"NOTA AL MARGEN SOBRE EL TEMA DE LA INMIGRACIÓN
El tema de la inmigración es enormemente complejo; abarca aspectos económicos, culturales y de seguridad, de formas muy variadas. No existen varitas mágicas que puedan revertir los procesos en curso en un abrir y cerrar de ojos.
Sin embargo, ante la gran cantidad de vociferantes profesionales que agitan el espacio público a base de eslóganes grandilocuentes y promesas de rigor draconiano, recurrir a la complejidad acaba dando la impresión de querer andarse por las ramas.
Permítanme, pues, por una vez, una respuesta directa, en parte simplificadora, pero al menos representativa de cómo debería abordarse un debate serio.
Ante el tema de los flujos migratorios hacia Europa, suelen enfrentarse dos actitudes.
1) Existe una actitud «humanitaria», predominante en la izquierda, percibida como «ingenua», que, en esencia, siempre trata de explicar, por un lado, que el problema no es tan grave, o que, más bien, supone una gran oportunidad de enriquecimiento humano, y que quien se queja es un racista; y, por otro lado, que se trata de un movimiento histórico inevitable y que toda oposición es inútil (además de inhumana).
2) Existe una segunda actitud, «securitaria», que acentúa todos los problemas relacionados con la inmigración, exagera su narrativa y sus peligros, y acaba invocando habitualmente diversas «medidas de mano dura»: bloqueos navales, repatriaciones, improbables exámenes de fe cristiana, rostros feroces y guiños ocasionales a los verdaderos racistas (que son minorías en Italia, pero existen).
Este juego entre ambas partes se prolonga desde hace más de treinta años (desde la llegada de 20 000 albaneses en 1991 al puerto de Bari). Mientras tanto, Italia, que ha experimentado los procesos migratorios con retraso —al no haber tenido un imperio colonial—, se ha visto abrumada por un proceso que no parece dar señales de detenerse.
Tanto la postura «buenista» como la represiva son dos «no soluciones».
De hecho, solo sirven para mantener vivo el problema, agravándolo, y fidelizando a sus respectivas aficiones a través del desprecio hacia las posturas contrarias.
¿Qué falta en este panorama? Faltan muchas cosas, pero hay una que es colosal, y es algo de lo que nadie, literalmente nadie, ni de derechas ni de izquierdas, quiere hablar.
El gran ausente en el debate sobre la inmigración es la comprensión de una dinámica elemental.
En los últimos años, entre los italianos que se trasladan al extranjero y los que regresan a Italia, tenemos un saldo medio negativo de 100 000 ciudadanos al año.
Los italianos residentes en el extranjero son 6,4 millones.
A modo de comparación, la población extranjera total en Italia asciende a 5,4 millones de personas.
Ahora bien, la primera y sencilla pregunta que nadie quiere plantear es: si cada año 100 000 italianos (con formación media-alta) se marchan al extranjero, ¿cómo se puede pensar que ese vacío no se cubrirá con la llegada de extranjeros?
El problema, expresado en sus términos esenciales, es el siguiente: decenas de miles de italianos, casi todos con título de bachillerato o de grado, se marchan al extranjero en busca de un trabajo digno y son sustituidos por un número similar de extranjeros, a menudo con escasa formación, que son contratados para trabajos de bajo valor añadido.
¿Por qué ocurre todo esto? ¿Es una cuestión de destino cínico y traicionero?
Ni mucho menos. Este es el resultado deliberado de una decisión de política industrial tomada en los años noventa, en el marco de la financiarización de la economía, del triunfo neoliberal y de la adhesión a la UE.
En Italia, el sector que se dedicaba principalmente a la investigación y el desarrollo, y que tenía una producción con un alto uso de capital (intensiva en capital), era el sector público. La decisión de reducirlo al mínimo mediante oleadas de privatizaciones, así como la de deslocalizar incluso las producciones de alto valor añadido, ha supuesto una elección bien definida a favor de los trabajos con un alto uso de mano de obra (intensivos en mano de obra). Para competir en los sectores intensivos en capital hay que innovar; para competir en los sectores intensivos en mano de obra hay que reducir los costes salariales.
Lo que ocurre en Italia es muy sencillo y, sin cambios de rumbo en la política industrial, inevitable: exportamos titulados de bachillerato y universitarios que, tras haber invertido en formación, no quieren convertirse en «trabajadores pobres», e importamos personas desesperadas dispuestas a cualquier trabajo a cambio de salarios de subsistencia.
Obviamente, este flujo también tiene repercusiones culturales y de seguridad. Un aumento porcentual de la población compuesta por jóvenes, culturalmente ajenos, con poco que perder, condicionados a salarios de subsistencia y, a menudo, en el sector no declarado, no puede sino traducirse en problemas de seguridad e integración. Pero esto es el efecto, no la causa, y si se insiste en ocuparse únicamente de los efectos y nunca de las causas, en realidad se está tratando de cultivar el problema, que siempre resulta útil.
La cuestión es que los bajos salarios, las privatizaciones, la descalificación del trabajo y el flujo migratorio asimétrico (la mítica «sustitución étnica») SON UN MISMO Y MISMO PROBLEMA.
Y no se resuelve ni sermoneando a los jóvenes que no se resignan a realizar trabajos de mierda por un sueldo de mierda, ni invocando puños de hierro y ráfagas de ametralladora contra las embarcaciones.
Algunos, tanto de la derecha como de la izquierda, han elegido ese camino y siguen persiguiéndolo («porque lo quiere Europa», «porque lo quieren los mercados», y así sucesivamente con sus delirios).
Sé que preferirían quedarse en el plano de los sentimientos: los «buenos y acogedores» (izquierdistas bienpensantes para la parte contraria) frente a los «rigurosos e inflexibles» (fascistas racistas para la parte contraria). En este plano no hace falta entender nada, basta con confiar en los sentimientos y en las banderas.
Pero si se quiere resolver un problema estructural, hay que abordarlo de forma estructural.
Si, por el contrario, se quiere alimentar el problema, armando jaleo para gente sin criterio y obteniendo aplausos instintivos de las distintas aficiones, pues muy bien, el rumbo es el correcto: timón a estribor y a toda máquina."
(Andrea Zhok, blog, 26/07/26, traducción Salvador L. Arnal)
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