27.6.26

La IA está revolucionando el modelo en el que nos hemos basado desde la instauración de la escolarización obligatoria. Siempre hemos evaluado el aprendizaje en función del resultado: el profesor transmite conocimientos (una fórmula, un libro) y evalúa el trabajo mediante un ensayo o un examen... Los exámenes estandarizados y los trabajos escritos en casa ya no sirven para nada. Por lo tanto, la primera consecuencia de la IA es que debemos replantearnos por completo nuestra forma de evaluar... todavía no sabemos cómo se desarrollará esta transformación en su conjunto... Desde hace siglos, la enseñanza consiste en adquirir, comprender y aplicar conocimientos. La IA lleva a cabo estas tres tareas en cuestión de segundos. Extrae los datos, proporciona el contexto y genera la explicación. Por lo tanto, «memorizar, comprender y aplicar» ya no puede constituir la totalidad del aprendizaje... Lo que importa ahora son las competencias de alto nivel... el pensamiento analítico, sistemático y crítico debe comenzar mucho antes. Las escuelas ya no pueden limitarse a transmitir conocimientos. Deben enseñar a los alumnos a cuestionar la información, a establecer vínculos entre ideas procedentes de diferentes disciplinas, a comprender sistemas complejos y a evaluar afirmaciones contradictorias, y todo ello mucho antes de llegar a la universidad. Paradójicamente, la IA es una herramienta formidable para desarrollar precisamente estas capacidades. Si se utiliza correctamente, anima a los alumnos a cuestionar sus ideas preconcebidas, a poner a prueba argumentos y a relacionar diferentes ámbitos del conocimiento. Por eso la hemos introducido, no por la tecnología en sí misma, sino para la adquisición de competencias de alto nivel... y hemos creado lo que llamamos «círculos de aprendizaje»: los profesores prueban estas herramientas en sus propias clases y, a continuación, se reúnen para debatir qué ha funcionado y qué no, así como la forma en que estas herramientas transforman la enseñanza y el aprendizaje (Ramona Bloj)

 "(...) ¿Por qué incorporar la IA en las aulas?

Porque, si seguimos enseñando, aprendiendo y evaluando como lo hemos hecho durante siglos, la próxima generación podría acabar siendo menos competente: gran parte del proceso de reflexión podría externalizarse discretamente a la máquina. Los profesores ya no serían capaces de determinar si un alumno ha aprendido realmente o si simplemente se ha apoyado en la IA.

La IA está revolucionando el modelo en el que nos hemos basado desde la instauración de la escolarización obligatoria. Siempre hemos evaluado el aprendizaje en función del resultado: el profesor transmite conocimientos (una fórmula, un libro) y evalúa el trabajo mediante un ensayo o un examen. Hoy en día, ese método ya no nos aporta nada, porque ya no podemos saber quién ha realizado ese trabajo. Los exámenes estandarizados y los trabajos escritos en casa ya no sirven para nada. Por lo tanto, la primera consecuencia de la IA es que debemos replantearnos por completo nuestra forma de evaluar.

¿Cómo se traduce esto en la práctica?

Para ser sinceros, todavía no sabemos cómo se desarrollará esta transformación en su conjunto y las universidades apenas están empezando a estudiarla. En Estonia, hemos decidido dar herramientas a los profesores, que son los que están llevando a cabo gran parte de esta adaptación. Hemos puesto en marcha una formación a gran escala sobre IA y hemos creado lo que llamamos «círculos de aprendizaje»: los profesores prueban estas herramientas en sus propias clases y, a continuación, se reúnen para debatir qué ha funcionado y qué no, así como la forma en que estas herramientas transforman la enseñanza y el aprendizaje.

¿Hay límites que no se deben traspasar? ¿Existen aspectos fundamentales de la educación que la IA nunca debería sustituir?

Desde hace siglos, la enseñanza consiste en adquirir, comprender y aplicar conocimientos. La IA lleva a cabo estas tres tareas en cuestión de segundos. Extrae los datos, proporciona el contexto y genera la explicación. Por lo tanto, «memorizar, comprender y aplicar» ya no puede constituir la totalidad del aprendizaje.

Lo que importa ahora son las competencias de alto nivel. Ya no basta con saber la fecha en que comenzó la Segunda Guerra Mundial. El verdadero reto consiste en establecer vínculos: con la historia de la propia familia, con el mundo que esta sigue moldeando, con la política actual. Antes, enseñábamos este tipo de reflexión analítica y sistemática en una etapa tardía, en el máster o el doctorado, una vez dominados los hechos. En un mundo en el que la inteligencia artificial proporciona al instante datos, contexto e incluso un primer análisis, estas capacidades pasan de la periferia de la educación a su núcleo.

Aunque la IA puede generar información al instante, esta puede contener errores, sesgos o información falsa. Se genera de una determinada manera y no siempre es posible comprender cómo ni por qué se ha generado. ¿Cómo se puede enseñar el pensamiento crítico si la IA está presente en el aula?

Tiene razón. Pero precisamente por eso el pensamiento analítico, sistemático y crítico debe comenzar mucho antes. Las escuelas ya no pueden limitarse a transmitir conocimientos. Deben enseñar a los alumnos a cuestionar la información, a establecer vínculos entre ideas procedentes de diferentes disciplinas, a comprender sistemas complejos y a evaluar afirmaciones contradictorias, y todo ello mucho antes de llegar a la universidad. Paradójicamente, la IA es una herramienta formidable para desarrollar precisamente estas capacidades. Si se utiliza correctamente, anima a los alumnos a cuestionar sus ideas preconcebidas, a poner a prueba argumentos y a relacionar diferentes ámbitos del conocimiento. Por eso la hemos introducido, no por la tecnología en sí misma, sino para la adquisición de competencias de alto nivel.

Algunos estudios sugieren que un uso intensivo de la IA podría provocar la atrofia de ciertas funciones cognitivas, al igual que ocurre con un músculo que no se entrena. ¿Le preocupa esta perspectiva en el caso de los niños?

Si un niño no cuenta con competencias en materia de pensamiento crítico, análisis o pensamiento sistémico, no está preparado para utilizar la IA. Por eso no introducimos la IA desde una edad muy temprana. En Estonia, los alumnos empiezan a los trece años, en secundaria, edad en la que ya deberían haberse sentado las bases.

El papel de la escuela primaria ya no se limita a la transmisión de conocimientos, sino que también consiste en enseñar a los niños a cuestionar la información, a evaluar su fiabilidad y a comprender su procedencia y su finalidad. Sin ello, aceptarán las respuestas de la IA sin reservas. Y esto no solo afecta a los niños: muchos adultos se enfrentan a la desinformación porque su educación nunca les enseñó a plantearse las preguntas fundamentales: «¿Quién ha elaborado esto? ¿De dónde viene? ¿Para qué sirve?»

Ha desarrollado el modelo de IA que se utiliza en el sistema educativo estonio junto con OpenAI. ¿Qué hay de la soberanía?

Nuestro enfoque estaba sujeto a una condición no negociable: los datos no debían alojarse en servidores estadounidenses. De acuerdo con el marco normativo europeo, se almacenan en Europa. También hemos negociado condiciones específicas en materia de gobernanza de los datos: todo lo que generen los alumnos o los profesores nos pertenece y no puede utilizarse para entrenar los modelos de OpenAI.

Esta colaboración funciona porque ambas partes obtienen un claro beneficio de ella. Nosotros queremos una herramienta que fomente un aprendizaje auténtico en lugar de ofrecer respuestas prefabricadas, mientras que OpenAI desea desarrollar y probar soluciones de IA eficaces para la educación. También nos pusimos en contacto con otros actores, como Mistral, pero en aquel momento no disponían de ningún producto educativo listo para satisfacer nuestras necesidades.

¿Y qué hay de la herramienta en sí?

No nos limitamos a poner a disposición de los alumnos una IA de uso general. Muchos ya utilizan ChatGPT, y sería ingenuo pretender poder impedírselo. La verdadera cuestión es saber qué tipo de IA debería ofrecer un centro educativo. Lo que hemos desarrollado con OpenAI está diseñado para la educación: fomenta la reflexión en lugar de proporcionar respuestas instantáneas. Se comporta como un tutor socrático, guiando a los alumnos en su propio razonamiento, animándolos al análisis, la reflexión y la metacognición, en lugar de limitarse a ofrecer un resultado.

En Estados Unidos existe un movimiento de rechazo hacia la IA, sobre todo entre los jóvenes titulados que están preocupados por su futuro profesional. ¿Se observa este fenómeno en Estonia?

No.

No creo que la IA vaya a destruir los puestos de trabajo de las personas, sino que los transformará. Y eso significa que las universidades también deben evolucionar.

Pensemos en la imprenta en el siglo XV. Transformó la difusión del conocimiento e hizo posibles formas de vida social y política totalmente nuevas. La IA tendrá el mismo efecto sobre el funcionamiento de nuestras sociedades y sobre el trabajo que realizan las personas. Depende de nosotros dirigir esta transformación y situar al ser humano en el centro. La educación es uno de los principales medios para lograrlo. Si fracasamos, corremos el riesgo de sufrir graves perturbaciones no solo en nuestras economías, sino también en nuestras democracias.

Hemos iniciado nuestro debate abordando los temas del derecho y la democracia. ¿No cree que esta concentración de poder sin precedentes conllevará una pérdida de autonomía frente al poder de la tecnología? ¿Es ese el mayor riesgo?

En mi opinión, el mayor riesgo no es que la IA sea cada vez más eficaz. El mayor riesgo es que el pensamiento humano no evolucione al mismo ritmo que ella. Si prohibimos la IA y seguimos enseñando como siempre lo hemos hecho, corremos el riesgo de debilitar, en lugar de reforzar, nuestra capacidad de pensar.

El peligro es que las capacidades cognitivas humanas se estanquen, mientras que la tecnología sigue avanzando. Por eso la educación debe cambiar. Si, dentro de diez años, un joven de 18 años depende por completo de la IA para informarse y formarse una opinión, nuestros sistemas educativos habrán fracasado. (...)"

(Ramona Bloj, El Grand Continent, 27/06/26)  

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