27.10.26

Los grandes cambios sociales provienen de la llamada “periferia” social. El origen de los dos levantamientos sociales en Francia se encuentra en las provincias alejadas de las metrópolis -chalecos amarillos- o en los barrios periféricos de las grandes ciudades -los estudiantes de secundaria-... Las dos oleadas de izquierda a inicios del siglo XXI emergieron desde la periferia geográfica latinoamericana... En general, los promotores iniciales del cambio social han de provenir inicialmente de las poblaciones dejadas de lado por la concentración de la riqueza y el poder; en unos casos, de los obreros más oprimidos, en otros, de las grandes poblaciones campesinas marginalizadas, de las jóvenes generaciones sin futuro, o de los pobladores más agraviados... El malestar estadounidense contra el globalismo de libre mercado se incubó inicialmente en las dispersas áreas rurales, entre las clases medias y populares del antiguo “cinturón del óxido”, hoy desindustrializadas y abandonadas... La periferia designa algo más profundo y estructural en el orden capitalista. Puede ser de la ciudad respecto al mundo agrario de un país; de la empresa mercantil respecto a la comunidad agraria; del centro urbano respecto a los barrios periféricos; de la identidad de clase emergente con la mercantilización de la vida, respecto a la identidad nacional... En la periferia se agolpan los agraviados de siempre, los discriminados toda la vida por su desposesión material, por su color de piel o por su lugar de nacimiento, los despreciados y olvidados por cada “ajuste” del gasto público, o por cada “flexibilización laboral” con las que las clases adineradas buscan revertir la caída de sus ganancias (Álvaro García Linera)

"Los grandes cambios sociales suelen surgir en las periferias geográficas y sociales, donde se concentran las contradicciones del capitalismo y los sectores excluidos. Marx identificó en los trabajadores y los territorios marginalizados un potencial revolucionario capaz de cuestionar el orden dominante. Sin embargo, la marginalidad por sí sola no transforma la sociedad: la fuerza subversiva reside en las luchas que superan la fragmentación, construyen una nueva universalidad y conquistan el centro del poder. Esta dinámica reproduce la tensión entre centro y periferia, cuya posible superación sigue abierta.      

Cuando nos fijamos en el origen de los grandes cambios sociales que conmocionan la historia, estos provienen, la mayor parte de las veces, de la llamada “periferia” social. Las dos oleadas de izquierda y del progresismo mundial a inicios del siglo XXI emergieron desde la periferia geográfica latinoamericana del orden mundial. El origen de los dos levantamientos sociales en Francia en 2018 y 2026, se encuentra en las provincias alejadas de las metrópolis -chalecos amarillos- o en los barrios periféricos de las grandes ciudades -los estudiantes de secundaria-. En general, los promotores iniciales del cambio social han de provenir inicialmente de las poblaciones dejadas de lado por la concentración de la riqueza y el poder; en unos casos, de los obreros más oprimidos, en otros, de las grandes poblaciones campesinas marginalizadas, de las jóvenes generaciones sin futuro, o de los pobladores más agraviados.

El malestar estadounidense contra el globalismo de libre mercado se incubó inicialmente en las dispersas áreas rurales, entre las clases medias y populares del antiguo “cinturón del óxido”, hoy desindustrializadas y abandonadas por la deslocalización productiva de los tratados de libre comercio. Incluso el declive sistémico del globalismo liberal que ahora agobia a todas las sociedades “avanzadas” de Occidente, tuvo su origen en la extraordinaria industrialización de las periféricas excolonias asiáticas -China, Vietnam, India, Singapur, Taiwán…- que en tres décadas han alcanzado a concentrar el 50% del producto interno bruto (PIB) mundial.

Si bien la eficacia de estas transformaciones sociales ha de ponerse a prueba en la capacidad que tienen estos actores para luego irradiarse y anclarse en los grandes “centros” del orden social, político o global, estos movimientos tienden a emerger preferentemente en las periferias, allí donde el poder global, nacional o estatal es más frágil, mas ambiguo, lo que permite que los proyectos contestatarios pueden incubarse con mayor facilidad.

Es como si el “centro” económico del mundo, el “centro” político de un país o el “centro” social de una nación fueran el lugar de las grandes fuerzas que impulsan e irradian un determinado orden económico global, los que definen las grandes decisiones políticas y que dirigen los sentidos comunes dominantes, por el contrario, las fuerzas que pueden revolucionar o trastocar ese orden prevaleciente, tienen que emerger desde los “márgenes”, desde las “periferias” sociales o territoriales. El “centro” es el lugar de la vitalidad expansiva de un régimen; la “periferia” es el límite de ese orden, el escenario privilegiado de sus contradicciones explosivas.

Marx es el primer crítico de la modernidad capitalista que hizo de esta lógica centro/periferia un método de conocimiento y de transformación social. Si bien tomó a Inglaterra como el “hogar clásico” del capitalismo mundial para comprender las cualidades internas que, como orden económico mundial posee, para generar ingentes riquezas materiales, el punto de quiebre donde anidan sus límites, es el trabador, esto es, aquel ser excluido de la propiedad de esos centros que inundan el mundo de mercancías. Es el trabajador el sujeto “humillado, el sojuzgado y abandonado” de la sociedad (Marx, Manuscritos económicos filosóficos, 1844); es el ser convertido en un mero “accesorio” disperso de una monstruosa maquinaria de producción de bienes (Marx, Grundrisse, 1858). El capitalismo estructuralmente tiene sus centros geográficos de impetuoso dinamismo mercantil, pero su “periferia” transversal a todas las geografías posibles, y su potencial sepulturero, es el trabajador excluido de su disfrute (Marx, Manifiesto, 1848).

Esta metodología de comprensión critica de la organización económica del mundo, también guió la manera de entender los procesos revolucionarios como eslabonamientos periféricos sucesivos. Es el caso de la primacía de la emancipación irlandesa como paso previo necesario para la revolución en Inglaterra (Marx, Comunicación confidencial, 1870). O respecto a la comuna rural como punto de partida de la “regeneración social de Rusia” y esta, a su vez, como señal de inicio de la revolución en Europa (Marx, 1882). Esta lógica de antagonismo global la resumió de la siguiente manera: “Es natural que en las extremidades del cuerpo burgués se produzcan estallidos violentos antes que en el corazón, pues aquí la posibilidad de compensación es mayor que allí” (Marx, 1850).

La periferia no es, pues, solamente la denominación del campo respecto a las ciudades. Designa algo más profundo y estructural del orden capitalista: es la metáfora de la diferencia relacional entre el “corazón” del orden moderno y el resto del cuerpo, de sus “extremidades”. Puede ser de la ciudad respecto al mundo agrario de un país; de las sociedades capitalistamente más desarrolladas respecto a aquellas que presentan la coexistencia de otros modos de producción; de la empresa mercantil respecto a la comunidad agraria; del centro urbano respecto a los barrios periféricos de una gran ciudad; del obrero concentrado en el centro laboral respecto al inmenso mar de obreros desterritorializados; de la identidad de clase emergente con la mercantilización de la vida, respecto a la identidad nacional que arrastra sedimentos societales que van más allá del capitalismo histórico, etc. Además, la periferia es relacional. Lo que hoy es el centro, con el tiempo puede devenir en periferia, como Europa respecto a la economía de las costas del océano Pacífico, o el proletariado de la gran empresa, luego devenido en obrero nómada precarizado, etc.

En las periferias siempre están las mayorías de una sociedad. Están los sectores que aún no han sido subsumidos realmente en la lógica del orden social predominante, así como también aquellos que, habiendo sido subsumidos anteriormente, ahora han sido marginalizados o ya no están integrados en las “inclusiones” sociales que garantizan su complacencia negociada.

Se trata de un potente y mayoritario mundo del trabajo que se agrupa por territorio o parentesco; que se asocia públicamente por lugar de residencia, porque por el lugar de trabajo puede ser implacablemente despedido. Aquí también está aquella fuerza de trabajo cuya fuente de motivación moral no se expresa en la narrativa del salario, aunque le afecte objetivamente, sino que lo hace en términos de la dignidad colectiva escamoteada o de la identidad nacional negada.

En la periferia se agolpan los agraviados de siempre, los discriminados toda la vida por su desposesión material, por su color de piel o por su lugar de nacimiento, los despreciados y olvidados por cada “ajuste” del gasto público, o por cada “flexibilización laboral” con las que las clases adineradas buscan revertir la caída de sus ganancias. Las ofensas recibidas por esta multitud abigarrada son tan antiguas como el colonialismo y tan nuevas como los últimos adelantos tecnológicos de la inteligencia artificial (IA); y sus formas de asociatividad anclan raíces en la comunidad de parentesco, el territorio, los juegos compartidos, el sindicato de función o el desarraigo individualizado.

Y es allí donde, por lo general, se gestan las revoluciones en cualquier lugar del mundo. Antes, hoy y mañana. Es en esa “periferia” francesa del siglo XIX, respecto al “centro” personificado por Inglaterra, donde aconteció la Comuna de París de 1871. Y son sus pobladores laboriosos de los periféricos centros artesanales y barriales de París, los que protagonizaron la primera revolución social del mundo. Luego, en Rusia, la periferia de la Europa industrial, protagonizó la revolución soviética. México a inicios del siglo XX, China, a mediados de siglo o Vietnam -todas zonas periféricas del capitalismo mundial- protagonizaron las revoluciones nacionales más impactantes del siglo. La propia revolución popular boliviana de 1952 contó como protagonistas a los obreros de los alejados centros mineros que, después de la insurrección victoriosa, se convirtieron en el centro de la política boliviana durante 30 años. Aunque, claro está, en las sublevaciones que siempre se inician en algún lugar de las periferias, al final, su victoria se decidirá solo si logran irradiarse exitosamente al “centro”.
Es como si las “periferias” barriales de la ciudad capital, o de unas regiones respecto a la metrópoli, o de unos países circundantes respecto a los centrales, o de unas clases sociales marginalizadas respecto a otras reconocidas, fueran el escenario recurrente de las grandes detonaciones sociales capaces de poner en jaque al orden social dominante, pero cuyo desenlace ya no depende de ellas, sino de lo que puede acontecer en el propio “centro”.

La periferia es el lugar de las realidades sociales anfibias, de las identidades ambiguas, de las representaciones compuestas, de los tiempos históricos sobrepuestos, de la subsunción real trunca de la sociedad al capital. Es el lugar del orden económico mundial y nacional desgarrado, de los barroquismos sociales atravesados de contradicciones explosivas y de la incertidumbre creativa. Es, por esencia, el espacio privilegiado de la inestabilidad política, económica y emocional. Algunas corrientes “posmodernistas” y anarquistas que se refugiaron en la reivindicación de lo local entendieron el valor de las zonas fronterizas y ambiguas de la realidad social, pero lo han hecho de manera contemplativa y laudatoria de algo que es, por definición, subalterno, fragmentado, subordinado.

La apología pasiva de los espacios fronterizos de la micropolítica siempre ha dado como resultado final la complicidad con las estructuras de dominación social y la castración de la disputa por nuevos universales que involucren a todos. La fuerza histórica de la periferia no es su situación actual -que, en su subalternidad, es absolutamente funcional a los poderes establecidos-, sino sus luchas por remontar la fragmentación, sus esfuerzos por emanciparse y construir una nueva universalidad, un nuevo común que abarque a todos; es decir, su voluntad práctica por dejar la marginalidad y devenir en centralidad.

La fuerza transformadora de las periferias geográficas, sociales o políticas no es, pues, su cualidad estática de marginalidad sino su ambición impetuosa de centralidad, su esfuerzo de irradiación desmarginalizadora que pugna por abandonar precisamente la marginalidad dirigiéndose al “centro” y convirtiéndose ella misma en “centro”. Ahí radica su cualidad subversiva. 

Por ello no cualquier “periferia” es el punto de arranque de la comprensión del presente ni de su transformación revolucionaria.  Sino aquellas “periferias” cualificadas por sus propias luchas por dejar de ser “periferias”. Solo estas brindan el lente de la comprensión crítica del presente y, en algún momento, son las que pueden detonar más fácilmente las transformaciones revolucionarias del propio orden social dominante.

Ahora, todo esto conduce necesariamente a una paradoja. Si la “periferia”, connotada de conocimiento y revuelta, está impulsada a devenir en “centro”, este nuevo “centro” dará lugar a nuevas “periferias”, y así indefinidamente. Quizá esa sea la única manera en que la historia avanza. O tal vez, esto finalizará cuando la “periferia” que se hace “centro” sea mayoritaria, anulando finalmente la diferencia entre el “centro” y la “periferia”.  Solo la práctica lo podrá dirimir."

(Álvaro García Linera  Antagon, 25/10/26)

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