"Crítica a los economistas de izquierda: no comprenden que la crisis de Francia es la crisis del euro, la moneda de las grandes finanzas y de la deuda pública
La crisis de la deuda pública francesa corre el riesgo de extenderse a Italia y a la zona del euro, y de hundir todo el sistema del euro. La crisis francesa presagia una nueva crisis grave y profunda del euro tras la de 2011-2012. El euro ha comenzado recientemente a perder valor rápidamente frente al dólar, ya que es muy difícil que Francia —fuertemente endeudada y cuya población se rebela contra la austeridad de Bruselas— pueda ser rescatada por el Banco Central Europeo y la Unión Europea. Pero la culpa de la crisis no recae únicamente en los gobiernos franceses o en Bruselas: aunque la casi totalidad de los economistas y políticos de izquierda en Italia y en Europa no quiera admitirlo, es precisamente la arquitectura del euro la principal causa genética de la crisis sistémica europea que dura ya una década. El euro es una moneda intrínsecamente frágil y siempre al borde del colapso: de hecho, no está respaldada por un fondo fiscal común financiado con los impuestos anuales de los ciudadanos europeos. El euro es, por tanto, una moneda sin respaldo. En el pasado, la rica Alemania respondía por todos, y en particular por Francia, que se encontraba constantemente en déficit fiscal. Pero desde hace algunos años, Berlín se encuentra sumida en una profunda crisis, tanto económica como política. Y Francia tiene una deuda que sigue creciendo inexorablemente. El pecado original de la moneda única europea es que impide a los Estados autofinanciarse con su moneda nacional para invertir en bienes públicos nacionales: los Estados se ven obligados a endeudarse en los mercados para realizar inversiones, y los mercados financieros se enriquecen gracias al crecimiento de la deuda pública.¹
Antes, la crisis del euro venía determinada por los «países pedigüeños» del sur de Europa, los llamados PIGS, los «cerdos» del Mediterráneo: Grecia, España, Portugal, Chipre e Italia. Hoy en día, la crisis es mucho más grave: son los países más ricos, los líderes de Europa, Francia y Alemania, los que están sufriendo. Francia prevé contener el déficit público por debajo del 3 % del PIB solo en 2030, pero se trata de una promesa que no tiene ningún fundamento. También la economía alemana está estancada, y la deuda aumenta debido a los desvaríos de Berlín sobre el rearme frente a Rusia. Mientras tanto, Italia sigue aumentando su deuda pública, y el déficit aumentará debido al gasto en armamento. La Europa del euro no tiene futuro.
El euro podría hundirse: si no lo hace es únicamente porque las grandes entidades financieras no quieren que se hunda. Si los estadounidenses dejaran que el euro se hundiera, se derrumbaría todo el sistema financiero mundial, ya que hay contratos por valor de miles de miles de millones denominados en euros. El euro es la segunda moneda de reserva del mundo y el colapso de la moneda única causaría un daño enorme también al imperio del dólar y a todo el sistema financiero mundial que se lucra con las deudas europeas: solo los fondos especulativos podrían beneficiarse de la ruptura del euro. Paradójicamente, la salvación del euro se debe momentáneamente —¿pero hasta cuándo?— al sistema financiero mundial, es decir, a la causa de su crisis.
Reuters titula que Europa se ha convertido en el enfermo del mundo.² Sin embargo, la izquierda italiana y europea sigue defendiendo obstinadamente a la UE, que durante años ha aplicado políticas asfixiantes de austeridad en nombre de la democracia, y que hoy se rearmó y aplica políticas de derechas, e incluso de extrema derecha. Centrémonos en Italia: está claro para todos que la política económica italiana se decide en Bruselas y en Fráncfort, de la mano de Ursula von der Leyen y Christine Lagarde: de hecho, estas dos mujeres dictan las reglas de la deuda y la moneda. Es obvio que, sin abordar las cuestiones de la crisis de la UE, la deuda pública y las restricciones de la zona del euro, cualquier programa político resulta incompleto y poco creíble: lamentablemente, los programas del PD, AVS y del Movimiento 5 Estrellas o bien no abordan estos problemas o, lo que es peor, los tergiversan por completo. Las fuerzas que se autoproclaman progresistas y de izquierdas, cuando han gobernado en el pasado reciente, han decepcionado en su mayor parte a los electores y han contribuido a que muchos de ellos se sumaran a la abstención masiva o votaran a la derecha como acto de protesta: si tampoco esta vez tienen el valor y la inteligencia necesarios para elaborar una visión crítica de la Unión Europea y soluciones eficaces ante su crisis, difícilmente podrán ganar las elecciones y, en cualquier caso, aunque ganaran, no lograrán contrarrestar el declive nacional.
El problema es que la casi totalidad de los economistas de izquierda no reconoce el problema del euro. La casi totalidad de los economistas de izquierda ha confundido el Tratado de Maastricht, que es ultraliberal, con el Manifiesto de Ventotene, que aboga por una Europa socialista utópica, unida en la paz y la concordia. Lamentablemente, el idealismo de los economistas de izquierda les impide reconocer la cruda realidad: el euro se diseñó para liberar y enriquecer a las grandes finanzas y para socavar a los Estados y la intervención pública.
Tomemos como ejemplo a un economista muy competente en el análisis de los mercados financieros, y muy escuchado incluso por la izquierda más radical, como Alessandro Volpi, autor del libro «Por qué no podemos prescindir de Europa». ³ En su programa para la izquierda publicado en la revista Il Ponte, titulado «Para salir de la jaula del capitalismo financiero»,⁴ Volpi esboza un plan con muchos puntos con los que se puede estar de acuerdo, como la limitación de la circulación de capitales, la regulación de las finanzas, un sistema fiscal progresivo y contrario a las rentas financieras, la creación y el fortalecimiento de entidades de crédito públicas, el salario mínimo garantizado, etc., etc. Según Volpi, la crisis fiscal del Estado italiano puede resolverse, en esencia, mediante una buena reforma fiscal progresiva, contra la evasión y la elusión fiscales, con la nacionalización de la energía y con otras buenas medidas económicas.
Sin embargo, resulta extraordinario y sorprendente que Volpi no mencione las restricciones de la UE sobre la economía italiana, restricciones que han provocado la crisis fiscal del Estado italiano, el empobrecimiento de la economía italiana y su desindustrialización. Volpi parece olvidar que la crisis fiscal italiana se debe fundamentalmente al hecho de que, cada año desde hace años, los ciudadanos italianos pagan entre 90 000 y 100 000 millones de déficit, un impuesto enorme que abonamos en beneficio del sistema bancario y financiero nacional e internacional. ⁵ Una carga que arrastramos desde hace años, que está destinada a aumentar debido a los intereses compuestos sobre la deuda pública, y que no puede sino conducir inevitablemente a Italia a la asfixia y a la catástrofe.
En el programa de reformas de Volpi ni siquiera se mencionan la Unión Europea ni sus restricciones, salvo alguna alusión para señalar, por ejemplo, que deberían abolirse los paraísos fiscales. En su programa para la izquierda no menciona el papel negativo —por no decir catastrófico— de la UE y del euro en el desencadenamiento de la crisis europea e italiana que se prolonga desde hace años. Volpi, evidentemente, da por sentado el actual orden europeo y lo considera positivo y, en cualquier caso, progresista y susceptible de reforma. El economista italiano se muestra, por tanto, acrítico con respecto a la moneda única europea. En su reciente artículo, dedica un párrafo repleto de bellas y nobles (aunque quiméricas) intenciones en relación con el BCE y el euro:
«Se necesitaría un Banco Central capaz de llevar a cabo la monetización de la deuda pública de manera que favorezca las inversiones públicas indispensables para hacer frente a la crisis climática y para actuar en pro de la reducción de las desigualdades. Sin duda, no bastan las limitadas emisiones de eurobonos, cuya emisión constituye una forma decididamente peligrosa y costosa de competencia frente a la deuda de los distintos países, empezando por los más grandes. En este sentido, resulta relevante el uso estratégico del euro, que no puede limitarse a ser una moneda destinada a estabilizar el valor de la deuda, sino que debería aspirar —precisamente por su fortaleza estructural, destinada, por otra parte, a restar capacidad de exportación a la economía europea— a ser un instrumento de financiación pública, algo que, sin duda, no se ve amenazado, en esta fase, por la debilidad del dólar. Además, precisamente la debilidad del dólar puede permitir que el euro ocupe un lugar destacado entre las monedas de reserva; una situación que resulta aún más factible debido al gigantesco volumen de la deuda federal de los Estados Unidos, tan grande que hace posibles políticas expansivas a nivel europeo por parte de los distintos Estados, garantizadas por el euro, sin riesgo de devaluaciones excesivas ni de aumento de los tipos de interés».
Es una lástima que casi todas las propuestas de Volpi sean inviables porque las prohíbe el Tratado de Maastricht: la libertad absoluta de circulación de capitales es el mandamiento sagrado establecido en el artículo 63 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea (TFUE). Volpi cree que podría llegar a ser posible financiar la deuda de los Estados de la zona del euro a través del BCE, aunque el artículo 123 del TFUE lo prohíbe de manera tajante (y, por otra parte, también prohíbe la financiación de la propia UE). El economista parece no comprender que, en un régimen de absoluta libertad de capitales como el de la UE, resulta muy difícil establecer un régimen fiscal fuertemente progresivo, ya que los ricos pueden trasladar al extranjero gran parte de su patrimonio y las multinacionales pueden trasladar sus sedes a paraísos fiscales europeos. Y no solo eso: Volpi se hace ilusiones de que el BCE pueda contribuir a financiar la lucha contra el cambio climático e incluso… ¡contra las desigualdades! Pero el BCE siempre ha favorecido a las grandes entidades financieras y a los gigantes bancarios, ¡y desde luego no a la gente pobre ni a las clases medias! Volpi se hace ilusiones incluso de que el euro pueda desbancar al dólar y convertirse en una moneda dominante. Sin embargo, esto es imposible, ya que el euro es una moneda intrínsecamente frágil y propensa a las crisis. El euro carece de respaldo fiscal europeo; además, el BCE, en principio, ni siquiera puede rescatar a los Estados en crisis monetizando su deuda. Como también ha afirmado recientemente Christine Lagarde: «El BCE no tiene la misión de cubrir la deuda de los Estados». Nadie puede saber si el euro seguirá existiendo dentro de tres o cinco años. Ningún economista de renombre internacional ha pensado jamás que el euro pueda desbancar al dólar, sencillamente porque el euro está subordinado al imperio del dólar. La única alternativa posible al dominio del dólar es el yuan chino, como es bien sabido.
Volpi no parece comprender que el régimen de la moneda única, tal y como está codificado en el Tratado de Maastricht, es —como demuestro con más detalle en mis artículos en La Fionda— la causa principal de la ruina de la economía europea,⁶ es la causa principal de las políticas de austeridad y es también la causa principal del creciente endeudamiento público. La austeridad y la deuda pública son las consecuencias inevitables de la actual arquitectura del euro. El economista se engaña al pensar que el sistema del euro y del Banco Central Europeo puede reformarse para mejor, hacia «una Europa mejor». Lamentablemente, sin embargo, no es posible modificar el Tratado de Maastricht ni reformar la UE en un sentido democrático e igualitario: de hecho, la UE es, por su propia naturaleza, un conjunto de aparatos destinados a dar libertad a las finanzas y a las grandes empresas; nació y se desarrolló con ese fin y no con objetivos sociales. La UE es un conjunto de órganos supranacionales y/o intergubernamentales no elegidos y al margen del control popular: las elecciones al Parlamento Europeo no son más que una fina capa de democracia. El propio BCE es un organismo autocrático, al margen de todo control democrático, al servicio de los mercados, es decir, de las finanzas. Para «reformar la UE» es necesario, de hecho, desechar el Tratado de Maastricht, es decir, disolver la UE y decapitar a Bruselas.⁷
Gabriele Guzzi, en aparente oposición a las tesis de Volpi, tiene el mérito de reconocer la naturaleza perjudicial del Tratado de Maastricht y del euro para la economía italiana, y propone, en consecuencia, la salida unilateral de la zona del euro.⁸ Pero también esta solución es poco realista e inviable. Una vez que se ha cedido por completo la soberanía monetaria, es prácticamente imposible dar marcha atrás. La salida unilateral de un gran país del euro, como Italia, provocaría no solo una grave crisis nacional, sino también europea y mundial, ya que el «Italexit» haría que se derrumbara todo el sistema del euro, y porque el euro es la segunda moneda de reserva del mundo después del dólar. Es muy poco probable que un Gobierno italiano —ya sea de derecha, de centro o de izquierda— lograra gestionar la salida de la moneda única: tendría que declarar el impago de su deuda denominada en euros y, por lo tanto, solo tendría enemigos en el ámbito internacional. La sospecha de una salida de la zona del euro provocaría la reacción inmediata de los bancos nacionales y del Banco de Italia, la reacción de los mercados internacionales, el aumento inmediato del coste de la deuda, la fuga precipitada e imparable de capitales, y dividiría a la opinión pública, partiría el país en dos y suscitaría reacciones feroces por parte de los demás gobiernos europeos y no solo europeos. Para salir de la moneda única, un Gobierno debería llevar a cabo una maniobra económica contundente y muy dura; pero una maniobra de tal envergadura solo podría ser impulsada por un ejecutivo fuertemente autoritario: sería como pasar de la sartén al fuego. Para salir del euro sería necesario contar con un amigo grande y poderoso como, por ejemplo, Trump o Putin. Pero aunque Trump o Putin estuvieran interesados en dividir la UE, sería una locura confiar en ellos.
La verdadera tragedia europea e italiana radica en que incluso permanecer en la zona del euro implica sufrir una crisis inevitable. Por lo tanto, no existen soluciones sencillas e inmediatas a la dramática crisis del euro. Por otra parte, es evidente que no es posible deshacerse en poco tiempo de unas relaciones internacionales que se han consolidado a lo largo de décadas.
Para salir del declive, para la izquierda italiana existe quizá una única vía, difícil, tal vez improbable, pero también posible: la izquierda debería aprovechar la ocasión que brinda la inevitable crisis del euro para proponer que se hagan a un lado las normas de Maastricht y acordar con Alemania y Francia el retorno a la soberanía monetaria y la creación de una moneda europea que ya no sea única, sino común. De hecho, solo será posible salir de la crisis de la zona del euro si Francia y Alemania consideran finalmente conveniente abandonar el euro, la moneda de la crisis, y acordar con los demás países de la zona del euro un nuevo sistema monetario europeo para defenderse del dólar. De hecho, está claro que en Europa solo Berlín y París, que decidieron hace más de 30 años la unión monetaria, pueden decidir sobre el futuro del euro. Las dos capitales de Europa, sumidas en una grave crisis, podrían determinar finalmente que permanecer en la jaula del euro no les conviene, y podrían elaborar un nuevo y más ventajoso sistema monetario, por ejemplo, una moneda común, pero ya no única.
En este contexto, la izquierda deberá abandonar toda ilusión federalista de una integración estrecha entre veintisiete o más países europeos y, en su lugar, constituir una Confederación Europea de democracias nacionales soberanas⁹ (tal y como he defendido en mi artículo «Más allá del cuento de hadas de los Estados Unidos de Europa»). Una Confederación Europea debería estar formada por un número limitado de Estados soberanos homogéneos en los planos económico, tecnológico y cultural, Estados a los que les resulte conveniente cooperar en materia de políticas monetarias, fiscales e industriales y, a ser posible, también en política exterior y defensa. La Confederación debería basarse en un fondo fiscal común para llevar a cabo políticas keynesianas de pleno empleo e inversiones en bienes públicos europeos (investigación, tecnologías sostenibles, infraestructuras, innovación y defensa); además, la Confederación Europea debería crear una moneda común —pero no única, como lo es el euro— para contrarrestar al dólar.¹⁰
Notas
1. Enrico Grazzini, «La deuda italiana en la trampa del euro», La Fionda, 28 de septiembre de 2026.
2. Mike Peacock, «La UE corre el riesgo de convertirse en el enfermo del mundo si no se reforma rápidamente», Reuters, 5 de octubre de 2026.
3. Alessandro Volpi, Por qué no podemos prescindir de Europa, Altraeconomia, 2019.
4. Alessandro Volpi, «Para salir de la jaula del capitalismo financiero», Il Ponte, n.º 3, 2026.
5. Enrico Grazzini, «La deuda italiana en la trampa del euro», op. cit.
6. Enrico Grazzini, «La jaula del euro y la alternativa de la moneda común europea», La Fionda, 14 de septiembre de 2026.
7. Ibíd.
8. Gabriele Guzzi, Eurosuicidio, Fazi, 2025.
9. Enrico Grazzini, «Más allá del cuento de hadas de los Estados Unidos de Europa: el giro confederal contra la crisis de la UE», La Fionda, 14 de agosto de 2026; Id., «Un paso atrás y dos adelante: reactivar las democracias nacionales para una Confederación de Estados europeos», La Fionda, 12 de mayo de 2026.
10. Enrico Grazzini, «La jaula del euro y la alternativa de la moneda común europea», cit."
(Enrico Grazzini, Sinistrainrete, 17/10/26, traducción Salvador L. Arnal)
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