"(...) En los comicios al Parlamento Europeo, Kyriakos Mitsotakis (líder del partido conservador Nueva Democracia; bisnieto, nieto e hijo de políticos de la saga Mitsotakis)
sacó nueve puntos al joven político que encarnó el sueño griego con el
triunfo de Syriza y del “no” en el referéndum del 5 de julio de 2015.
El
61% de los ciudadanos votó entonces contra la austeridad impuesta por
la Unión Europea (UE). Ante el reciente descalabro, el primer ministro adelantó las elecciones generales al domingo 7 de julio.
Atrás quedan las imágenes de la plaza Syntagma con los líderes del
partido de izquierda radical, rodeados de miles de ciudadanos que les
acompañaban con sus gritos, banderas y esperanzas.
“Lo que ha pasado en estos cuatro años es que los griegos se han
topado con la realidad. La clase media ha sido una de las víctimas de
Tsipras, aunque también hay víctimas ideológicas, decepcionadas”, resume
el arquitecto Voskopoulos, un independiente que el 1 de septiembre será
alcalde con los votos de algún socialdemócrata, liberales e incluso
exvotantes de la izquierda radical. (...)
Al lado de Christos Voskopoulos escucha Manolis Tyrakis, uno de esos
griegos de clase media que hace cuatro años votó a Tsipras y metió la
papeleta en la urna con las dos manos como su madre, Penélope Tyrakis, uno de los muchos pensionistas griegos que levantaron su voz contra la ciega política de austeridad.
Penélope ya se ha ido, pero su hijo sigue peleando. “Creí en Tsipras,
creí en Syriza. Eran algo nuevo frente a las sagas tradicionales de los
políticos griegos. En estos cuatro años aguanté tan solo. Soy
funcionario de un hospital, me rebajaron el sueldo entre un 50% y un 60%
con los recortes. Ganaba unos 1.000 euros y me recortaron a 500; ahora
he recuperado hasta los 750. Tengo otro trabajo, gracias al español que
aprendí a hablar cuando fui emigrante en Argentina, y hago traslados de
turistas para otras empresas. Al inicio de la crisis cobrábamos 14 euros
por hora, ahora 7. Trabajo entre 12 y 13 horas al día. Esto no es vida;
ni para nosotros, ni para nadie”.
Aun así, Manolis se siente un privilegiado porque gracias a las 12 horas
que trabaja y con el sueldo de Marisa, su mujer, pueden pagar la
hipoteca de su casa en Nea Makri y han logrado mantener a Martín, su
único hijo, durante su primer año estudiando en la universidad de
Heraklion, la capital de Creta, su tierra natal. (...)
Es domingo y a las cinco de la tarde se puede aparcar bien en Kypseli,
en la calle Tenedou, un barrio de clase media donde crecen los airbnb y algún spat,
los edificios y casas ocupados por los refugiados, aunque en menor
medida que en los alrededores de la plaza Omonia o Exarchia. Aquí vive Petros Márkaris, el padre de Jaritos, escritor, dramaturgo, guionista del cineasta Theo Angelopoulos.
Hoy es el principal cronista internacional de la crisis griega,
precisamente a través de la vida de Jaritos. Márkaris abre la puerta con
su buena estatura recortada al trasluz, su vozarrón acogedor y sin la
pipa. (...)
¿Dónde se fueron las esperanzas levantadas con Tsipras y su resistencia
por la dignidad? “No eran esperanzas, eran ilusiones. Íbamos a cambiar
Europa cuando estábamos quebrados como país. Pero si no encuentras a
nadie que te ayude, es imposible”, reflexiona Márkaris, convencido de
que al aún primer ministro griego en funciones le pudo el establishment de Bruselas. (...)
“Los jóvenes con sueldos de 300 euros no pueden pagar el alquiler.
Cuando se habla de que baja el desempleo, deben saber que una persona
que ingresa 50 euros al año ya no cuenta como parado”, relata el
escritor, (...)
Márkaris, como el helenista español Pedro Olalla, autor de Grecia en el aire, que vive en Atenas desde los noventa, es un escéptico de las cifras griegas.
“Entramos en los rescates en 2010 con una deuda pública de 300.000
millones de euros y a diciembre del año pasado la deuda era de 350.000
millones, después de un aumento del paro del 190% y un millón de
despidos durante la crisis y los recortes.
La deuda no es viable y, si
los acreedores quieren seguir cobrando, tienen que hacer parecer que se
rebajan las necesidades financieras de Grecia”, reflexiona Olalla desde
una terraza de Petra Leona, uno de los barrios populares de Atenas. Está
convencido de que Tsipras traicionó a los griegos.
Con este panorama, ¿cómo una sociedad en una crisis tan profunda, que
vive del turismo y de su imagen, ha podido soportar la entrada de un
millón de refugiados sin estallar? Según Márkaris, “la isla de Lesbos
es el ejemplo más claro. Sufre y sufrió mucho por los refugiados, y su
turismo —principal fuente de riqueza— ha caído. Pero no hay problemas de
violencia. Lo que los extranjeros no saben es que el problema de los
refugiados atraviesa nuestra historia.
La ola más grande de inmigración
sucedió entre 1920 y 1922, cuando llegaron los griegos de Esmirna, en
Asia Menor. Entraron en un país destruido, lleno de dolor y tristeza,
pero los acogimos. Y esa historia se ha contado de padres a hijos”.
Aquella guerra greco-turca, tras la I Guerra Mundial y la caída del Imperio Otomano, marcó a los griegos como la Guerra Civil a los españoles.
Miles de familias, niños, adolescentes solitarios, mujeres, sobrevivían
aquí, atendidos por la solidaridad griega y las ONG. Lora Pappa,
presidenta de METAdrasi,
la ONG griega fundamental para los niños y adolescentes varados en
Grecia, teme que esa solidaridad se agote: “Abrieron sus puertas en
2015, 2016, 2017…, pero se preguntan si van a seguir así siempre”.
A
Lora le irrita la burocracia, el tiempo que se pierde para legalizar a
un niño porque, por ejemplo, hay una letra confundida en sus documentos.
“Si les apoyamos, nos darán mucho más de lo que les ofrecemos; pero si
los dejamos solos, se volverán en nuestra contra”. Su voz pidiendo ayuda
—dejen actuar “a los que sabemos”— es casi un ruego. (...)
La voz de algunos guías que reciben a los turistas dice: “Bienvenidos a
Grecia, país con 10 millones de habitantes, la mayoría de los cuales
vivimos en el continente y la península del Ática. Aproximadamente 1,3
millones se reparten por las 227 islas habitadas de las 3.000 que
tenemos. El año pasado recibimos 30 millones de turistas, la mayoría de
la UE. En 2015 entró un millón de refugiados. Ustedes los van a ver por
muchos lugares”. (...)
Es sábado por la tarde y familias enteras hacen cola para tomar el
autobús entre Skaramagas y Atenas. Se han puesto sus mejores ropas, han
hecho turnos en las duchas y se han engominado. Son refugiados de
primera, tienen papeles e incluso una tarjeta de crédito de la ONU en la
que cada mes se les ingresan 150 euros por unidad familiar y 50 por
hijo. Los que no tienen familia reciben 90 euros.
Jasmine School es para refugiados de segunda. Está en la calle Acharnon,
detrás de la plaza Omonia y del Mercado Central. Una vieja escuela
abandonada es hoy uno de esos lugares ocupados donde los sin papeles han
tomado las riendas de su vida, olvidados “por el Gobierno griego, por
las autoridades de Europa, por los organismos internacionales. Aquí
estamos unas 50 familias, 250 personas, aunque hemos llegado a ser 500”,
explica uno de ellos. Al fondo, observando a los niños que juegan, hay
tres jóvenes: Hamid (34 años), Behnoud (29) y Said (25). Llegaron hace
siete meses. “Tenemos un cuarto para los tres. Hay dos duchas para más
de 200 personas”.
Enfrente está la tienda donde trabaja Noor Kahn. Vende o presta a los
habitantes de Jasmine. “Soy afgano, llegué aquí hace 17 años huyendo de
la guerra y la invasión de mi país por los rusos y los americanos. Los
griegos me acogieron bien y trabajo aquí desde hace dos años. He
conocido a muchas familias de muchos países”.
De debajo del mostrador
saca un cuaderno azul lleno de nombres y números. Son las deudas de
mucho tiempo. “Aquí el nombre de la familia; esta es siria, esta otra
afgana. Estos me dejaron a deber 90 euros; estos otros, 200. Un día
desaparecen. Si les llamo, no cogen el teléfono; sus amigos me dicen que
ya se han ido a Alemania o al Reino Unido. ¿Quién lo sabe?”. (...)
Froso canta esta noche en Monasterakis, acompañada por Tassos y Lambros
Vasiliu. Hace cuatro años, Froso, nacida en Drapetsona, uno de los
barrios históricos más pobres de El Pireo, era una de las víctimas
brutales de la crisis. Veinteañera, con una voz que parte el alma, lo
que ganaba como cocinera lo gastaba en clases de música y canto. Cuando
podía.
Syriza y Tsipras fueron su esperanza. “En estos cuatro años no
han cambiado mucho las cosas. Tsipras ha mejorado la situación de los
más pobres, pero los medios no lo habéis contado. La clase media ha
pagado el esfuerzo con las subidas de impuestos. Para nosotros, los
artistas, algo ha mejorado.
Ahora los empresarios están obligados a
hacernos un seguro, declarar que trabajamos en su local. Y ganamos un
poco más, no porque paguen mejor, sino porque somos más conocidos y
tenemos más actuaciones”. Es la menos desencantada de todos los
entrevistados. (...)
Llega para escuchar a Froso y sus compañeros. Stella también puso sus
ilusiones en el cambio de Tsipras. “Durante estos años he sobrevivido
porque he doblado mi trabajo. Doy hasta 10 o 12 horas de clase en
conservatorios privados, sin recreos. Y cobro 5 euros la hora frente a
los 10 de antes. Soy una maestra reconocida en Atenas. Lo que me salva
es que amo mi profesión. Estoy enojada, decepcionada. El Gobierno hizo
algo por los pobres, no hizo nada contra los ricos y a la clase media
nos machacó. Si tengo jubilación, será la mínima, 350 euros”. Stella no
va a votar el 7 de julio porque se ve “una huérfana de los partidos”.
Tampoco Lambros Moustakis, la persona sin hogar a la que Yanis Varoufakis,
el exministro de Economía de Tsipras, prometió ante la prensa que no le
fallaría, se ha salvado de la decepción. “En los dos primeros años no
recortaron tanto: el Gobierno incrementó las pensiones bajas y el
subsidio de paro.
Pero luego comenzaron a subir la luz, el agua, los
impuestos. Me quitó los 200 euros que recibía de la UE por vender la
revista de los pobres. Ahora ha estallado el asunto del nombre de Nueva
Macedonia. En vez de hacer un referéndum, Tsipras aprobó una ley de
acuerdo con una minoría del Parlamento. No, no les votaré”. (...)
Atardece en Atenas. Vallado el centro de Omonia por reformas, griegos y refugiados
se dirigen a sus casas o escondites. Los turistas bajan de la
Acrópolis, pasan por Monasterakis hacia las terrazas que ofrecen mejor
vista sobre el Partenón para hacerse un selfi. Es la única imagen
idéntica a la de hace cuatro años." (Ana L. Cañil, El País, 30/06/19)
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