20.10.26

Las imágenes de las llamas que envuelven el ayuntamiento de Limoges, en Francia, junto con el derrumbe del reloj, están dando la vuelta al mundo. La valoración respecto a episodios como este no puede ser sino de condena... Sin embargo, limitarse a dar sermones sobre los coches incendiados y los escaparates destrozados, sin ir más allá, no es más que un indicio de que aún no se ha comprendido la gravedad de las circunstancias en las que nos encontramos... Lo que estamos presenciando en Francia, pero ya de formas diversas en muchos países europeos (España, Portugal, Albania, Bélgica y, desde ayer, también en Italia), tiene una racionalidad colectiva férrea... La premisa de las cúpulas europeas es que con la plebe no se razona, sino que, sencillamente, se alternan la zanahoria y el palo... Todo lo que se dice públicamente es siempre una mentira instrumental, sin excepciones... todo el mundo sabe que, en este juego de cuentos de hadas difundidos por la prensa sensacionalista, el único punto relevante —el eje estable ante las contingencias cambiantes— es la intención de gestionar arbitrariamente los recursos públicos, para canalizarlos hacia intereses privados... este mecanismo puede funcionar, y funciona durante mucho tiempo. Hasta que deja de funcionar el día en que demasiadas personas están perdiendo demasiado como para permitirse permanecer en un estado de letargo... En una sociedad moderna, la gente se ve sumida en condiciones de privación insoportable mucho antes de «morir de hambre»... no poder permitirse utilizar el coche o tener acceso a Internet significa quedar aislado del mundo, del trabajo, de la vida social, de la vida... Una plebe criada como bestias de carga a las que se les administra trabajos de mierda y propaganda televisiva no será sensible a las razones del decoro público, del respeto a la propiedad, de la reverencia hacia los monumentos, etc... Hoy, la olla a presión está a punto de estallar. Aunque esta oleada llegara a remitir, esto no es más que el principio, porque las élites dirigentes europeas no se encuentran en condiciones, ni materiales ni culturales, para corregir el rumbo. Así pues, abróchense los cinturones, porque vamos a estrellarnos (Andrea Zhok)

 "ABRÓCHENSE LOS CINTURONES

Las imágenes de las llamas que envuelven el ayuntamiento de Limoges, en Francia, junto con el derrumbe del reloj, están dando la vuelta al mundo. La valoración respecto a episodios como este no puede ser sino de condena, del mismo modo que no se pueden dejar de condenar los actos de saqueo que han acompañado a las protestas en muchas zonas de Francia.

Sin embargo, si nos limitáramos a este nivel de consideraciones, no haríamos más que caer en una clásica postura de conservadurismo pequeñoburgués, que tiene sus razones, pero que también es dramáticamente miope. Limitarse a dar sermones sobre los coches incendiados y los escaparates destrozados, sin ir más allá, no es más que un indicio de que aún no se ha comprendido la gravedad de las circunstancias en las que nos encontramos.

Lo que estamos presenciando en Francia, pero ya de formas diversas en muchos países europeos (España, Portugal, Albania, Bélgica y, desde ayer, también en Italia), es todo menos un acontecimiento irracional. De hecho, existen acontecimientos históricos que son irracionales únicamente desde una perspectiva local, pero que poseen una racionalidad evidente cuando se observan con la suficiente perspectiva.

Racional no significa indoloro, ni significa exento de injusticias.

Hay que ejercitar la mirada para mantener unidos dos niveles de análisis: aquel en el que se pueden juzgar actos y sujetos concretos como bárbaros, incivilizados o vándalos, y aquel en el que se puede (y se debe) comprender que la historia es siempre un río por el que navegan escombros y cadáveres, pero que no se detiene con sermones.

Lo que está ocurriendo tiene una racionalidad colectiva férrea, aunque quienes participan en ello a menudo tengan una comprensión limitada, o incluso nula.

La experiencia que las poblaciones europeas tienen de sus propias clases dirigentes desde hace ya muchos años es la de un organismo tecnocrático anónimo, un muro de goma que se mueve por sí solo, que avanza con un «piloto automático» totalmente indiferente a las necesidades de la población. La apuesta de estas clases tecnocráticas vinculadas a las finanzas ha consistido en lograr adormecer las conciencias con el actual opio del pueblo que son los medios de comunicación (entretenimiento e infotainment), y en someter a los rebeldes mediante medidas restrictivas (un golpe de porra por aquí, un cierre de cuentas por allá, una ley electoral por aquí, una anulación de elecciones por allá, etc.).

La premisa general, tácita e indiscutible, de las cúpulas europeas es que con la plebe no se razona, sino que, sencillamente, se alternan la zanahoria y el palo.

Todo lo que se dice públicamente es siempre una mentira instrumental, sin excepciones salvo en los casos fortuitos en los que una verdad pueda ser, a su vez, instrumentalizada. El discurso público se ha convertido en una representación interminable que se preocupa cada vez menos por mantener una apariencia de credibilidad.

Así, nadie en su sano juicio piensa realmente que Rusia esté a punto de invadirnos, pero eso no impide que legiones de charlatanes institucionales repitan con cara seria estas tonterías cada día. Y, por supuesto, todo el mundo sabe que, en este juego de cuentos de hadas difundidos por la prensa sensacionalista, el único punto relevante —el eje estable ante las contingencias cambiantes— es la intención de gestionar arbitrariamente los recursos públicos, para canalizarlos hacia intereses privados.

En esencia, desde hace tiempo, las clases dirigentes se han acostumbrado a tratar a la población como a una bestia estúpida, respecto a la cual queda excluida toda motivación racional y a la que hay que tratar, por un lado, con halagos selectivos y privilegios específicos, y, por otro, reduciéndola a la impotencia.

Y este mecanismo puede funcionar, y funciona durante mucho tiempo.

Hasta que deja de funcionar.

Y deja de funcionar el día en que demasiadas personas están perdiendo demasiado como para permitirse permanecer en un estado de letargo.

En este contexto, no hay que pensar en «perder demasiado» como en cosas del tipo «morir de inanición».

En una sociedad moderna, la gente se ve sumida en condiciones de privación insoportable mucho antes de «morir de hambre».

Hoy en día, por ejemplo, no poder permitirse utilizar el coche o tener acceso a Internet para la mayoría de la población significa quedar aislado del mundo, del trabajo, de la vida social, de la vida. Y el hecho de que los coches y los teléfonos móviles fueran en su día bienes de lujo no significa nada: ahora este es el nuevo nivel de «participación en la vida en común», lo que distingue la vida de la no vida.

Una plebe criada como bestias de carga a las que se les administra ocasionalmente panem et circenses, trabajos de mierda y propaganda televisiva; el día en que este juego se atasque, no serán ni serán sensibles a las razones del decoro público, del respeto a la propiedad, de la reverencia hacia los monumentos, etc.

Quienes queman coches, edificios históricos y tiendas son personas cultural y moralmente desfavorecidas. Pero los verdaderos culpables, aquellos a quienes se debería exigir que paguen, son esas élites que han cultivado y deseado esa privación, pensando que les resultaría útil.

Hoy, la olla a presión está a punto de estallar. Aunque esta oleada llegara a remitir, esto no es más que el principio, porque las élites dirigentes europeas no se encuentran en condiciones, ni materiales ni culturales, para corregir el rumbo. Así pues, abróchense los cinturones, porque vamos a estrellarnos."

 (Andrea Zhok,  blog, 18/10/26, traducción Salvador L. Arnal)

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