10.9.26

Irán invierte la asimetría... Irán conserva tanto la capacidad como la voluntad de alcanzar la estructura de bases estadounidenses... Este es el acontecimiento más importante de la guerra. Estados Unidos construyó su poder en Asia Occidental sobre la base de una asimetría. Podía bombardear un país desde aeródromos protegidos y centros de mando dispersos por toda la región, mientras que el país atacado era incapaz —o no estaba dispuesto— a atacar esas bases... La costosa red de bases diseñada para proyectar el poder de Estados Unidos se ha convertido en un conjunto de objetivos... La vulnerabilidad es tanto política como militar. Los gobiernos del Golfo deben preguntarse si la presencia militar de Washington es un escudo o un pararrayos. Irán no necesita destruir todas las bases, solo demostrar que estas suponen un peligro para los Estados que las acogen... La ventaja de Irán radica en su capacidad para imponer costes, dispersar sus fuerzas, mantener a Washington en la incertidumbre y soportar golpes sin renunciar a su soberanía. El ejército estadounidense, por su parte, está agotando sus escasos misiles interceptores y munición de largo alcance... Esto no significa que Irán haya ganado, ni que la escalada sea segura... Trump quiere una rendición iraní que pueda exhibir antes de las elecciones de mitad de legislatura en EE. UU., pero la coacción no la ha conseguido. Teherán, por el contrario, puede actuar paso a paso mientras presenta cada acción como una represalia... Trump se encuentra atrapado entre un adversario que no se rinde y un reloj electoral que no se detiene. Es posible que aún ordene otro ataque espectacular con la esperanza de que la violencia pueda forjar la victoria. Pero Irán ha demostrado que las bases estadounidenses no son santuarios, que las armas estadounidenses no son inagotables y que la escalada de Estados Unidos no tiene la última palabra. La antigua asimetría se ha invertido. Washington ya no puede dictar (Vijay Prashad)

  "El 2 de septiembre, fragmentos de un misil estadounidense atravesaron el techo de una celebración nupcial en Kuhestak, en el condado de Sirik, al sur de Irán. Murieron cuatro personas, entre ellas un niño, y 68 resultaron heridas. Estados Unidos ha convertido en una costumbre bombardear bodas: en Afganistán, Irak, Yemen y ahora en Irán. Cuando se le preguntó al vicepresidente estadounidense JD Vance por los fallecidos, se encogió de hombros: «Son cosas que pasan». Esa frase debería constar en el historial de esta guerra. El imperialismo convierte las catástrofes ajenas en voz pasiva.

El ataque contra la boda formaba parte de una nueva ronda de ataques estadounidenses a lo largo de la costa sur de Irán y en torno al estrecho de Ormuz. Washington afirmó que había atacado instalaciones de misiles y de colocación de minas. Teherán respondió con misiles y drones contra instalaciones estadounidenses en Jordania, Baréin, Kuwait, Irak y los Emiratos Árabes Unidos. No se trataba de un alto el fuego empañado por violaciones ocasionales, como insiste en calificarlo gran parte de la prensa del Atlántico Norte. Durante seis meses, el conflicto ha seguido un ciclo reconocible: Estados Unidos ataca, Irán toma represalias, hay una pausa y algo de diplomacia indirecta, ambas partes se preparan de nuevo y, a continuación, Washington ataca una vez más. Una pausa entre golpes no es paz.

La Administración Trump sigue afirmando que la armada, las fuerzas de misiles y la infraestructura militar de Irán han sido destruidas. Sin embargo, las pruebas de las repetidas represalias de Irán refutan esta afirmación. Es cierto que los sistemas iraníes han resultado dañados por un bombardeo feroz, pero «dañado» no significa «desarmado». El 4 de septiembre, el portavoz del ejército iraní, el general de brigada Mohammad Akraminia, declaró a IRNA que los primeros misiles y drones iraníes se habían lanzado en los quince minutos siguientes al ataque estadounidense. Afirmó que el ejército atacó cuatro bases estadounidenses en tres países: dos en los Emiratos Árabes Unidos, la base aérea de Sheikh Isa en Baréin y una base en Kuwait. En comunicados separados, Irán afirmó que había atacado las comunicaciones por satélite, los almacenes de equipamiento y los hangares de aviones de la base aérea de Ahmad al-Jaber en Kuwait, así como tropas y sistemas de radar en Al Minhad, en los Emiratos Árabes Unidos. La activación de las defensas aéreas y el reconocimiento de estos ataques por parte de los gobiernos regionales establecen el hecho fundamental: Irán conserva tanto la capacidad como la voluntad de alcanzar la estructura de bases estadounidenses.

Este es el acontecimiento más importante de la guerra. Estados Unidos construyó su poder en Asia Occidental sobre la base de una asimetría. Podía bombardear un país desde aeródromos protegidos y centros de mando dispersos por toda la región, mientras que el país atacado era incapaz —o no estaba dispuesto— a atacar esas bases. Irak lanzó misiles Scud contra Israel en 1991, pero no atacó sistemáticamente la vasta arquitectura militar estadounidense en el Golfo. Bagdad temía que atacar las bases estadounidenses provocara una destrucción aún mayor. De todos modos, esa mayor destrucción se produjo. Irán aprendió esa lección.

Irán ha comenzado ahora a invertir la asimetría. La costosa red de bases diseñada para proyectar el poder de Estados Unidos se ha convertido en un conjunto de objetivos. Al Udeid, en Catar, cuartel general de las operaciones aéreas estadounidenses en toda la región; las instalaciones de la Quinta Flota en Baréin; las bases aéreas y los centros logísticos en Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos; Camp Titin, en Jordania; y las instalaciones en Irak y Siria ya no pueden considerarse una retaguardia segura. Una evaluación en lengua árabe publicada tras los últimos ataques lo describía con precisión: las bases de Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos se han convertido en posiciones de primera línea, mientras que oleadas combinadas de drones señuelo, misiles balísticos y misiles de crucero tratan de saturar las defensas Patriot y THAAD para, a continuación, atacar los sistemas de mando, radar, comunicaciones y logística. Esta técnica es relevante porque un interceptor que cuesta millones de dólares puede verse atraído hacia un dron que cuesta una mínima fracción de esa suma.

La vulnerabilidad es tanto política como militar. Todas las instalaciones estadounidenses se encuentran en territorio de otro país. Los gobiernos del Golfo deben preguntarse si la presencia militar de Washington es un escudo o un pararrayos. Irán no necesita destruir todas las bases, solo demostrar que estas suponen un peligro para los Estados que las acogen. Los gobiernos del Golfo podrían entonces restringir el uso de su territorio para los ataques estadounidenses, lo que obligaría a las operaciones de EE. UU. a trasladarse a instalaciones lejanas como Diego García, la base británica en Chipre y los portaaviones estadounidenses (que son cada vez más vulnerables al desgaste que supone un despliegue prolongado).

La escalada de Irán

Además, Irán no ha avanzado mucho en su escalada. Podría aumentar el volumen de sus lanzamientos, ampliar sus objetivos a centros logísticos, puertos, sistemas de vigilancia y depósitos de combustible, o animar a las fuerzas aliadas en Irak, Líbano y Yemen a entrar de lleno en el conflicto. Podría obstruir aún más el mar Rojo o cerrar el estrecho de Ormuz. Cualquier medida agravaría la crisis económica provocada por la guerra. Esto es algo que no desea Trump, que se enfrenta a las elecciones de mitad de legislatura en noviembre.

Irak es un punto de inflexión especialmente importante. Informes en lengua árabe describen el plazo fijado por el Gobierno para el 30 de septiembre con el fin de poner todas las armas bajo control estatal y la negativa de varias facciones armadas a desarmarse mientras las tropas estadounidenses y turcas permanezcan en el país. Las exigencias de las facciones no son insignificantes: sitúan la presencia militar estadounidense en el centro de la disputa. Cualquier intento de obligar a estos grupos a desarmarse podría desencadenar una crisis interna en Irak. Si no se logra su desarme, quedarán decenas de miles de combatientes —incluidas unidades con misiles y drones— como un frente latente contra las bases estadounidenses. Washington no puede dar por sentado que la geografía del conflicto se mantendrá donde quiera trazar la línea.

Luego está el nivel más alto: la cuestión nuclear. La última cifra verificada por la Agencia Internacional de Energía Atómica indicaba que Irán posee 440,9 kilogramos de uranio enriquecido al 60 %, dato registrado antes de que las inspecciones se vieran interrumpidas por los ataques contra las instalaciones iraníes. Nadie fuera de Irán sabe ahora con certeza dónde se encuentra todo ese material, en qué estado se encuentra o si el enriquecimiento ha avanzado. Teherán no ha declarado que vaya a fabricar un arma. Pero en agosto, Ebrahim Rezaei, del Comité de Seguridad Nacional y Política Exterior del Parlamento iraní, argumentó que la retirada del Tratado de No Proliferación Nuclear sería la mejor respuesta a la intensificación de la guerra económica de Trump. Ya ha circulado por el Parlamento una propuesta de retirada.

Esta incertidumbre es en sí misma una forma de disuasión. Los estrategas estadounidenses que contemplan un primer ataque nuclear o de destrucción abrumadora no pueden estar seguros de que Irán no disponga de un arma de pequeño calibre o de la capacidad para fabricarla. Irán podría decidir enriquecer uranio por encima del 90 %, probar un dispositivo y exigir el cese de los ataques, la vía que siguió la República Popular Democrática de Corea tras observar lo ocurrido en Irak y Libia. Esa decisión conllevaría peligros inmensos y aún no se ha tomado. Pero la guerra de Washington está haciendo imaginable lo que décadas de política estadounidense pretendían evitar.

La ventaja de Irán no radica en poseer una mayor potencia explosiva. Estados Unidos conserva la capacidad de infligir una destrucción espantosa. La ventaja de Irán radica en su capacidad para imponer costes, dispersar sus fuerzas, mantener a Washington en la incertidumbre y soportar golpes sin renunciar a su soberanía. El ejército estadounidense, por su parte, está agotando sus escasos misiles interceptores y munición de largo alcance mientras arma a Israel y Ucrania, defiende instalaciones repartidas a lo largo de un enorme arco y se enfrenta a un electorado que no quiere bolsas para cadáveres ni otra guerra interminable. Irán ha convertido el alcance geográfico de Estados Unidos de una ventaja en una vulnerabilidad.

Esto no significa que Irán haya ganado, ni que la escalada sea segura. Un imperio herido es excepcionalmente peligroso. Trump quiere una rendición iraní que pueda exhibir antes de las elecciones de mitad de legislatura en EE. UU., pero la coacción no la ha conseguido. La Casa Blanca dispone de fuerza sin una estrategia política secuencial: puede golpear con más dureza, pero cada golpe abre nuevas opciones a Irán. Teherán, por el contrario, puede actuar paso a paso mientras presenta cada acción como una represalia. Irán ha informado a las Naciones Unidas de que Estados Unidos inició los ataques y de que sus propias operaciones son actos recíprocos de autodefensa. La muerte de civiles en la boda debilita aún más la posición moral de Washington.

La salida no es ningún misterio. Requeriría que Estados Unidos dejara de atacar a Irán, pusiera fin a su bloqueo y a las sanciones coercitivas, y volviera a las negociaciones basadas en el memorándum de junio, en lugar de buscar la capitulación. También dependería de que los Estados de la región se negaran a permitir el uso de su territorio para nuevos ataques. Un proceso diplomático creíble se vería reforzado por una investigación de las Naciones Unidas sobre el bombardeo de la boda y otros ataques contra civiles. De lo contrario, la institución, que está buscando un nuevo secretario general, corre el riesgo de convertirse en un contable que llega solo después de que el edificio se haya incendiado.

Trump se encuentra atrapado entre un adversario que no se rinde y un reloj electoral que no se detiene. Es posible que aún ordene otro ataque espectacular con la esperanza de que la violencia pueda forjar la victoria. Pero Irán ha demostrado que las bases estadounidenses no son santuarios, que las armas estadounidenses no son inagotables y que la escalada de Estados Unidos no tiene la última palabra. La antigua asimetría se ha invertido. Washington aún puede destruir. Pero ya no puede dictar." 

(Vijay Prashad, Breakthrough News, 08/09/26, traducción Salvador L. Arnal) 

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