambios políticosHay muchos ribetes políticos en esta cuestión, con consecuencias también en las urnas. El electorado de Mamdani y de La France Insoumise se alimenta de jóvenes y personas de mediana edad con titulación universitaria y salarios que están por debajo de lo que esperaban, pero también de lo preciso para mantener una vida estable. Son quienes creyeron que bastaría con comprar una entrada al parque y hacer cola para subirse en la atracción. Están descubriendo que existen los pases exclusivos y que hay gente que puede montarse en las atracciones que desea, mientras ellos tardan horas para acceder a una.
Es uno de los factores que ayudan a que las grandes capitales (Londres, París, Roma o Nueva York) suelan tener alcaldes progresistas. No es el caso de Madrid, aunque sí de Barcelona. Hay factores específicos de la política española que lo pueden explicar. Aun así, Carmena gobernó la capital no hace tanto tiempo, y lo hizo apoyándose en clases socioculturales que ahora se ven en declive, presionadas tanto por los precios de la ciudad como por la falta de expectativas cumplidas. Es una fuerza social que creyó que por su titulación y por estar formada por jóvenes que exhibían nuevas ideas, no sería alcanzada por el declive. Descubrieron tarde que no iban a estar protegidos y ahora muestran su descontento. Sin embargo, quien más apela a ese sector, Más Madrid, no vive momentos especialmente brillantes en las encuestas.
Votan a la izquierda quienes sufren la degradación de lo general y a la derecha quienes han sido apartados por la exclusividad
Parte de la explicación reside en que el voto de esos grupos descontentos también se va a la derecha. El marco interpretativo de la realidad no siempre apunta en la misma dirección y fenómenos similares derivan en lecturas políticas distintas. La izquierda es mejor aceptada por quienes han visto cómo lo general se ha visto degradado, y la derecha por quienes han visto que la exclusividad les ha dejado fuera de sitio. Es uno de los fenómenos más significativos de los últimos años, ya que hijos de las clases con recursos están descubriendo que el lugar al que se dirigían está ocupado. Les esperaba una gran consultora o un despacho jurídico de prestigio, o un cargo directivo en la gran empresa, y lo que han encontrado son largas jornadas laborales con salarios decepcionantes y una posibilidad más estrecha de progresar de lo que esperaban.
Cada uno de estos sectores encuentra sus chivos expiatorios. Los progresistas señalan a los caseros, porque entienden que el precio de los alquileres es el principal problema, y los conservadores señalan a los boomers de pensiones elevadas. El chivo expiatorio contiene una solución reconfortante porque les permite conservar la autoestima (son gente de valía explotada por viejos acomodados) y porque justifica su malestar con quienes, en teoría, están taponando su ascenso. Pero lo cierto es que el trabajo profesional para las clases formadas se está partiendo en dos, y unos se dirigen hacia la estandarización, y por eso sus opciones vitales menguan, y los otros no alcanzan los entornos de exclusividad, con lo que caen en la escala social. Ni unos ni otros tienen para para pagar la fila rápida en el parque de atracciones del éxito laboral, y eso es complicado de encajar. Y ahora llega la IA.
Son asuntos políticamente relevantes. En ese mundo dividido entre las ciudades florecientes y con pujanza y las pequeñas ciudades en declive, el descontento está apareciendo también en las grandes urbes. Y eso es señal de cambios políticos."
( Esteban Hernández , El Confidencial, 05/04/26)
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