23.9.26

Suecia ya no es una «socialdemocracia»... Los grandes logros del movimiento obrero sueco a principios del siglo XX se han ido revirtiendo de forma constante. Al igual que en otras economías capitalistas, las políticas del neoliberalismo —un retorno a los mercados libres, una baja fiscalidad para los ricos y las empresas, recortes en el Estado del bienestar y en los salarios reales, el aumento de la desigualdad, etc.— llevan aplicándose en Suecia desde mediados de la década de 1990... Puede que Suecia siga teniendo una distribución de la renta más «igualitaria» que Estados Unidos y el Reino Unido, pero sigue siendo muy desigual, y la desigualdad ha aumentado más rápidamente desde la década de 1990 que en ninguna otra economía capitalista avanzada... En 1980, el 1 % más rico de los propietarios de riqueza personal poseía el 17,7 % de toda la riqueza personal; ahora posee el 22,5 %... El 50 % más pobre de los suecos poseía tan solo el 13,4 % de la riqueza personal total en 1980; ahora tiene más deuda que riqueza, con un -10,9 %, tal ha sido el aumento del endeudamiento (hipotecas, etc.)... El país es uno de los líderes mundiales en la prestación de servicios públicos a cargo del sector privado, financiados por el Gobierno. Aproximadamente un tercio de todos los centros de enseñanza secundaria suecos son las denominadas «escuelas libres», la mayoría de las cuales están gestionadas por empresas con ánimo de lucro. Sus acciones se cotizan incluso en bolsa. Las escuelas suecas han pasado de ser unas de las mejores del mundo en las clasificaciones internacionales a ser «unas de las más mediocres» (Michael Roberts)

"Suecia acude hoy a las urnas en unas elecciones generales extremadamente reñidas que podrían suponer la entrada de la extrema derecha en el Gobierno por primera vez, si los partidos de derecha del país logran formar una mayoría. Sin embargo, las encuestas de opinión sitúan en cabeza a la alianza de oposición de centroizquierda, siendo Magdalena Andersson, de los Socialdemócratas, la favorita para volver a ocupar el cargo de primera ministra tras cuatro años en la oposición. No obstante, la ventaja de su bloque se ha reducido considerablemente en los últimos días de la campaña.

En 2022, el actual primer ministro, Ulf Kristersson, líder de los Moderados (de centro-derecha), rompió un tabú de larga data al llegar a un acuerdo con los Demócratas de Suecia (SD), un partido antiinmigración, para que su coalición minoritaria pudiera formar gobierno. Ese acuerdo otorgó al SD una influencia desmesurada sobre la política gubernamental, especialmente en materia de delincuencia e inmigración, y Kristersson ha ido ahora más allá, prometiendo cargos ministeriales al SD si vuelve al poder. En un intento por recuperar votantes, los socialdemócratas de Andersson también se han desplazado hacia la derecha en materia de delincuencia, inmigración e integración, lo que significa que una victoria de la izquierda probablemente no supondría una reforma de las actuales políticas de línea dura. De hecho, al igual que en Dinamarca, los socialdemócratas han adoptado las políticas de inmigración de la derecha.

Además, han respaldado el fin de la tradicional política de «neutralidad» de Suecia en materia de asuntos exteriores y han apoyado con entusiasmo la adhesión de Suecia a la OTAN, convirtiéndose en uno de los países más beligerantes a la hora de respaldar la continuación de la guerra en Ucrania contra la invasión rusa. De hecho, la supuesta «amenaza rusa» de invadir Europa es un tema recurrente en casi todos los partidos políticos suecos. Andersson declaró al FT que sus principales prioridades en el Gobierno eran Ucrania y «intensificar la cooperación» con los países europeos —aparentemente, no el coste de la vida ni las cuestiones económicas—.

 De todos modos, siempre fue una ilusión que Suecia representara la «tercera vía» entre el capitalismo de libre mercado sin restricciones y el comunismo autocrático de economía planificada. Los grandes logros del movimiento obrero sueco a principios del siglo XX se han ido revirtiendo de forma constante. Al igual que en otras economías capitalistas, las políticas del neoliberalismo —un retorno a los mercados libres, una baja fiscalidad para los ricos y las empresas, recortes en el Estado del bienestar y en los salarios reales, el aumento de la desigualdad, etc.— llevan aplicándose en Suecia desde mediados de la década de 1990.
Puede que Suecia siga teniendo una distribución de la renta más «igualitaria» que Estados Unidos y el Reino Unido, pero sigue siendo muy desigual —y la desigualdad ha aumentado más rápidamente desde la década de 1990 que en ninguna otra economía capitalista avanzada—. El 10 % de los suecos con mayores ingresos se lleva a casa (después de impuestos) el 33 % de todos los ingresos personales, mientras que el 50 % con menores ingresos solo se reparte el 20 %.

La desigualdad en la riqueza es aún peor. En 1980, el 1 % más rico de los propietarios de riqueza personal poseía el 17,7 % de toda la riqueza personal; ahora posee el 22,5 %. El 10 % más rico poseía el 54,4 % en 1980; ahora posee el 68,2 %. El 50 % más pobre de los suecos poseía tan solo el 13,4 % de la riqueza personal total en 1980; ahora tiene más deuda que riqueza, con un -10,9 %!, tal ha sido el aumento del endeudamiento (hipotecas, etc.)! – Cifras del WID. En Suecia, al igual que en la mayoría de los demás países nórdicos, las reformas fiscales de la década de los noventa han reducido la carga fiscal de los hogares más acomodados, por ejemplo, mediante la reducción de los impuestos sobre el capital y la disminución o supresión de los impuestos sobre el patrimonio. Al mismo tiempo, se han producido recortes en las prestaciones sociales destinadas a los más desfavorecidos.
Suecia ya no es un modelo de asistencia estatal. 

El país es uno de los líderes mundiales en la prestación de servicios públicos a cargo del sector privado, financiados por el Gobierno. Aproximadamente un tercio de todos los centros de enseñanza secundaria suecos son las denominadas «escuelas libres», la mayoría de las cuales están gestionadas por empresas con ánimo de lucro, mientras que alrededor del 40 % de los proveedores de atención primaria son de titularidad privada. Sus acciones se cotizan incluso en bolsa. La prestación de servicios públicos se ha externalizado en detrimento de la calidad. Las escuelas suecas han pasado de ser unas de las mejores del mundo en las clasificaciones internacionales a ser «unas de las más mediocres». Los socialdemócratas se han opuesto desde hace tiempo a que las escuelas independientes puedan obtener beneficios y repartir dividendos. Sin embargo, nunca han logrado reunir una mayoría para poner fin a esta situación.

Y luego está la inmigración. Más de 600 000 inmigrantes procedentes de Oriente Medio han entrado en el país desde la crisis de Siria e Irak. Muchos inmigrantes son hombres jóvenes solteros y han ayudado a las empresas capitalistas y al sector público a superar una grave escasez de mano de obra para trabajos poco cualificados. Sin embargo, la proporción de inmigrantes por habitante es mucho mayor que en cualquier otra economía europea, lo que ha aumentado la presión sobre unos servicios públicos que ya se veían afectados por las medidas neoliberales. Las pequeñas localidades suecas han sufrido salarios bajos y servicios de menor calidad, y además se han enfrentado a una afluencia de nuevos inmigrantes. Este fue el caldo de cultivo para el mensaje racista y nacionalista de los Demócratas: «Suecia para los suecos».

El auge de los Demócratas Suecos sigue el patrón del denominado populismo que hemos observado en Alemania, Francia, Italia, Dinamarca y otros países de la UE, así como con el Brexit en el Reino Unido y Trump en EE. UU. Es el resultado del fracaso del capitalismo a la hora de cumplir sus promesas tras el fin de la Edad de Oro a mediados de la década de 1960, pero sobre todo tras la crisis financiera mundial, la Gran Recesión y la posterior Gran Depresión. El capitalismo sueco, de forma algo similar a lo ocurrido en Alemania (aunque se trate de una economía mucho más pequeña), ha experimentado una desaceleración del crecimiento económico en las últimas décadas y, en particular, desde 2008.

Sea cual sea el bloque político —de izquierda o de derecha— que obtenga la mayoría en el nuevo parlamento, poco cambiará."

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