"Las imágenes de las protestas y de la rebelión popular circulan por los medios internacionales. Manifestaciones masivas, enfrentamientos con la policía, barricadas, saqueos, gases y fuego en París y otras ciudades del país. Los medios hablan de violencia, de la violencia de los manifestantes, de saqueos y degradaciones, como si estos elementos fueran el corazón de las protestas, sus objetivos centrales. Sin embargo éstos no son otra cosa que la consecuencia inevitable de una exploción social que se venía gestando desde hace meses e incluso años.
Una década de contrarreformas neoliberales
El descontento social se venía acumulando desde hacía una década, desde que el presidente Fraçois Hollande, del Partido Socialista, impulsó varias reformas neoliberales. Varias de ellas llevadas adelante por el entonces ministro de economía, y actual presidente, Emmanuel Macron. Desde hace una década que los servicios públicos se vienen deteriorando a ritmo acelerado, que muchas empresas, sobre todo industriales, cierran, despidiendo a miles de trabajadores. Que el paro aumenta, al igual que el costo de la vida y que las grandes fortunas aumentan sus patrimonios y ganancias.
La lucha contra la reformas y las respuestas del gobierno
En los últimos 10 años diferentes movimientos populares o sindicales surgieron para enfrentarse a las distintas reformas. En 2016 contra la reforma del código laboral, en 2018 los chalecos amarillos y en 2019 y 2023 el movimiento contra las reformas de las pensiones.
En cada ocasión, los diferentes gobiernos respondieron con más represión, desoyendo las reivindicaciones más allá del apoyo mayoritario a las mismas, e imponiendo las leyes por decreto [el al famoso art. 49.3 de la constitución que permite al presidente del gobierno imponer una medida] cuando no disponían de la mayoría necesaria en el parlamento cuando no dispone de la mayoría necesaria en el parlamento].
Así, el poder se viene manteniendo más por la fuerza represiva que por su legitimidad democrática. Para entender el fuerte descontento y la ausencia de legitimidad del gobierno, hay que sumarle el hecho de que tras la disolución del parlamento en 2024 Macron nombró como primer ministros a políticos cuyas fuerzas llegaron en tercer o cuarto lugar en las elecciones legislativas, poniendo fin a la costumbre de nombrar primer ministro al partido que llega en cabeza: en aquel momento, la coalición de izquierdas Nuevo Frente Popular, impulsado por la France Insoumise; así como el aumento de las violencias policiales, el racismo cada vez más explícito de los medios de comunicación y en las fuerzas represivas, y las distintas expresiones de desprecio hacia el malestar social.
Todo comienza con la juventud
El movimiento social actual comenzó a finales de septiembre en los liceos de la periferia parisina y de otras grandes ciudades. Un movimiento de la juventud de los barrios populares reivindicando poner fin a las pésimas condiciones en la enseñanza (sobre todo en las zonas populares): edificios en pésimas condiciones, falta de mesas y sillas, ratas en los pasillos, temperaturas extremas en verano y en invierno, insuficiente número de docentes. Pero también contra el filtro de acceso a la educación superior a través de la plataforma Parcoursup, impuesto en 2018, que tanto los estudios sociológicos como los sindicatos de la enseñanza califican como una plataforma de discriminación social.
Estas reivindicaciones de las y los estudiantes son compartidos por la gran mayoría de la juventud, incluso en barrios menos desfavorecidos. Pero fue la represión feroz, con imágenes que circularon rápidamente por la redes sociales, la que generó la rápida expansión del movimiento a la mayoría de las escuelas secundarias. Por primera vez en décadas, el movimiento no sólo alcanzó los liceos (a partir de 15 años) sino también varios colegios (entre 11 y 15 años). Y a las reivindicaciones por una educación de calidad, se le sumaron las consignas contra la represión
La solidaridad no tardó en hacerse oír
Frente a la represión, el movimiento sindical, padres y madres de alumnos y asociaciones ciudadanas se organizaron para proteger de la policía las protestas de las y los estudiantes: desde llevar comida a los bloqueos hasta organizar barreras humanas para protegerlos de la represión policial. El movimiento se extendió rápidamente a las universidades y las marchas organizadas empezaron a masificarse.
La juventud demostró que no les amedentraba la violenta represión y que era necesario seguir luchando por sus reivindicaciones. Durante dos semanas el gobierno se negó a hablar de las reivindicaciones del movimiento y puso el foco en los disturbios que generaba la protesta (basureros quemados...) y en la supuesta violencia de la juventud. La represión fue la única respuesta a las reivindicaciones del movimiento, convirtiendo al Ministro del interior en la principal figura del gobierno. El que parece gobernar, es el jefe mayor de la policía.
La vida cara y el descontento social generalizado
Desde principios de septiembre, distintas figuras de lo que fue el moviemento de los chalecos amarillos, hicieron un llamamiento a la mobilización para el 17 de octubre. Una fecha iba cogiendo fuerza incluso antes del inicio del movimiento de la juventud. Desde el inicio de la invasión a Ucrania, y más aún con los ataques estadounidenses a Irán, los precios se han disparado sin que los salarios aumenten de manera significativa. El aumento de la pobreza y las dificultades para llegar a fin de mes, con el precio de las viviendas por la nubes, implicaban la posibilidad del resurgimiento de un movimiento como el de los chalecos amarillos. Por ello, flotaba en el aire la posible convergencia entre estas dos luchas, que se dio de manera instantánea y se perfiló la posibilidad de un estallido social el 17 de octubre.
17-O: un verdadero estallido social
Y lo que podía pasar, pasó. Las manifestaciones fueron masivas. La policía estima 500 000 manifestantes en todo el país, las organizaciones sindicales 800 000. Pero incluso ésta última parece estar subvaluada. La cantidad de manifestaciones no declaradas y su masividad, hacen casi imposible de hacer una estimación correcta. Pero muchas ciudades, incluso pequeñas, informan que las manifestaciones han sido las más grandes en años.
La estrategia del gobierno fue de reprimir desde bien temprano toda manifestación o concentración no declarada, creando un clima de violencia desde la mañana. Por ello, no es de extrañar las acciones violentas que que se dieron a la tarde y a la noche del sábado.
Policía desbordada y represión
La plaza de la República estuvo llena de gases desde el mediodía y la manifestación debía empezar a las 14h. La policía impidió que muchos manifestantes entrasen a la plaza y se vieron obligados a deambular por la calles aledañas para sumarse a la manifestación. Los enfrentamientos comenzaron simplemente porque la policía bloqueaba las entradas.
Mientras miles y miles de personas intentaban avanzar por el recorrido oficial de la manifestación, los enfrentamientos se intensificaron en la plaza, con barricadas, autos incendiados y el saqueo de algunos comercios. Los medios de comunicación solo mostraban estas escenas.
Muchas y muchos manifestantes intentaron tomar otras direcciones, y las escenas de la plaza de la República se repitieron en otras calles y otros barrios de la ciudad. Incluso en lugares alejados del recorrido oficial, pero cercanos al Palacio presidencial o a Los Campos Eliseos, epicentro de los disturbios durante el movimiento de los chalecos amarillos. Escenas similares se vieron en otras ciudades, y las más marcantes fueron el incendio de la alcaldía en Limoges o la intrusión en la alcaldía de Marsella.
La policía se vio desbordada, incluso fueron incapaces de proteger un local de Dior. Este desbordamiento se debió a la masividad de las manifestaciones y al nivel de cólera en la población, pero también a la incapacidad del ministerio del interior de prever la situación: Solamente 10 000 policías en todo el país, cuando, por ejemplo, durante la visita del papa, solo en Paris se desplegaron 15 000 policías.
La policía usó y abusó de gases lacrimógenos, de matracas, granadas ensordecedoras o con proyectiles de goma. El saldo es un manifestante muerto por un paro cardíaco en París, otro perdió una mano en Saint-Etienne y otro un ojo en Mulhouse.
La cuestión de la violencia
El propio sábado y los días siguientes, los medios de comunicación y el gobierno se han focalizado en estas escenas de violencia, diciendo que los que saquean le han robado la manifestación a los jóvenes. Exigen un llamado a la calma y reconocen por primera vez la legitimidad de las reivindicaciones, pero sin darles una mínima respuesta. Básicamente están diciendo “si quieren protestar, háganlo, pero civilizadamente”, y sin aportar ninguna solución.
Por su parte, la extrema derecha aprovecha la situación para acusar de la violencia a la población inmigrante, y el gobierno a la izquierda (LFI, NPA...), sin explicar la razones del estallido.
Como todo estallido social, éste pasa por caminos sinuosos. No existe un estallido social en el que no haya situaciones como las vividas el sábado 17. No existe un estallido controlado. El descontento social se expresa como puede, y a veces pasa por saqueos y enfrentamientos con la policía. Los llamamientos a condenar la violencia y las amenazas de procesos por apología sólo tienen por objetivo de disciplinar y amordazar la contestación social.
Par nosotros y nosotras, la cuestión no es de hacer la criba entre buenos y malos manifestantes, entre métodos moralmente aceptables o condenables, sino plantear cómo mantener la unidad y la radicalidad de lo movimiento, como trabajar para ampliarlo y estructurarlo.
Un movimiento politizado con reivindicaciones claras
La potencialidad de este movimiento radica principalmente en sus reivindicaciones. A las enumeradas más arriba hay que sumarles otras que demuestran un nivel de politización importante. La lucha contra la extrema derecha es un elemento central y la crítica de la miseria de este mundo está bien presente. La ideas anticapitalistas está presente o tiene un buen eco en el movimiento.
¿Qué perspectivas?
El futuro de la movilización está abierto. El gobierno apuesta a que las vacaciones escolares y las medidas represivas impuestas este domingo (toque de queda parcial, represión judicial) hagan bajar la presión y que todo vuelva a una pseudonormalidad sin tener que realizar concesiones.
Pero aunque esto sea siempre una posibilidad, todo indica que, más allá de que estemos frente a dos semanas relativamente calmas, la lucha vaya a continuar. Ya existen llamamientos a un acto II para el sábado 24 y está en marcha una importante movilización contra el congreso del RN de Marine Le Pen en Orleans .
Lo que hay que ver es si el movimiento estudiantil puede aprovechar las vacaciones para estructurarse de manera perenne y si empieza a contagiarse en las empresas y el movimiento sindical, con el 5 de noviembre, día de huelgas y movilizaciones convocada por la intersindical, como objetivo."
Una década de contrarreformas neoliberales
El descontento social se venía acumulando desde hacía una década, desde que el presidente Fraçois Hollande, del Partido Socialista, impulsó varias reformas neoliberales. Varias de ellas llevadas adelante por el entonces ministro de economía, y actual presidente, Emmanuel Macron. Desde hace una década que los servicios públicos se vienen deteriorando a ritmo acelerado, que muchas empresas, sobre todo industriales, cierran, despidiendo a miles de trabajadores. Que el paro aumenta, al igual que el costo de la vida y que las grandes fortunas aumentan sus patrimonios y ganancias.
La lucha contra la reformas y las respuestas del gobierno
En los últimos 10 años diferentes movimientos populares o sindicales surgieron para enfrentarse a las distintas reformas. En 2016 contra la reforma del código laboral, en 2018 los chalecos amarillos y en 2019 y 2023 el movimiento contra las reformas de las pensiones.
En cada ocasión, los diferentes gobiernos respondieron con más represión, desoyendo las reivindicaciones más allá del apoyo mayoritario a las mismas, e imponiendo las leyes por decreto [el al famoso art. 49.3 de la constitución que permite al presidente del gobierno imponer una medida] cuando no disponían de la mayoría necesaria en el parlamento cuando no dispone de la mayoría necesaria en el parlamento].
Así, el poder se viene manteniendo más por la fuerza represiva que por su legitimidad democrática. Para entender el fuerte descontento y la ausencia de legitimidad del gobierno, hay que sumarle el hecho de que tras la disolución del parlamento en 2024 Macron nombró como primer ministros a políticos cuyas fuerzas llegaron en tercer o cuarto lugar en las elecciones legislativas, poniendo fin a la costumbre de nombrar primer ministro al partido que llega en cabeza: en aquel momento, la coalición de izquierdas Nuevo Frente Popular, impulsado por la France Insoumise; así como el aumento de las violencias policiales, el racismo cada vez más explícito de los medios de comunicación y en las fuerzas represivas, y las distintas expresiones de desprecio hacia el malestar social.
Todo comienza con la juventud
El movimiento social actual comenzó a finales de septiembre en los liceos de la periferia parisina y de otras grandes ciudades. Un movimiento de la juventud de los barrios populares reivindicando poner fin a las pésimas condiciones en la enseñanza (sobre todo en las zonas populares): edificios en pésimas condiciones, falta de mesas y sillas, ratas en los pasillos, temperaturas extremas en verano y en invierno, insuficiente número de docentes. Pero también contra el filtro de acceso a la educación superior a través de la plataforma Parcoursup, impuesto en 2018, que tanto los estudios sociológicos como los sindicatos de la enseñanza califican como una plataforma de discriminación social.
Estas reivindicaciones de las y los estudiantes son compartidos por la gran mayoría de la juventud, incluso en barrios menos desfavorecidos. Pero fue la represión feroz, con imágenes que circularon rápidamente por la redes sociales, la que generó la rápida expansión del movimiento a la mayoría de las escuelas secundarias. Por primera vez en décadas, el movimiento no sólo alcanzó los liceos (a partir de 15 años) sino también varios colegios (entre 11 y 15 años). Y a las reivindicaciones por una educación de calidad, se le sumaron las consignas contra la represión
La solidaridad no tardó en hacerse oír
Frente a la represión, el movimiento sindical, padres y madres de alumnos y asociaciones ciudadanas se organizaron para proteger de la policía las protestas de las y los estudiantes: desde llevar comida a los bloqueos hasta organizar barreras humanas para protegerlos de la represión policial. El movimiento se extendió rápidamente a las universidades y las marchas organizadas empezaron a masificarse.
La juventud demostró que no les amedentraba la violenta represión y que era necesario seguir luchando por sus reivindicaciones. Durante dos semanas el gobierno se negó a hablar de las reivindicaciones del movimiento y puso el foco en los disturbios que generaba la protesta (basureros quemados...) y en la supuesta violencia de la juventud. La represión fue la única respuesta a las reivindicaciones del movimiento, convirtiendo al Ministro del interior en la principal figura del gobierno. El que parece gobernar, es el jefe mayor de la policía.
La vida cara y el descontento social generalizado
Desde principios de septiembre, distintas figuras de lo que fue el moviemento de los chalecos amarillos, hicieron un llamamiento a la mobilización para el 17 de octubre. Una fecha iba cogiendo fuerza incluso antes del inicio del movimiento de la juventud. Desde el inicio de la invasión a Ucrania, y más aún con los ataques estadounidenses a Irán, los precios se han disparado sin que los salarios aumenten de manera significativa. El aumento de la pobreza y las dificultades para llegar a fin de mes, con el precio de las viviendas por la nubes, implicaban la posibilidad del resurgimiento de un movimiento como el de los chalecos amarillos. Por ello, flotaba en el aire la posible convergencia entre estas dos luchas, que se dio de manera instantánea y se perfiló la posibilidad de un estallido social el 17 de octubre.
17-O: un verdadero estallido social
Y lo que podía pasar, pasó. Las manifestaciones fueron masivas. La policía estima 500 000 manifestantes en todo el país, las organizaciones sindicales 800 000. Pero incluso ésta última parece estar subvaluada. La cantidad de manifestaciones no declaradas y su masividad, hacen casi imposible de hacer una estimación correcta. Pero muchas ciudades, incluso pequeñas, informan que las manifestaciones han sido las más grandes en años.
La estrategia del gobierno fue de reprimir desde bien temprano toda manifestación o concentración no declarada, creando un clima de violencia desde la mañana. Por ello, no es de extrañar las acciones violentas que que se dieron a la tarde y a la noche del sábado.
Policía desbordada y represión
La plaza de la República estuvo llena de gases desde el mediodía y la manifestación debía empezar a las 14h. La policía impidió que muchos manifestantes entrasen a la plaza y se vieron obligados a deambular por la calles aledañas para sumarse a la manifestación. Los enfrentamientos comenzaron simplemente porque la policía bloqueaba las entradas.
Mientras miles y miles de personas intentaban avanzar por el recorrido oficial de la manifestación, los enfrentamientos se intensificaron en la plaza, con barricadas, autos incendiados y el saqueo de algunos comercios. Los medios de comunicación solo mostraban estas escenas.
Muchas y muchos manifestantes intentaron tomar otras direcciones, y las escenas de la plaza de la República se repitieron en otras calles y otros barrios de la ciudad. Incluso en lugares alejados del recorrido oficial, pero cercanos al Palacio presidencial o a Los Campos Eliseos, epicentro de los disturbios durante el movimiento de los chalecos amarillos. Escenas similares se vieron en otras ciudades, y las más marcantes fueron el incendio de la alcaldía en Limoges o la intrusión en la alcaldía de Marsella.
La policía se vio desbordada, incluso fueron incapaces de proteger un local de Dior. Este desbordamiento se debió a la masividad de las manifestaciones y al nivel de cólera en la población, pero también a la incapacidad del ministerio del interior de prever la situación: Solamente 10 000 policías en todo el país, cuando, por ejemplo, durante la visita del papa, solo en Paris se desplegaron 15 000 policías.
La policía usó y abusó de gases lacrimógenos, de matracas, granadas ensordecedoras o con proyectiles de goma. El saldo es un manifestante muerto por un paro cardíaco en París, otro perdió una mano en Saint-Etienne y otro un ojo en Mulhouse.
La cuestión de la violencia
El propio sábado y los días siguientes, los medios de comunicación y el gobierno se han focalizado en estas escenas de violencia, diciendo que los que saquean le han robado la manifestación a los jóvenes. Exigen un llamado a la calma y reconocen por primera vez la legitimidad de las reivindicaciones, pero sin darles una mínima respuesta. Básicamente están diciendo “si quieren protestar, háganlo, pero civilizadamente”, y sin aportar ninguna solución.
Por su parte, la extrema derecha aprovecha la situación para acusar de la violencia a la población inmigrante, y el gobierno a la izquierda (LFI, NPA...), sin explicar la razones del estallido.
Como todo estallido social, éste pasa por caminos sinuosos. No existe un estallido social en el que no haya situaciones como las vividas el sábado 17. No existe un estallido controlado. El descontento social se expresa como puede, y a veces pasa por saqueos y enfrentamientos con la policía. Los llamamientos a condenar la violencia y las amenazas de procesos por apología sólo tienen por objetivo de disciplinar y amordazar la contestación social.
Par nosotros y nosotras, la cuestión no es de hacer la criba entre buenos y malos manifestantes, entre métodos moralmente aceptables o condenables, sino plantear cómo mantener la unidad y la radicalidad de lo movimiento, como trabajar para ampliarlo y estructurarlo.
Un movimiento politizado con reivindicaciones claras
La potencialidad de este movimiento radica principalmente en sus reivindicaciones. A las enumeradas más arriba hay que sumarles otras que demuestran un nivel de politización importante. La lucha contra la extrema derecha es un elemento central y la crítica de la miseria de este mundo está bien presente. La ideas anticapitalistas está presente o tiene un buen eco en el movimiento.
¿Qué perspectivas?
El futuro de la movilización está abierto. El gobierno apuesta a que las vacaciones escolares y las medidas represivas impuestas este domingo (toque de queda parcial, represión judicial) hagan bajar la presión y que todo vuelva a una pseudonormalidad sin tener que realizar concesiones.
Pero aunque esto sea siempre una posibilidad, todo indica que, más allá de que estemos frente a dos semanas relativamente calmas, la lucha vaya a continuar. Ya existen llamamientos a un acto II para el sábado 24 y está en marcha una importante movilización contra el congreso del RN de Marine Le Pen en Orleans .
Lo que hay que ver es si el movimiento estudiantil puede aprovechar las vacaciones para estructurarse de manera perenne y si empieza a contagiarse en las empresas y el movimiento sindical, con el 5 de noviembre, día de huelgas y movilizaciones convocada por la intersindical, como objetivo."
(Martin Hache, Viento Sur, 21/10/26)
No hay comentarios:
Publicar un comentario