"Las posiciones de una gran potencia soberana (en el mundo de hoy
quedan bien pocas) en materia de política económica o relaciones
internacionales, vienen, obviamente, determinadas por los intereses de
las fuerzas vivas a las que sirve su gobierno. Cuando un gobierno quiere
divulgar esas posiciones echa mano de los medios de comunicación.
Cuando quiere crearlas, utiliza a los “expertos”.
Los “expertos”, como los periodistas, suelen comer de la mano del
poder establecido, así que elaboran las posiciones que se espera de
ellos. Para eso existe todo un entramado institucional de fundaciones,
universidades, institutos y medios de comunicación, cuyo principal
vector es esa servidumbre.
Suele ser tan difícil encontrar un “experto”
con puntos de vista propios o independientes, como toparse con un
periodista heterodoxo. Normalmente ni unos ni otros tienen futuro
profesional, ni por supuesto lugar, en las instituciones concernidas.
Debemos al libro de Stephen Walt, The Hell of Good Intentions una rara caracterización de los llamados “laboratorios de ideas” de Estados Unidos, más conocidos por su denominación inglesa, think tanks.
Walt ya fue coautor, junto con el académico conservador John J.
Mearsheimer, de un excelente libro sobre el funcionamiento del poderoso
lobby israelí en su país, The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy. Ahora nos explica el mundo de los “expertos” en política exterior.
Los define como “una casta disfuncional, formada por privilegiados
que en general desdeñan las perspectivas alternativas y están
inmunizados con respecto a las consecuencias de las políticas que han
puesto en práctica”. Un cuerpo disciplinado por las patologías
establecidas que se deducen de los intereses de quienes les pagan y
dirigen.
La mayoría de los laboratorios de ideas están vinculados a intereses
particulares. En Estados Unidos eso viene de muy lejos, con
instituciones de pensamiento vinculadas a los nombres de la
modernización de los hidrocarburos y el acero, como Rockefeller o
Carnegie, pero en los años setenta se produjo una enorme inversión en creadores de opinión
que preparó el terreno ideológico a la involución neoliberal.
Hoy, la
mayoría de los “centros de estudios estratégicos” o “institutos de
estudios económicos” que uno encuentra en el mundo que cuenta, emiten
desde hace décadas la buena nueva neoliberal / belicista / crematística
que ha llegado a formar parte del sentido común del cudadano informado.
Su objetivo no es la investigación de la verdad, o de las verdades,
sino “el marketing político de ideas defendidas por sus patrocinadores”,
explica Walt.
Los norteamericanos inventaron el uso intensivo de la prensa para
propagar las mentiras necesarias para generar el consenso que necesita
una agresión. Ellos fueron los creadores del periodismo moderno y son
sus maestros. Utilizan la crónica internacional, fundamentalmente, para
justificar, encubrir o embellecer las fechorías de su gobierno.
Fueron
ellos lo que estrenaron y rodaron esa relación incestuosa del poder con
los periodistas a base de filtraciones y confidencias interesadas al
cuerpo de periodistas de la corte, dentro de ese marco de empresas
periodísticas estrictamente controladas por el poder empresarial que
pasa por “libertad de prensa” y “cuarto poder”, cuando es precisamente
su perversión.
La actual relación entre medios y poder que hoy vemos por
doquier, fue un invento americano, como las relaciones públicas y el
complejo Hollywood, que, como dice Laurent Dauré, es “la continuación de
la política de Washington por otros medios”.
A su vez, los periodistas apelan a los “expertos” para apoyar el
mensaje buscado cuando se debate sobre aspectos de la política
internacional. El resultado suele ser enormemente uniforme, ya que son
raras las voces que discrepan de los planteamientos establecidos. La
consecuencia de instituciones que tienden a perder de vista la realidad
-porque la sacrifican a la disciplina- suele ser una considerable
ceguera sistémica.
Es así como la “eficacia” del aparato de propaganda
imperial contribuye a la degeneración de un sistema cegado. Lo vimos en
la URSS, pero es universal: aunque el liderazgo de Estados Unidos sea
aplastante, eso ya son cosas que ocurren en diversa medida en casi todas
partes.
Walt explica cómo la mayoría de los expertos están formateados por el
consenso ideológico-militar de Washington y quienes no lo están tienen
pocas probabilidades de hacer carrera. Menciona el destino de los 33
investigadores de relaciones internacionales que en septiembre de 2002
advirtieron contra la guerra de Irak.
“A ninguno de ellos se le ha
propuesto desde entonces un cargo o un puesto de trabajo en la
administración ni en ninguno de los grupos mas prestigiosos dedicados a
la investigación exterior”, dice. Es tan raro ver a un experto que
defienda en una televisión de Estados Unidos la posición de Irán en las
actuales tensiones, como ver en un canal europeo a un crítico de la OTAN
o del nacionalismo exportador de Alemania y su austeridad en la
eurocrisis. No se les paga para eso.
Cada año gobiernos e industrias aportan decenas de millones a las
instituciones encargadas de fabricar el consenso. En Estados Unidos los think tanks
son considerados instituciones “sin ánimo de lucro”, por lo que no
están obligadas a declarar los nombres de sus mecenas ni el monto de sus
ingresos anuales.
A pesar de ello, es notorio que la mayoría de los
laboratorios de ideas reciben donaciones millonarias de empresas del
sector militar, como Lockheed-Martin o Boeing, del propio ejército, del
sector aeroespacial y de países de Oriente Medio, como Arabia Saudí,
Emiratos Árabes Unidos, Omán, Qatar, Israel, u otros como Corea del Sur o
Japón. Aunque esas instituciones defienden intereses nacionales y
específicos de Estados Unidos, financiar think tanks americanos es para esos países una buena inversión para promover sus propios asuntos desde el centro imperial.
La mayor parte de los grandes think tanks de Estados Unidos y
de Europa tienen entre sus asociados a notorios ex mandatarios de sus
parroquias. Gente como Henry Kissinger, Brent Scowcroft, Stephen Hadley,
en Estados Unidos, o compañeros de viaje como el ex ministro de
exteriores sueco Carl Bildt o José María Aznar, figuran como directores y
asesores del Atlantic Council, el think tank vinculado a la
OTAN.
Lo mismo ocurre con los grandes laboratorios de ideas europeos, El
European Council on Foreign Relations o la DGAP alemana. El CIDOB de
Barcelona, tuvo como Presidente al ex ministro de defensa Narcís Serra, y
como Presidente de honor a Javier Solana. No hay que extrañarse de lo
difícil que resulta encontrar allí puntos de vista que contradigan algo
la disciplina del pensamiento establecido en materia de “seguridad
europea” o eurocrisis, por citar dos grandes ámbitos. Es una tendencia
que llega hasta los últimos rincones de este pequeño mundo de
servidumbres y disciplinas intelectuales, en el que, por supuesto, hay
excepciones.
La historia sugiere que el incremento del nivel de educación, de
cultura y de sofisticación técnica en los países más desarrollados, no
nos ha hecho más y mejor informados que nuestros tatarabuelos. Separados
por más de un siglo, la mentira sigue uniendo el derrocamiento de la
última reina de Hawai, Liliuokalani, en 1893, con el de Sadam Hussein,
en 2003. Lo que Snowden reveló, sugiere incluso la posibilidad bien real
de un control orwelliano, antes técnicamente impensable.
Por todo ello, de la misma forma que estamos obligados a aprender a
leer periódicos, es decir a interpretarlos, cuando nos presentan a un
“experto” hay que preguntarse lo más elemental: ¿De dónde sale? ¿Para
quién trabaja y quién paga a su institución?" (Rafael Poch, blog, 30/05/19. Publicado en Ctxt)
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