"Durante más de veinte años, los salarios españoles se "desacoplaron" del crecimiento real de la economía, castigando el poder adquisitivo de los hogares. Sin embargo, los datos recientes revelan un cambio de rumbo. El profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense Jorge Uxó expone cómo la remuneración por hora trabajada ha logrado superar, al fin, al avance de la productividad. ¿Bastarán las políticas actuales para mantener este reparto y asegurar una verdadera "prosperidad compartida"?
España está registrando tasas de crecimiento del producto interior bruto (PIB) muy por encima de la zona euro: 2,8% en 2025, o una media del 3,8% en los últimos cuatro años
(2022-2025, para no incluir los años de la pandemia). Y aún es más
relevante que, en un contexto de aumento de la población (1% anual,
asociado a la entrada de personas migrantes), crezca también el PIB per
cápita (2,7% de media en estos cuatro años), se haya elevado 3 puntos la
tasa de empleo y exista una tasa de paro por debajo del 10%
por primera vez en 17 años. Por comparar con las expansiones anteriores
de este siglo, en los años de la burbuja inmobiliaria (2000-2008) el PIB per cápita creció un 1,8% anual y en la recuperación que siguió a la crisis financiera (2014-2019) lo hizo al 2,4% anual.
¿Está mejorando también la productividad? La reciente publicación del primer Informe Anual del Consejo de la Productividad de España (disponible aquí) es una oportunidad para reflexionar sobre ello.
¿Cómo se reparte el crecimiento del PIB per cápita entre empleo y productividad en España?
Es habitual hablar de crecimiento "intensivo" o "extensivo" para referirse a situaciones en las que el crecimiento se materializa principalmente en aumentos de la productividad por hora, en el primer caso, o de las horas trabajadas, en el segundo. En ocasiones se expresa de forma categórica una preferencia por el crecimiento intensivo, considerándolo mejor que el crecimiento extensivo, pero es necesaria una mayor prudencia.
En los últimos cuatro años, el crecimiento económico per cápita en España se ha traducido en un aumento de la productividad por hora del 0,7% anual y en un crecimiento del 2% anual de la ratio entre horas trabajadas y población total. Pues bien: lejos de confrontar ambas cifras, estas son —conjuntamente— las dos primeras buenas noticias.
Por un lado, el crecimiento del empleo (más personas trabajando y mayor intensidad laboral, por la extraordinaria reducción de la temporalidad) es una de las vías más importantes que permite ampliar las personas que se benefician de los frutos del crecimiento del PIB. Sin el aumento del empleo, esas personas quedarían excluidas de esa mejora. En un país caracterizado históricamente por tasas de paro elevadas, su reducción debe seguir siendo un objetivo prioritario de la política económica. La creación de empleo ha permitido que el porcentaje de hogares con personas activas en los que todas estaban desempleadas se haya reducido en 2,6 puntos a finales de 2025 respecto al que había a finales de 2021, y que el porcentaje de hogares en los que todos sus miembros activos tenían un empleo se haya incrementado en 5,6 puntos. El porcentaje de personas que viven en hogares con baja intensidad laboral —un indicador frecuentemente asociado con el riesgo de pobreza— también se ha reducido: desde el 11,7% en 2021 hasta el 8% en 2025. Todas estas cifras también son mejores que en 2019, antes de la pandemia.
Por otro lado, el crecimiento de la productividad por hora registrado en estos años (0,7% anual) es mayor que el observado durante la burbuja inmobiliaria (0,4% anual) o en el periodo anterior a la pandemia (0,5%). Solo fue más alto durante la Gran Recesión (2009-2013, cuando creció un 2%), pero se debió a la masiva destrucción de empleo y se acompañó de una caída del PIB per cápita. Hablando de crecimiento intensivo o extensivo, de hecho, los últimos años son el periodo de crecimiento en que el aumento de la productividad por hora representa el mayor porcentaje de avance del PIB per cápita (26%, frente al 21% en 2014-2019 y 18% en 2000-2008).
El mayor crecimiento de la productividad tiene, indudablemente, efectos positivos. Por ejemplo, permite alcanzar las mismas tasas de crecimiento del PIB per cápita a la vez que se reduce la jornada laboral (por eso es una mala idea usar el PIB por persona ocupada, en vez de por hora trabajada, para medir los avances de la productividad). Y también es necesario para garantizar un ritmo adecuado de crecimiento una vez que la economía se vaya acercando al pleno empleo, especialmente si el peso de la población en edad de trabajar se reduce.
Aunque todavía es necesario que transcurra más tiempo para confirmar que este mejor desempeño de la productividad se consolida, algunos factores que podrían explicarlo no son meramente coyunturales, y están relacionados con los cambios en el mercado de trabajo (creación de empleos indefinidos y reducción de la temporalidad, aumento de las ocupaciones técnicas y del empleo en sectores de alto valor añadido y en empresas de mayor tamaño); con un giro de la inversión hacia un mayor peso de los activos intangibles y relacionados con las tecnologías de la información, y un aumento de la actividad innovadora (por ejemplo, patentes) y, finalmente, con el impulso de la inversión pública asociada a los fondos europeos.
Que la productividad crezca es importante, pero no suficiente para que las familias se beneficien del buen desempeño macroeconómico: además, debe repartirse adecuadamente. Para la mayoría de los hogares, las rentas del trabajo son la fuente principal de sus ingresos. Por tanto, la traducción de los crecimientos de la productividad en crecimientos de los salarios es muy relevante para que podamos hablar, realmente, de una "prosperidad compartida".
Es un hecho conocido que la tendencia más o menos paralela que habían seguido la productividad y los salarios durante buena parte del siglo XX en las economías desarrolladas se quebró a partir de los años ochenta de ese siglo. Aunque en la literatura académica hay debate sobre sus causas, lo cierto es que los salarios se "desacoplaron" desde entonces del crecimiento de la productividad y las rentas del trabajo perdieron peso en la renta nacional. España no ha sido una excepción.
Fijándonos en este siglo, los datos que ofrece AMECO muestran que el peso de las rentas del trabajo en el PIB pasó del 65% en el año 2000 al 59% en 2017, cuando alcanzó su punto más bajo. Es decir: durante estos años, los crecimientos de la productividad solo se tradujeron (muy) parcialmente en mejoras salariales.
La tercera buena noticia (aunque aún insuficiente) es precisamente el cambio que se observa en esta tendencia: en los años 2018 a 2025, la remuneración real por hora trabajada ha crecido por encima del crecimiento de la productividad por hora, y el peso de las rentas del trabajo en el PIB se ha elevado hasta el 62,5% (una cifra que es todavía inferior a la registrada a principios de siglo).
Aún no disponemos de suficientes datos para poder afirmar categóricamente cuáles son las causas de este cambio de tendencia, pero las políticas laborales desplegadas estos años han podido jugar nuevamente un papel relevante (en particular, la subida del SMI y la reforma laboral para reducir la temporalidad) junto al mayor peso de las ocupaciones técnicas —mejor remuneradas— en el empleo que se ha creado. Estos factores han compensado, a partir de 2023, la reducción de los salarios reales durante la crisis inflacionista, cuando las empresas trasladaron a sus precios finales los aumentos en los costes de la energía y materias primas (manteniendo o aumentando los márgenes de beneficios).
Tres desafíos para consolidar la productividad y su reparto
Los datos que hemos presentado hasta aquí reflejan que el panorama de la productividad ha cambiado a mejor en España en estos últimos años. Lejos de la complacencia (nuestra productividad sigue siendo aproximadamente el 77% de la de media de la zona euro), el reto para los años que vienen es consolidar este cambio mediante las políticas públicas adecuadas. En este sentido, cabe destacar tres desafíos especialmente relevantes.
En primer lugar, la inversión empresarial ha sido uno de los componentes de la demanda que ha registrado un menor dinamismo en estos años. Esto es en cierta medida sorprendente, porque, aunque las empresas contaban con capacidad productiva todavía sin utilizar, ocurre en un contexto de fuerte expansión de la demanda. Además, el sector de sociedades no financieras ha acumulado en estos años recursos, producto de los beneficios obtenidos, que se han dedicado a reducir la deuda o adquirir activos financieros antes que activos productivos. Por eso cabe valorar positivamente iniciativas como el anunciado fondo público soberano España Crece, vinculado a los fondos europeos, en la medida en que puedan servir de marco estratégico estable para un relanzamiento de la inversión hacia sectores especialmente relevantes.
El segundo desafío tiene que ver con la inversión pública, que ha tenido en estos años un mejor desempeño que la privada, gracias al impulso de los fondos europeos. Sin embargo, sigue situándose por debajo de la media europea en porcentaje del PIB, por lo que en los próximos años debe mantenerse este esfuerzo inversor. En este sentido, los PERTE son un instrumento novedoso de política industrial cuya continuidad puede ser útil para dirigir recursos hacia sectores con un mayor potencial de cambio estructural y crecimiento de la productividad. Por eso es tan relevante evaluar su diseño, su gobernanza y su impacto final sobre la productividad y la inversión productiva privada.
Por último, para que los crecimientos de la productividad se traduzcan realmente en mejoras para la mayoría de la población, es necesario romper con el estancamiento que los salarios reales han sufrido en las últimas décadas. La experiencia pasada nos enseña, sin embargo, que no se puede dar por seguro que el aumento de la productividad se traslade, en la misma medida y de forma automática, a mayores salarios o menores jornadas laborales. Cualquier estrategia para incrementar la productividad debe ir acompañada por políticas públicas para seguir favoreciendo su reparto adecuado."
(Jorge Uxó , Un. Complutense, Agenda Pública, 05/03/26)
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