22.10.26

La Marsellesa se oye en los institutos, en los colegios movilizados, sobre todo en los barrios populares y en los suburbios. Así que hay una historia oculta, y te das cuenta de que ahí hay algo profundo a pesar de todo... Para hacer balance del día 17, es muy importante entender la magnitud de lo que está pasando. Yo participé en esa manifestación y nunca en mi vida había visto nada igual, en cuanto a la masividad, la determinación y la mezcla de gente de todo tipo. Fue una oleada, una marea humana... todo esto no puede desaparecer de golpe, porque hay algo demasiado fuerte, demasiado profundo en lo que acaba de manifestarse, y que aún tenemos que entender. Esto nos habla de una nueva etapa, que lo reabre todo por completo, llena de nuevas posibilidades y que debe darnos motivos para tener esperanza... La movilización va a dar lugar, efectivamente, a un desenlace que, por su propia naturaleza, no se puede prever. Esto no ha terminado, porque este movimiento no va a parar: es demasiado profundo, está demasiado arraigado. Además, tiene una dimensión internacional. Hay algo, desde el punto de vista generacional, que también está ocurriendo y que hace que este movimiento no se detenga ni con la imposición de un toque de queda ni con otras medidas autoritarias que, estoy seguro, no tardarán en adoptarse... Lo que está en juego ahora, de hecho, es que el movimiento obrero tome el relevo, es decir, que la clase trabajadora tome el relevo... lo que está en juego ahora es que los trabajadores y trabajadoras de este país no sean meros espectadores de lo que está pasando, que no se queden paralizados por la situación, sobre todo porque aún hay zonas de incertidumbre... Así que solo estamos al principio (Olivier Besançenot)

"Olivier Besançenot: "lo que está en juego ahora es que los trabajadores y trabajadoras de este país no sean meros espectadores de lo que está pasando, que no se queden paralizados por la situación"

El 17 de octubre de 2026, cientos de miles de personas se echaron a las calles por toda Francia. La movilización, que partió de la juventud y los institutos, reunió a otros sectores de la sociedad en torno al tema del poder adquisitivo, al margen de los marcos sindicales y políticos tradicionales. El gobierno de Macron responde con una represión de una magnitud sin precedentes: un número de detenciones nunca visto desde que empezó el movimiento de los institutos, un toque de queda parcial, la disolución de organizaciones que ya se está barajando y muertes cuyas circunstancias aún están por aclarar.

Francia no es un caso aislado. En Bélgica, en Italia —donde el Gobierno de Giorgia Meloni ha decidido enviar al ejército a Milán para reprimir las manifestaciones—, en Albania, en España o en Portugal, donde la consigna de la huelga general está en boca de todos, la juventud se levanta frente a unos gobiernos cada vez más ricos y autoritarios. En las calles de París, sobre todo, coros improvisados entonaban La Marsellesa, pero también «El pueblo unido jamás será vencido», La Internacional y «Va, pensiero», el coro de los esclavos hebreos de Nabucco de Verdi, bajo el gas lacrimógeno. Tantas canciones de emancipación cargadas de las promesas de las luchas del pasado, como ese eslogan que resonaba con especial fuerza ese 17 de octubre, 65 años después de la masacre de argelinos perpetrada en París por la policía del prefecto Maurice Papon, condenado en 1998 por complicidad en crímenes contra la humanidad debido a su papel en la deportación de los judíos de Gironda durante la Ocupación: «Somos los hijos de aquellos a los que no ahogasteis».

Ahora que se ha convocado una jornada de acción interprofesional para el 5 de noviembre, Olivier Besancenot repasa contigo esta etapa, sus raíces históricas —desde la Revolución Francesa hasta la Comuna de París— y las razones para creer en ella. Entrevista realizada el 20 de octubre de 2026 [Red. Marx21].

Stefanie Prezioso: ¿Qué hay de nuevo y sorprendente en la movilización social de la juventud en Francia y en la unión que se ha creado con otros sectores de la sociedad en torno al tema del poder adquisitivo, el 17 de octubre, que remite a la crisis de la reproducción social?

Olivier Besancenot: Lo nuevo y sorprendente de la movilización del 17 de octubre y de la unión que se ha creado es que se está llevando a cabo fuera de los marcos tradicionales.

Ya habíamos visto antes estallidos sociales, ya fueran sectoriales o temáticos, que evidentemente escapaban al control de las organizaciones del movimiento obrero, ya fueran sindicales, sociales o políticas; los Chalecos Amarillos, por ejemplo. Pero que empiece a producirse una unión, fuera de esos marcos, entre sectores completamente diferentes de la sociedad, con el apoyo y la participación —implícita o explícita— de ciertas estructuras, eso, que yo recuerde, nunca se había visto.

Esto explica, por un lado, la sorpresa que ha pillado desprevenido al poder político, pero también pone de relieve los límites del movimiento en cuanto a su organización democrática. Creo que esto remite realmente a la crisis global en la que vivimos, que es también una crisis de las organizaciones del movimiento obrero, a una evolución de la sociedad y a un nuevo tipo de proletariado que, de hecho, está surgiendo a través de este tipo de experiencia.

S. P.: A menudo mencionas la Revolución Francesa y la Comuna de París, con sus aspiraciones sociales y democráticas impulsadas por las clases populares, para reflexionar sobre lo que estamos viviendo hoy. ¿Por qué son tan importantes estas referencias históricas?

O. B.: Es cierto que mi referencia más cercana siempre ha sido la Comuna de París de 1871, mucho más que la Revolución Francesa, que estoy aprendiendo a descubrir —o a redescubrir— a partir de las luchas, sobre todo la de los Chalecos Amarillos. Este movimiento fue un punto de inflexión: esa historia volvió a colarse en la movilización de forma subliminal… o quizá no tanto. Las grandes manifestaciones de diciembre, que subían por la calle de Rivoli hasta la plaza de la Concordia para llegar a toda costa al Elíseo y encontrarse allí con Macron, evocaban, por supuesto, las grandes revueltas campesinas, lideradas sobre todo por mujeres, que iban a buscar al rey a su castillo para traerlo de vuelta, por ejemplo, a París. Por no hablar de la bandera francesa, que no era solo una muestra de la presencia de las corrientes de extrema derecha que había al principio del movimiento, ni tampoco de La Marsellesa, cantada a todo pulmón, que he aprendido a escuchar de otra manera.

Esa Marsellesa se oye, por ejemplo, en los institutos, en los colegios movilizados, sobre todo en los barrios populares y en los suburbios. Así que hay una historia oculta. Y cuando aprendes a redescubrirla —como me está pasando a mí ahora mismo, sobre todo al leer laHistoria de la Revolución Francesa de Jules Michelet—, entiendes que, efectivamente, pasó algo extraordinario: el pueblo, desde abajo, puso fin a siglos de dominación, de organización y al modo de producción de la monarquía, y decidió acabar con todo eso, y lo hizo en varias ocasiones: desde la toma de la Bastilla, pasando por el hecho de que, en octubre de 1789, fueran a buscar al rey para traerlo de vuelta a París —un secuestro masivo como ya no se hacen—; más tarde, el hecho de cortarle la cabeza; y aún más tarde, la organización de jornadas insurreccionales y comunalistas. Inevitablemente, esto deja huellas que, por mi parte, había subestimado. Pertenecemos a una corriente muy marcada, muy marcada por el siglo político que se abrió con la Revolución de Octubre de 1917 y se cerró en 1989, y te das cuenta de que ahí hay algo profundo a pesar de todo.

S. P.: ¿Qué nos dice el alcance de la represión actual en Francia, por parte de un gobierno supuestamente centrista, que no tiene nada que envidiarle a la del gobierno de extrema derecha de Giorgia Meloni, sobre el acercamiento entre las derechas más o menos extremas en Europa y en el mundo?

O. B.: La magnitud de la represión es, en este caso, absolutamente sin precedentes. En cuanto al número de detenciones desde el inicio del movimiento de los estudiantes de secundaria, supera con creces incluso a lo que vivió el movimiento de los Chalecos Amarillos, que a su vez ya había superado con creces las movilizaciones contra el contrato de primera contratación (CPE) o las de los años noventa. De hecho, los barrios populares han sido el laboratorio donde se ha sistematizado un dispositivo represivo que ahora se está extendiendo a todo tipo de estallidos sociales. Esto nos habla, en primer lugar, del liberalismo y sus medidas, que necesitan un giro autoritario.

Luego nos habla, también, sobre la fascización en curso —así es como la llamo a pesar de todo, aunque se pueda discutir el término, porque al menos tiene el mérito de señalar lo que está pasando: el gobierno de Macron ya ha puesto en marcha toda una serie de medidas, incluso antes de que la extrema derecha llegue al poder. En julio, por ejemplo, se concedió por ley la presunción de legítima defensa a las fuerzas del orden, algo que la extrema derecha llevaba tiempo reclamando. Y podríamos dar muchos más ejemplos. En este proceso, también se ve hasta qué punto la Macronía está perdiendo el control de su propio aparato represivo. Así que hay una pérdida de control de la situación y, en esta carrera contrarreloj, se da lo que Daniel Bensaïd llamaba la "discordancia de los tiempos": entre el tiempo social, que se radicaliza, y el tiempo político, que, por su parte, no ha llegado ni de lejos a ese punto.

S. P.: Los medios han hecho mucho hincapié en la violencia sin precedentes del 17 de octubre, que sin duda refleja una ira exacerbada. Pero lo que más nos ha sorprendido ha sido ver cómo convergían cientos de miles de manifestantes por toda Francia, unidos en un mismo rechazo a la injusticia social y a la negación de la democracia. ¿Qué balance sacas de ese día?

O. B.: Para hacer balance del día 17, es muy importante entender la magnitud de lo que está pasando. Yo participé en esa manifestación y nunca en mi vida había visto nada igual, en cuanto a la masividad, la determinación y la mezcla de gente de todo tipo. Fue una oleada, una marea humana. Evidentemente, cuando vuelves a casa por la noche y ves cómo los medios y la política dominante tratan estos sucesos —que, por cierto, sí que ocurrieron—, te da la sensación de que no has participado en lo mismo. Y eso, por ahora, queda oculto en el debate político francés, ya que lo que predomina es el estupor, junto con la instrumentalización política de lo que ha pasado: tiendas destrozadas, a veces saqueadas.

Pero todo esto no puede desaparecer de golpe, porque hay algo demasiado fuerte, demasiado profundo en lo que acaba de manifestarse, y que aún tenemos que entender: un movimiento que se convocó solo a través de las redes sociales y que luego recibió el apoyo de varias organizaciones. Esto nos habla de una nueva etapa, que lo reabre todo por completo, llena de nuevas posibilidades y que, a pesar de la inquietud política del momento —que persiste y que se cierne sobre esta etapa—, debe darnos motivos para tener esperanza.

S. P. : Los cientos de miles de personas movilizadas seguramente piensan hoy que las manifestaciones no bastan para doblegar a un gobierno de mano dura, que no duda en decretar un toque de queda parcial. La consigna de la huelga general está en boca de todos, como en el Estado español. ¿Qué te parece?

O. B.: La movilización va a dar lugar, efectivamente, a un desenlace que, por su propia naturaleza, no se puede prever. Esto no ha terminado, porque este movimiento no va a parar: es demasiado profundo, está demasiado arraigado. Además, tiene una dimensión internacional. Cuando miras más allá de nuestras fronteras, ves que, en lo que respecta a la juventud, están pasando cosas parecidas —o que nos apetece comparar— en Bélgica, Italia y Albania. También está el movimiento que se está desarrollando en el Estado español. Hay algo, desde el punto de vista generacional, que también está ocurriendo y que hace que este movimiento no se detenga ni con la imposición de un toque de queda ni con otras medidas autoritarias que, estoy seguro, no tardarán en adoptarse —quizá incluso la disolución de algunas organizaciones; aún no lo sabemos—.

Lo que está en juego ahora, de hecho, es que el movimiento obrero tome el relevo, es decir, que la clase trabajadora tome el relevo. Si no hay fuerza en el número, en el sentido de recordar el lugar que ocupan los productores y las productoras en la sociedad, entonces, por desgracia, no será suficiente, y no conseguiremos que esta revuelta legítima dé lugar a una conciencia de clase madura, basada en victorias parciales, o al menos en una visibilidad que nos dé razones para creer en ello. Esto es lo que está en juego detrás del lema de la huelga general. Se ha convocado una jornada de acción interprofesional para el 5 de noviembre: lo que está en juego ahora es que los trabajadores y trabajadoras de este país no sean meros espectadores de lo que está pasando, que no se queden paralizados por la situación, sobre todo porque aún hay zonas de incertidumbre.

Se habla de muertos en las manifestaciones, sin que haya una explicación completa; se dan testimonios, se plantean tesis e hipótesis, pero ya hemos llegado a este nivel de gravedad. Así que solo estamos al principio, y por supuesto estamos ansiosos por ver qué nos depara el futuro, aunque por otra parte nos sentimos extremadamente —¿cómo decirlo?— agobiados por la inquietud política del momento, porque vemos que todos los ingredientes de esta época, de esta época tan complicada en la que vivimos, están volviendo a aparecer."

(Entrevista realizada por Stéfanie Prezioso a Olivier Besançenot, Viento Sur, 21/10/26, fuente Marx21) 

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